domingo, 24 de agosto de 2014

Tres películas desapercibidas


Por Tesa Vigal

Las tres son pequeñas, independientes y honestas. Y, seguramente, las disfrutarían bastante mucha de la gente que sigue yendo al cine. Pero como carecen de campañas publicitarias masivas y sólo se proyectan en un par de cines, no sabrán de su existencia. Ninguna de las tres es nada del otro mundo, aunque quizás por eso mismo, destaca más su modesto pero íntegro corazón. 

'Locke' , de Steven Knight:
Cuenta el recorrido nocturno, en tiempo real, de un hombre en su coche desde que sale de su trabajo apresuradamente, hasta la clínica de Londres desde donde acaba de recibir la llamada de teléfono que desbaratará su vida. Una mujer, con la que tuvo un encuentro fugaz va a tener un hijo esa noche. Su hijo. Y aunque está felizmente casado desde hace muchos años y con dos hijos, y al día siguiente tendría que estar a pie de obra atendiendo un complicado encargo excepcional, decide aceptar las consecuencias de aquella metedura de pata. Decide no repetir el comportamiento de su padre, que nunca le reconoció, acudir al nacimiento de su hijo y darle su apellido.


El trayecto nocturno entre el laberinto de luces de la autopista, semáforos, faros que deslumbran, en un baile de sombras bailando en el aire que a veces se emborronan por las lágrimas, discurre entre incesantes conversaciones con teléfono en manos libres con su mujer y sus hijos que le esperaban en casa. Con su jefe, que le despide. Con su ayudante, que a pesar de todo le ayuda a preparar y dejar resuelto el trabajo del día siguiente, y con la clínica del parto.

Su determinación inamovible le hace conmovedor, aunque la admiración le viene grande porque el efecto rotundo de la integridad es tan sencillo como natural. Un descubrimiento liberador que sólo se siente cuando se practica.

'Begin again' de John Carney:
El mismo director irlandés de la original 'Once'. Aquí los protagonistas siguen siendo músicos, aunque viven en Nueva York y también su vida está en crisis. El gran actor y apenas conocido Mark Ruffalo transmite esa misteriosa esencia lúdica que se agita en lo creativo. Oye imaginariamente los instrumentos que deberían acompañar a la chica que canta en un pequeño local, una canción propia a la que nadie presta atención. 



Vemos a ambos en su periplo antes del encuentro, acercándose a ese local dando tumbos por su vida, de la que han desaparecido las encrucijadas y más bien se parece al final de una línea del metro, como canta ella en uno de los versos de su canción. Ella está dispuesta a marcharse de la ciudad tras el abandono de su novio, con quien había viajado hasta allí. Él sin trabajo y sin dinero, aunque no puede evitar seguir haciendo música y descubriendo a artistas desconocidos.


El gozo de lo creativo, cuando desapareces jugando. Todos lo hemos hecho de niños. Sin embargo, es curioso que esa capacidad innata se olvide, se relegue, o incluso se rechace. Este es para mí el latido de esta historia y por eso otros temas que aparecen en ella (el ninguneo de los artistas por la piratería, el vampirismo paralelo de las casas de discos, la ruptura de sendas parejas) son secundarios sin dejar de ser importantes. Por eso una de las escenas que más huella me dejó es la grabación de una canción en la calle, tocada en directo llena de entrega sin intenciones.

Tampoco habrá romance sino amistad, eso mucho más poderoso y excepcional. Me quedo también con la escena en que se despiden y él retiene un largo momento la mano de ella sobre el corazón, en silencio, transmitiendo afecto hondo y sincero, sin planes, sin expectativas. Nada más y nada menos.


'Una cita para el verano', de Philip Seymour Hoffman:
El título original 'Jack goes boating', Jack va a navegar, es más representativo de lo que cuenta la historia. La única película que dirigió el inmenso actor antes de morir. La dirigió hace ya varios años, pero aquí se acaba de estrenar por su muerte hace pocos meses. Si no fuera por eso, seguramente nunca se hubiera estrenado.


También la protagoniza, y en ella da rienda suelta a lo conmovedor y melancólico de la soledad y el miedo a romperla. La tímida decisión limpia del chófer protagonista, aprender a cocinar y a nadar, porque a la mujer que acaba de conocer le gustaría remar en una barca cuando llegue el verano y porque nadie ha cocinado nunca para ella.

La concentrada constatación con la que sostiene un oso de peluche que puede, o no, regalar. Sus amigos, una pareja con un punto de desgarro en vías de desintegración. La cena delirante, en la que se olvidan de lo que se está cocinando por fumar hachís negro en una cachimba. Cómo le cantan, a través de la puerta del baño, para hacerle olvidar su rabiosa decepción, animándole con el buen rollo de su canción favorita. Una famosa de reggae jamaicano: 'ríos de Babilonia'.

Unos empiezan y otros acaban. Obvio, y sin embargo se nos olvida continuamente que la vida es movimiento.  En esos momentos gozne en que el pasado y el futuro flotan en el aire, revelándose inexistentes, todo es posible antes de que el polvo, o los fragmentos, vuelvan a posarse en el suelo como partículas de vida ordenadas de otra manera. 

Por cierto, como la revista wakan de mapas imaginarios dejará de salir en septiembre, aunque sigue en la página de comunidad en facebook, acabo de empezar sendos blogs rescatando las pelis y los libros de sus secciones de cine y literatura. No porque los textos tengan importancia, sino porque hablé de lo que me emociona y si esas recomendaciones sirven para que alguien disfrute, estupendo.



jueves, 31 de julio de 2014

Indios en la reserva en los libros de Louise Erdrich


Por Tesa Vigal

Acabo de descubrir a esta escritora, hija de india y blanco, nieta de un antiguo dirigente de la reserva de Dakota del norte, de la que sigue siendo miembro y en cuyas cercanías creció (abajo foto). Esta información viene en la solapa de su libro 'Plaga de palomas' editado por Siruela en el 2010 y encontrado por mí en la biblioteca. 

Lo que he descubierto al leerlo es una apasionante fluidez de lirismo, potentes imágenes sobrecogedoras (como en la escena que abre la historia, ese bebé llorando contemplando al asesino de su familia y cómo se queda dormido cuando éste pone un disco mientras comprueba su pistola), aguda claridad de sentimientos filtrados y posados, sentimientos invocadores que materializan, acciones rotundas confundidas en la bruma de las orillas de un lago. Rastro legendario.


Al principio tuve la impresión de que el libro era un retrato de almas perdidas. Luego fui encontrando en esa historia de indios en la reserva y vecinos blancos, que enlaza décadas y generaciones de humillados y ofendidos, los rastros vivos de su integridad, su resistencia al sufrimiento, su rendición al whisky, o su sentido juguetón (como en la divertida socarronería de un viejo indio ante el cura blanco que visita su casa, al que llaman brinco alegre por sus gestos bajo el efecto del whisky que trasiega sin parar, cuando le pregunta a qué se refiere exactamente con la expresión 'pensamientos impuros').

Pequeños rastros del gran espíritu de la antigua visión india, del alma de ríos, animales y montañas, en la actitud de algunos, apenas como el gesto condescendiente hacia algo infantil, a quien se tiene cariño pero ya sin tomarlo en serio. 

Quedan sus vidas entrelazadas, más o menos marginadas o adaptadas, pero ya sin alas. Aunque es muy interesante su plasmación de la convivencia inevitable, que el paso del tiempo va imponiendo, entre los descendientes de antiguas víctimas de linchamiento y masacre y los descendientes de sus verdugos. En efecto el odio y la venganza acaban, como todo, y cuanto antes mejor. Es una liberación, lo contrario de la sumisión. La primera da paso a la vida. La segunda al miedo y el sometimiento. Por cierto, sobre la venganza los indios sioux tienen un dicho: "la venganza ata al enemigo y a ti con él".


Justamente es esta sabiduría lo que echaba en falta, en algunas de las personas de la reserva y, supongo, que de ahí viene la tristeza que me envolvía leyendo ciertas páginas. Páginas poderosas.

Tanta pena como la que siento al leer sobre su destrucción, la persecución a la que fueron sometidos con una inquina que va más allá de la posesión de tierras. Como si a los rostros pálidos les resultara insoportable la propia existencia de los indios. ¿Sería un incómodo reflejo de nuestra antigua visión pagana y chamánica, rechazada?

Volver a sentir y hablar con los espíritus de montañas, ríos y bosques sería, en estos tiempos de utilización penosa de la naturaleza, cuando incluso gente bienintencionada usa el campo sólo para hacer deporte, lo verdaderamente revolucionario.

Pero poco a poco, con rotunda sutileza, me fue calando la rotunda vida de sus personajes. Honda vida desprendida, como el viento, o el humo, de los cuatro puntos cardinales a los que se suma el arriba y el abajo en historias terribles o sólo tristes, de final liberador o marcadas por el destino. Me viene la frase del indio yaqui Don Juan Matus en los libros de Castaneda: "el mundo está hecho de pavor y maravilla". En el libro de Erdrich fluyen ambas con total naturalidad (dcha. dibujo de Anita Thubakabra). 

Junto a la melancolía triste y la melancolía lúcida, surge de pronto la magia de los sueños en vivo y en concreto. Un indio que ha perdido el violín que aprendió a tocar de niño, a escondidas ("Cuando Shamengwa tocaba el violín, el interior se transformaba en el exterior. Sin embargo, el cambio de interior a exterior no lo dice todo") tiene un sueño. En el sueño una voz le dice: "Ve al lago y siéntate junto a la roca de la orilla sur. Espera allí. Iré a ti". Y allí espera tres días, hasta que ve acercarse a una canoa vacía, salvo por un violín en su estuche atado a un travesaño. Dos generaciones después, le roba ese violín un chaval enredado en las drogas necesitado de dinero, el juez de la reserva le condena a recibir lecciones del viejo para aprender a tocarlo, lo hace con especial facilidad, y a la muerte del anciano la tristeza del chaval le hace romper el violín en su funeral. Dentro, aparece una carta de su primer dueño contando que devuelve ese violín a su hermano, de la única manera posible. Dejando que esa canoa encuentre a su verdadero dueño, a través de las aguas del lago. Y esto sucede veinte años atrás de que el sueño avise a Shamengwa, de que espere a las orillas del lago.

A esto me refería con la visión grande de los antiguos indios. Cuando todo tiene alma y se reconoce la interconexión de todo lo existente y el lenguaje simbólico es la corriente viva de infinitas correspondencias. Incluso en sus nombres. 


Cuando un indio estaba confuso y perdido realizaba el rito de 'imploración de una visión' (para los que quieran conocer los siete ritos sioux contados por el chamán-guerrero Alce Negro recomiendo el libro 'La pipa sagrada' de la editorial Minotauro. Allí lo leí). Subía a una montaña y allí se quedaba hasta recibir una respuesta, una señal. Porque no todo son señales, sino sólo cuando hemos preguntado y buscamos la respuesta. Conectarse a una energía, a un camino, es recorrerlo. El pasaje del violín a través de generaciones me recordó este otro libro.

El libro de Louise también trasmite, en el episodio del linchamiento de unos indios inocentes, la visión de la muerte como la parte de la vida en que se mira al misterio, cara a cara. Cuando lo peor no es la muerte, sino llevar una vida despojada de sentido.

También historias de alas cortadas, de cárceles vitales, de pozos de humillación. Incluso tenía la sensación de masticar cristales rotos en los episodios conmovedores de amores excesivos, de ocurrencias lúdicas, de exploraciones más allá de la aventura. Las décadas y generaciones fluyen al ritmo de la memoria contada de alguien, o del requerimiento de una circunstancia, o del descubrimiento personal, en un fascinante laberinto que abarca desde escenas de finales del siglo XIX hasta otras a finales del siglo XX. Como dirían los propios indios nada es lineal sino espiral y los actos se realizan en un círculo, abarcando todas las direcciones.

La naturaleza no es para nosotros. Somos parte de ella.
Larga vida al alma india. 
       
      

martes, 24 de junio de 2014

El toque (libre) Jim Jarmusch


Por Tesa Vigal

Una elegante directora de casting de Hollywood llega en avión a Los Ángeles y se sube al taxi de una adolescente Winona Ryder fumadora compulsiva, mascadora de chicle y palabras, con enorme llave inglesa colgando del cinturón de sus gastados pantalones. 
La de Hollywood acaba medio fascinada por el personaje de la taxista y le pregunta si quiere trabajar como actriz en la película que andan preparando. Ante su desconcierto, la chica responde que no, gracias. A ella lo que le gusta es su trabajo conduciendo el taxi y su sueño es montar un taller mecánico con su primo. 

"Pero a todo el mundo le gustaría ser famoso", insiste la de Hollywood.


"No señora, la entiendo, pero no me interesa, lo siento". (abajo taxi de Los Ángeles y taxi de Roma) 

Esta escena pertenece al primer episodio de 'Una noche en la tierra' una de las películas primeras de Jim Jarmusch. En otro, cuya acción sucede en Roma, el taxista es un delirante Roberto Benigni con gafas de sol a las tres de la madrugada, que le vacila al obispo que recoge en el centro de una plaza. El obispo espera en la acera que bordea la fuente y el taxista se para. Cuando lo ve acercarse arranca de nuevo rodeando la fuente unos metros, alejándose de él. Se para otra vez, haciéndole perseguir al taxi para regocijo del taxista. El diálogo que sigue, en realidad un monólogo de Benigni contándole al obispo, detalladamente, cómo se acostó con la mujer de su hermano. Al taxista le parece adecuado esa confidencia de madrugada, recorriendo las calles desiertas de Roma, porque estará acostumbrado a confesar feligreses. Además, le gusta oírse para relativizar su propia historia. Además, será divertido comprobar el efecto de sus palabras en el incómodo obispo, escuchando su incontenible chorro de detalles eróticos. 

El efecto será complicadamente inesperado. Mezclando, como en todas sus películas, lo dramático, lo poético, lo emotivo, lo extraño con lo cotidiano. 



Aceptar el aire de los tiempos sin cuestionarse si se está de acuerdo con él, o no, es comprensible porque te sientes integrado y aceptado. Pero es mal asunto porque no vives tu vida sino ideas ajenas, más o menos bien vistas, alimentando la incomunicación y una "correcta" falacia. 

Las películas de Jim Jarmusch, uno de los directores más personales del cine independiente, suelen tener como protagonistas más o menos vulnerables a gente que vive su vida. Esto les despoja del peso de ciertas máscaras sociales, dando a sus pasos una pureza fluida, inevitable, que a unos hace más fuertes y a otros les complica la existencia con desagradables consecuencias esperadas, o directamente extravagantes, llenando lo cotidiano de un toque duendil, de otro mundo inmerso con su encanto incómodo en la vida diaria más usual. 

La propia forma de contar de Jarmusch tiene la levedad de lo especial, cuando lo especial no se da importancia, sólo fluye digna, naturalmente, con la inocencia de lo auténtico en los gestos en los que el tiempo se ralentiza, porque estamos sintiendo sus emociones y esa es la aventura. Al margen de que se trate de la simple anécdota de dos turistas japoneses en el Menphis de los 80, seguidores del primer rock and roll y en concreto de Elvis Presley (abajo). 

Ese es el comienzo de 'Mystery train'. Los vemos vagando con su maleta por la ciudad provinciana, donde piensan visitar la casa museo de Elvis y su casa de discos. Ella, no deja de hablar. Él, no abre la boca. Acaban en un hotel de mala muerte, del que se ocupan dos negros tan surrealistas como conmovedores. Uno es el botones, un chaval que luce un antiguo gorrito que en otros tiempos usaban los botones con uniforme en hoteles con empaque. Su constante mirada de perplejo asombro contempla los consejos del recepcionista, un hombre maduro que le sugiere: "Tú lo que tienes que hacer es conseguirte una chaqueta como la mía" y se ajusta con toda la dignidad del mundo su chaqueta color rojo pasión (abajo con el gorrito del botones confundido con el fondo). 


A ese hotel llegarán el resto de personas de la historia. Entre ellos, una viuda italiana, pendiente del papeleo para enviar a Italia el ataúd de su marido, que recibirá por la noche la visita involuntaria del caballeroso y despistado fantasma de Elvis Presley. Ella, sentada en la cama y subiéndose la ropa hasta la nariz, le contempla perpleja y aterrada hasta cierto punto, pues es el fantasma el que parece más perdido, y le escucha decir: "Buenas noches señora, ¿dónde estoy?".

En 'Bajo el peso de la ley', rodada en blanco y negro, tres personas acabarán compartiendo celda por cuestiones peregrinas, arrastrados por su forma de ser. Uno de ellos el gran músico Tom Waits, cuyos poemas y canciones son un perfecto reflejo inclasificable de las películas de Jarmusch.

También en blanco y negro es el poema hipnótico 'Dead man', contando el periplo iniciático de Johny Depp en parajes del oeste del siglo XIX. Su personaje se llama William Blake, como el poeta visionario. En su peripecia se encuentra con un insólito indio gordo, que le revela que él, William, es en realidad un hombre muerto que aún camina.
Y al observar la innata puntería con la pistola de aquel curioso rostro pálido, le dice que quizás en esta vida haga poesía con la pistola (abajo dcha.). 

Tiene en común con 'Sólo los amantes sobreviven' (su última peli, que me ha dado ganas de hablar de las que me gustan de Jarmusch, otras me aburrieron, nadie es perfecto afortunadamente) su poesía fascinadora y lo original de la trama a partir de un género clásico, las historias de vampiros en lugar del western crepuscular.

Como en 'Dead man' las imágenes te absorben y cuando algo te atrapa te regodeas en cada instante paladeándolo, sin querer que se acabe. Creo que lo contrario de meterse en una historia es enredarse en su ritmo, por eso los que no disfruten del tiempo sin tiempo de una atmósfera que empapa, de la poesía, supongo que se quedarán fuera de esta peli por su relativa y esporádica lentitud.

A mí se me hizo corta. Dos amantes vampiros, ella una impresionante Tilda Swinton, que se conocen desde hace muchos siglos, a nadie cazan, a nadie matan, consiguen su ración diaria de sangre con chanchullos clandestinos en hospitales y, cada uno a su manera, están inmersos en vivir su vida, la que han descubierto tras sabiduría acumulada que plasman como pueden.

Ella vive en Tánger, escuchando música y leyendo poesía en una casa que parece el nido de una hada solitaria, entre alfombras, sedas sobre la cama, sugerencia de luces cálidas, esa belleza poderosa y profunda, escurridiza, que suele distinguir lo bello de lo bonito.

Él vive en el Detroit medio destruido y abandonado de la actualidad. Su casa está llena de cables, sintetizadores, guitarras eléctricas y violines. Es músico, tiene cierta fama con la melancólica música electrónica que compone, pero el ambiente de su casa refleja su ánimo envuelto en tristeza. No le gusta el mundo actual porque a la gente le da miedo imaginar y abundan los que viven una vida muerta como zombis.

A ella, por el contrario, la experiencia le ha enseñado a relativizar las épocas, los aires del tiempo y los momentos históricos. Se queda con la bondad y la amistad, como le dice a su amante cuando se reúnen para ayudarle con su tristeza.

Por lo dicho hasta ahora, supongo que se comprenderá que en esta película no hay violencia sino atmósfera. Así que no les gustará a quienes busquen vampiros sanguinarios, o monstruos a combatir. Sólo la singularidad de un tercer vampiro, gracioso contrapunto, la hermana de ella que les visita. Una adolescente seguidora de la tele, con voracidad indiscriminada y poca sutilidad.


Los amantes, curioso detalle, se llaman Adán y Eva, como si se tratara de una pareja que funda mundo, una estirpe paralela más viva que algunos humanos vivos y desde luego con mayor sensibilidad. 

Se quedan embelesados escuchando la actuación de la libanesa Yasmine Hamdan, en un local de Tánger. Yo también aluciné con su música, que desconocía, tan hipnótica y envolvente como la propia película. 

No falta el toque de humor lúdico en el nombre que elige él, cuando va a conseguir sangre a un hospital disfrazado de médico. En su tarjeta identificadora se lee: Doctor Fausto. Y el médico que le proporciona paquetes de sangre grupo 0 positivo, a cambio de dinero, es el doctor Watson. Elemental.

Su forma de andar contiene todo el tiempo del mundo en sus pasos, con algo entero, sereno y libre que no es de este mundo y, sin embargo, sugiere la tentación de lo posible.
Quien quiera ver otra película especial sobre vampiros le recomiendo el Drácula de Coppola. Una historia de un romanticismo desatado, en la cuerda floja de todo o nada, con elecciones que te hacen preguntarte si elegir la vida es lo mismo que elegir el amor y al revés. 

Algunos versos de una canción de Tom Waits:
"Nunca vi la mañana hasta que me pasé la noche sin dormir / Nunca vi la luz del sol / hasta que apagaste la luz".
                  

lunes, 26 de mayo de 2014

Documental Antonio Vega, meditación oriental, Irlanda


Por Tesa Vigal

Escribo en una terraza de Malasaña, bajo un sol dulce entre nubes cruzadas en un azul pálido. Vengo de votar aquí al lado, en el instituto Lope de Vega. No sé dónde quiero llegar, sólo ser, y mis sensaciones del documental sobre Antonio Vega revolotean sobre mí, con más insistencia al estar en el barrio de su bar preferido, el Penta. Se mezclan con las impresiones estimulantes de los dos últimos libros que he leído y el resultado es algo turbador.


El misterio se desenrosca en todos los caminos y no hay ninguno mejor que otro, tan sólo son caminos propios o ajenos.
Antes de salir de casa he acabado un libro de viajes de Javier Reverte, "Canta Irlanda". No me gusta ese género porque prefiero descubrir los sitios a mi aire, pero éste hablaba de mi querida Irlanda y al tropezarme con él en la biblioteca tuve curiosidad por su visión personal. Algo muy especial me pasa con la isla esmeralda, porque leyendo la parte sobre la salvaje costa oeste me emocioné de nuevo, igual que cuando el viento fuerte y limpio me daba allí en la cara y alborotaba mi pelo hasta el caos, hace dos veranos.

A Reverte también le fascina el constante olor a mar y a hierba y el amor de los irlandeses por la poesía y escritores en general, por la música y el baile. No comparto su admiración por el 'Ulises' de Joyce, sino por su libro de relatos "Dublineses", llevado al cine de manera impresionante por John Huston en su última película "Los muertos" (foto abajo).


En sus páginas he descubierto un montón de información sobre la historia tremenda y trágica de Irlanda, entre hambrunas, pobreza y masacres inglesas. Así que no me extrañó la divertida anécdota que cuenta sobre el pub de un pueblecito de la costa oeste, creo que del condado de Sligo tan querido por el poeta Yeats. Se corrió la voz de que había un español en el pub, Reverte, y todos empezaron a brindar por Felipe II y su armada invencible. Me quedo con su héroe pacifista O'Connell, a quien admiraba Gandhi. Tras una de las rebeliones irlandesas sangrientas, en las que siempre perdían, dijo: "No hay ningún cambio político del tipo que sea que merezca que se vierta una gota de sangre humana".

Así que me han dado ganas de volver pronto por allí, a escuchar la música espontánea, sin escenario alguno, que surge en sus bares. Y volver a respirar el poso de leyendas en el aire y las huellas en sus bosques de duendes y hadas, tan queridos por el poeta Yeats y por mí.
Músicos pub en la costa oeste, en Sligo
 


Lo creativo surge del inconsciente (lo laborioso y la técnica se añaden después a su servicio) y resulta curioso que esa dimensión, fuente vital, sea la misma a la que parece apuntar la meditación oriental. Hace un par de semanas leí un pequeño librito, físicamente la mitad de centímetros de un libro normal, sobre el tema. De Pablo D'Ors "Biografía del silencio".
Me encantó la actitud que rezuman sus páginas de alegría, aventura, libertad. Su referencia a la costumbre de llenar el tiempo (recordé esa expresión tan deprimente de 'matar el tiempo') en lugar de vivirlo. 
Meditar no es reflexionar, sino lo opuesto, dejar que los pensamientos surjan (es inevitable) sin pararnos en ellos, enfocando al silencio, observando sin juzgar. Con el asombro y la entrega de un niño.


Algunas frases que subrayé sobre su experiencia personal con la meditación oriental y sus efectos:
"El dedo que señala termina por darse la vuelta y apuntarnos".
"Para escribir, como para vivir o para amar, no hay que apretar, sino soltar".
"Todo sin excepción puede ser una aventura".
Con la meditación se aprende a "estar en el lugar que se está, pero plenamente. Para explorarlo. Para ver lo que da de sí".
"Tanto el arte como la meditación nacen siempre de la entrega; nunca del esfuerzo. Y lo mismo sucede con el amor".
"Ponerse en disposición para que algo pueda hacerse por mediación tuya, pero no hacerlo directamente, forzando su arranque, desarrollo o culminación".
"La situación -sea cual sea- no es el problema, sino que el problema es mi idea sobre la misma".
"Mirar algo no lo cambia, pero nos cambia a nosotros".
"Meditar ayuda a no tomarse a sí mismo tan en serio".
"El camino es la meta".
"En el budismo zen el mejor modo para ayudar a los demás es siendo uno mismo". 
También recuerdo la forma de nombrar a la meditación de David Lynch, el director de cine, que da título a su libro: "Atrapa el pez dorado". Lo leí hace meses y no me extrañó que una persona tan buscadora y poética como él llevara treinta años practicando la meditación, sumergiéndose en el bosque del centro del ser humano, de donde surge la libertad, por debajo de nuestros personajes, neuras y máscaras. 


En busca del pez dorado. De ahí la curiosa impresión que me produjo ayer el documental sobre Antonio Vega. La parte de su vida que estuvo inmersa en una adicción es opuesta a la libertad y sin embargo las sensaciones de su actitud vital, su música y sus letras parecían provenir de una motivación parecida. Mejor dicho apuntaban a lo mismo desde diferentes caminos. Lo absurdo de juzgar a alguien (sin antes haber caminado varios días dentro de sus mocasines, como dirían los indios sioux). El misterio palpitando en cada manera de vivir, incluso en las auto destructivas como puede ser la adicción de Antonio Vega que seguramente le llevó a su muerte, hace ahora cuatro o cinco años. La fuente de la poesía y la música. La belleza insondable de las estrellas, de las galaxias que tanto le fascinaban desde pequeño. La fragilidad que le hacía fuerte. La entrega a un camino. Su fascinación por los gatos. La ternura de sus gestos. Las escenas que aparecen de la peli de culto "Arrebato" (hablé de ella en http://www.peliculasecreta.blogspot.com)

El dato que cuenta su madre, que nunca apreció su música, sobre su costumbre de trepar por las puertas de pequeño. La sensación que daban sus familiares y colegas músicos de no acabar de entender a Antonio, sintiéndose conmovidos por él. El plano del alcalde inolvidable Tierno Galván diciendo eso de: "y vosotros rockeros colocaros y al loro". Las palabras de Antonio diciéndole a alguien que nuestra misión, la de todos, es la de ser vectores de la vida.


Se me ocurrió que con una adicción quizá se busca también atrapar al pez dorado. Lo conmovedor, lo triste es que se busca aferrando algo desesperadamente. Y aferrarse es forzar la vida en una única dirección. Haciendo imposible vivir el aquí y ahora de la meditación oriental, con el que me siento de acuerdo. Lo contrario de la libertad. Pero, una vez más, ¿quién soy yo para juzgar? ¿no hacemos todos lo que podemos? 

Me quedo con la música tan especial de Antonio Vega y con sus versos. Por ejemplo: "Bienvenido a la oscuridad donde la luz no deja de brillar" (de su canción 'Vapor') y de la misma: "eres una llave". O este otro: "cierto como imaginar". Me quedé inmersa a la salida por una tristeza ambivalente. Conmovida por nuestra fragilidad, por nuestra torpeza para usar nuestras alas, o por ignorar que las tenemos.

A la salida del cine me tomé una cervecita en la terraza de la librería 8 y medio, con los recuerdos mezclados de lo que he contado aquí. Dejando que ocuparan su lugar y volcándome en el aquí y ahora.

Que acabe David Lynch con unas frases del final de su libro: "... se dice que cuando caminas hacia la luz, a cada paso que das, las cosas brillan más... Y creo que estimular la unidad en el mundo traerá la paz a esta tierra. Así que: paz para todos". 








jueves, 17 de abril de 2014

Por libre: 'Gran hotel Budapest' de Wes Anderson y canción especial de Loquillo


Por Tesa Vigal

Libre pensadores, marcianos, independientes, selenitas, frikis, inclasificables, inadaptados... A los que no acaban de encajar en ninguna parte se les suele lanzar más etiquetas que al resto, precisamente porque pone de los nervios su ausencia de redil, o de cajita. 

En esta entrada sólo voy a hablar de dos de ellos (afortunadamente hay muchos, un beso para todos), aunque mi corazón está con cualquiera que goce y sufra de esa incómoda situación, en la que suelen llover rechazos varios por todas partes.

Uno es el director de cine Wes Anderson porque hace poco he visto una de sus originales películas: "Gran hotel Budapest". Un tipo especial desde el principio, porque estudiar filosofía en la universidad de Texas ya es más que curioso.


Su peli carece de género, tiene cosas de varios y acaba saltándose todos porque lo importante es jugar y explorar. Si entre medias uno acaba provocando es sin querer, porque lo creativo carece de intención si es auténtico, si está vivo. Me viene una frase de Almodóvar que se me quedó en la memoria porque me encanta: "todo auténtico provocador lo es involuntariamente". De eso se trata, de tener tu propio estilo sin buscarlo, aunque por desgracia eso signifique que a veces no encuentres ropa a tu gusto porque la moda no coincide con el tuyo. 

'Gran hotel Budapest' tiene todo el encanto contradictorio, honesto e imaginativo de un juego infantil. La base de lo creativo. En un país incierto y borroso que no tiene por qué ser Hungría, había un gran hotel en la década de los años treinta del siglo pasado dirigido por un tipo excéntrico, ambiguo, bisexual, cariñoso, perfeccionista y algo chiflado; seguramente su gerente. Disfruta con su trabajo hasta ese punto, alcanzado por pocos, en que la vida íntima y el ocio, su placer y sus sueños coinciden con él. Además, como él mismo reconoce, se acuesta con todas sus amigas, entre las que se encuentra una anciana octogenaria que aparece asesinada. Entran en escena los buitres de sus familiares, desaparecidos hasta entonces, olisqueando millones. Aparece un malo (Willem Dafoe) con anillos de calaveras en todos sus dedos y gestos de opereta cuando mata a alguien, o se abre la cazadora para echar un traguito a su petaca. Persecuciones de cine cómico mudo. Repeticiones. Frailes espías en lo alto de una montaña imponente. Nieve esperpéntica. Cárceles en las que puedes encontrarte a un preso calvo y tatuado (Harvey Keatel) con gran talento artístico en sus bocetos de dibujos para la fuga. Un botones adolescente de un indefinido país oriental, que ha recalado como fugitivo y emigrante en el hotel y bajo la protección del estrambótico gerente (Ralph Fiennes). Invasión nazi en trenes de Tintín. Diálogos con un toque de Alicia en el país de las maravillas. 

Todo ello con imágenes que forman parte del contenido. Porque el contenido se desborda también en el estilo, sin poder evitarlo, rezumando exceso, pasión, humor, absurdo, fantasía. Y el corazón de la historia del lado de los inocentes, los perseguidos, los que aman. 


El efecto resultante es un placer que no se sabe de dónde sale, exactamente, ni a qué es debido. A algo raro seguro. Por supuesto 'raro' en el sentido positivo de la palabra. Aquí la reivindico. También recomiendo su anterior peli: 'Moonrise kingdom', (dcha. foto de los chavalines enamorados bailoteando) sobre un chico y una chica de doce años que se escapan juntos del campamento de los boys scouts y sus peripecias y las de la gente que les busca. También nadando alegremente en el ánimo inclasificable típico de sus pelis (por lo que parece, sólo he visto estas dos).
Y como las cosas no suelen venir solas, escucho de pronto en la radio una canción de Loquillo que no conocía: 'memoria de jóvenes airados'. Aquí la incluyo. Su letra me ha llegado al alma porque he pasado un mes digno de 'cumbres borrascosas' (no por el amor, por desgracia, sino por lo atormentado). Algunos de sus versos me emocionaron al rozar mi vieja herida, esa que en malos momentos quiere llamarse destino aunque yo se lo impido como puedo. 





Con esos versos acabo: "nosotros, que no tenemos dónde/... /que amamos como soñamos y soñamos siempre armados". Es lo que tienen las heridas de largo recorrido aunque se lleven bien, por ejemplo, no encajar en ninguna parte, que te defiendes incluso en sueños y lo peor, es el "como".            

sábado, 15 de marzo de 2014

Compartiendo vientos con 'Cumbres borrascosas' de Emily Bronte, 'Her' de Spike Jonze, el inmenso Philip Seymour Hoffman y Russian Red


Tesa Vigal

Compartiendo lo que me ha gustado desde la última entrada; sin más. 
Ese es el motivo de este blog, aunque esta vez no encuentro hilos conductores entre los títulos de las pelis, el libro y un disco recién descubierto: el último de Russian Red llamado 'agent Cooper' por el protagonista de la fascinante serie 'Twin Peaks' de David Lynch. Aparte de su voz tan personal, es el tipo de música atmosférica que de pronto hace volar, o al menos me cambió de sitio ligeramente, con ese efecto pequeño y lento pero seguro, sin que te des cuenta hasta hasta pasado un ratito. 


Estoy releyendo un libro que descubrí y me dejó temblando en la adolescencia: 'Cumbres borrascosas' de Emily Brontë. Alguien, a quien aún no conozco, ha convocado un club de lectura en torno a este libro inclasificable, para finales de este mes. Iré porque su lectura me está volviendo a impactar. El motivo es que te topas con el viento salvaje del romanticismo. Es decir lo que nada tiene que ver con lo sentimental, sino con lo profundo, lo excesivo, lo apasionado, lo arrebatado. No sólo en la historia atormentada que cuenta, sino por las personas que recorren sus páginas sin aliento, sin poder evitar vivir hasta el final su destino, cuando el destino lo es a causa de la libertad de ser uno mismo. A veces eso lleva a la guerra interior, a las contradicciones, o a ser mirado mal por ese tipo de personas que rápidamente encuentra motivos para señalar con el dedo y rechazar cualquier atisbo de individualidad.


Se han hecho muchas versiones en el cine de este libro, una de ellas no quiero ni verla porque me domina un prejuicio contra su protagonista. Reconozco que no soporto al actor Lawrence Olivier, por mucha fama que tuviera en el cine clásico. Sé que hay otras, pero la única que he visto me gustó muchísimo. Creo que es la última adaptación, del año 2011 o por ahí. Se titula 'wuthering heights' y en ella el chico gitano y la chavalita inglesa, tan salvaje como él, caminan y recorren los campos agrestes recorridos por el viento, el viento incesante sobre sus caras, su espalda, golpeando su pelo. Caen sobre el barro, se miran desde sus pozos, se rechazan y se aman, al margen de las granjas oscuras donde viven y se conocen siendo unos niños y desde entonces están unidos a pesar de separarse, de seguir distintos caminos, acercándose o alejándose, pero su conexión está más allá de su voluntad, de sus circunstancias. Más bien apunta a esos escaso encuentros que huelen a misterio y apestan a significado, para bien o para mal. Almas. 


Quizás el miedo y la fragilidad del protagonista de 'Her', la película de Spike Jonze, es lo que le lleva a huir del alma de las cosas. Eso da mucho miedo y es preferible sustituir la vida por la pantalla virtual de un sistema operativo, cuya voz femenina (la voz grave y sensual de Scarlett Johansson, los que la vean doblada no la oirán y supongo que se quedarán algo perplejos ante la voz bobalicona que la sustituye, pero ya puestos eso incluso va dentro de lo que cuenta la peli) se convierte en su nuevo amor ideal. Se enamora de ella, de un sistema operativo. La humanidad, entrañable y patética, la pone Joaquin Phoenix tan actorazo como siempre. El tema de usar la tecnología como algo sustitutorio de la vida, es muy actual y bastante extendido. Sin más comentarios. 


Y hablando de actores memorables, el enorme Philip Seymour Hoffman. Le he visto en películas impresionantes, por ejemplo 'the master', o en 'la duda', pero me quedo con 'antes de que el diablo sepa que has muerto' , del gran director Sidney Lumet y junto a mi querido Ethan Hawke. Su gran humanidad desbordaba y empapaba cualquier papel, incluso el que encarna en esta película, de hermano mayor cabrón y vulnerable precisamente por eso. Todos los papeles llenos de matices, claroscuros y laberintos le echarán de menos. Creo que ha dejado dos pelis, aún sin estrenar. 

   
     



jueves, 20 de febrero de 2014

Fitzgerald, la melancolía de los sueños extremos


Por Tesa Vigal

Es lo que se me ocurre siempre que releo a Fitzgerald. Suena contradictorio, pero ese es precisamente el punto especial que rezuma 'El gran Gatsby' y la propia vida de este escritor, un soñador irreductible, siempre nadando en el choque entre un anhelo involuntario, la entrega desaforada al final de las canciones, lo doloroso de la lucidez, la belleza escondida que vuela y se estrella, la búsqueda instintiva de aquello que se esconde en la juventud, las alas de una imagen, de una tristeza sin puertas, de los deseos sin fondo, de lo delicado irreductible y la fragilidad de lo fuerte, la grandeza de lo pequeño, el dolor de lo grande.


Su vida parece una de las historias de sus relatos. Famoso a los 20 años con su primer libro, 'A este lado del paraíso'. Poco a poco olvidado. Amor con Zelda, su mujer, tocado por lo ilusorio y lo maldito, vivido a lo largo del jazz de la época, ciudades como París, vagabundeo de fiesta en fiesta, de alcohol en alcohol, de fracaso en fracaso. Su "carrera" fue cuesta abajo desde el principio y murió como escritor olvidado hasta que alguien le recuperó en los años 60, colocándole entre los grandes de la generación perdida. Nació con el siglo XX y murió en 1940 con el alcohol como problemático compañero de viaje y su mujer Zelda internada en una clínica psiquiátrica, en la que moriría ocho años después, en un incendio. Pasando por Hollywood como guionista (igual que otros maravillosos escritores de la época, como Chandler, Faulkner...), como un guiño irónico a sus  pesadillas, trabajando para ese nido de sueños de apariencias sugestivas y alas rotas, sistemáticamente. En otra de sus novelas: 'hermosos y malditos' refleja más directamente su nómada vida de altibajos con Zelda. El vuelo y el agujero y, sin embargo, sin renunciar nunca a esa promesa inalcanzable que sentía latir en la vida.

Hoy le he releído y encontré un cierto parecido con la rara melancolía de una pintura del arte actual chino, que vi en enero, en el cuartel del Conde Duque. Quise volver a verla, pero la exposición ya se ha acabado. Es una escena callejera de jóvenes que me transmitió una enigmática delicadeza. Se titula 'bloom of youth' y su autor es Wang Guanjun (abajo dcha.).

Sólo existe el presente y cada instante se convierte en pasado. Movimiento y libertad, la materia de los sueños. Los sueños, la respiración de la vida. Este es el final de 'El gran Gatsby':

"... pensé en el asombro de Gatsby al advertir, por vez primera, la luz verde al final del malecón de Daisy. Había recorrido un largo camino para llegar a este verde césped, y su sueño debió parecerle tan próximo que no le sería imposible lograrlo... No sabía ya que estaba detrás de él... en alguna parte de aquella vasta oscuridad, más allá de de la ciudad, donde los oscuros campos se desplegaban bajo las sombras de la noche.
Gatsby creía en la luz verde, el orgiástico futuro que, año tras año, aparece ante nosotros... Nos esquiva, pero no importa; mañana correremos, más de prisa, abriremos los brazos, y... un buen día...
Y así vamos adelante, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado".   

Abajo escena de la última versión llevada al cine. Magnífica interpretación de Leo di Caprio, pero la peli no me gustó más que a ratos. Como la versión anterior de Robert Redfor (y sin embargo siento maravillosas algunas películas y penosas sus anteriores novelas. Tengo varios ejemplos).
Aquí y ahora.