domingo, 21 de diciembre de 2014

Días extraños


Por Tesa Vigal

La actualidad no es garantía de nada. Es lógico que los libros y películas memorables sean escasos, por eso es inevitable que la mayoría de los surgidos en un mes, incluso en un año, sean olvidables y con suerte, algunos interesantes. Por eso siempre me ha dado igual el lugar y el tiempo en que aparecen (de ahí los blogs complementarios de libros con aliento y película secreta, cuyos enlaces aparecen al lado de estas líneas). Incluso con el clima pasa algo parecido. Hoy es el primer día de invierno, pero aún se están cayendo las hojas de los árboles (¡?). ¿Notáis el cambio climático en todas partes? Desde hace unos cinco años, en Madrid, el otoño se retrasa, la primavera se adelanta y hoy, diciembre parece octubre. Quiero que los árboles sigan vivos, que se les caigan las hojas en otoño, que siga habiendo cuatro estaciones. 


Bueno, aparte de mi preocupación por los árboles, están las jam session gratuitas, los miércoles y domingos, en El Plaza jazz club. Sitio pequeño y acogedor, justo enfrente de los cines Renoir en la calle Martín de los Heros. 

Precisamente en los cines Renoir he visto, la semana pasada, una insólita, interesante película del argentino Lisandro Alonso. Se titula 'Jauja' y no logro entenderlo porque Jauja es un lugar mítico de abundancia y paraíso (incluso se cuenta al principio de la peli en un cartel explicativo, lo que resulta un tanto obvio) y, sin embargo, la película nos mete en un lugar árido, cerrado, aunque se trata de enormes paisajes en los que perderse. Quizás sea esa la razón. Mostrar la imposibilidad de jauja, pero entonces se tendría que partir de un lugar en apariencia maravilloso que acabara revelando su lado oscuro ¿no? No tengo ni idea.



Ese giro a contrapelo también está presente en el final de la película, cuando el paso del tiempo parece invertido. La chica tira al agua el muñequito de madera en la época actual (en un par de escenas únicas, porque toda la historia transcurre en el siglo XIX), pero el muñequito reaparece de nuevo en el siglo anterior. Curiosa voltereta en esa peli que por momentos me atrapó, sin llegar a conmoverme, con toques poéticos y recorrido interior de su protagonista Viggo Mortensen (tan buen actor como siempre). Me gustaron algunas imágenes, me atraía lo onírico de ciertas escenas, cuando el viajero perdido en el desierto rocoso (quizás el tipo de desierto más árido) se encuentra con una mujer solitaria viviendo en una cueva, con su perro y su manantial. ¿Sus sentimientos, su parte femenina olvidada? Pero la historia es demasiado fría, premeditada, al menos esa fue mi impresión. Lo mejor de ella es que es una película extraña.

Y he leído el libro de Vicente Valero titulado, precisamente, 'Los extraños'. Sobre esos familiares, o antepasados, de los que apenas se sabe, ni se cuenta nada, pero dejaron su huella diferente por su actitud, su periplo vital, o sus circunstancias. Un abuelo que murió a los 28 años. Un tío abuelo que se fue de su pueblecito natal para convertirse en artista de variedades. Un militar republicano, filósofo y practicante de yoga. Libro muy interesante y recomendable. 


Tanto el clima, como las pelis y el libro que he leído este mes me han producido sensaciones encontradas. Lo que no acaba de ser. Lo que sugiere, pero no demasiado. Lo que apunta sin firmeza. Tanteos vitales. A lo mejor también yo he vivido así este mes y por eso me molesta. Además en mis blogs me gusta hablar sólo de lo que amo, de lo que me ha gustado mucho. Quizás por eso nunca he entendido el oficio de crítico (quitándome el sombrero, porque yo sería incapaz de tragarme todo lo actual, sin que mediara mi gusto personal, para luego hablar de ello), incluso a veces me conmueve su afán imposible por la objetividad. 

En fin, toda mi subjetividad y yo hemos sentido en este mes que no somos nadie.  

jueves, 20 de noviembre de 2014

Diccionario Jázaro y relatos salvajes


Por Tesa Vigal

'Diccionario Jázaro' no es un diccionario, sino una extraña novela de historias dentro de historias, al modo de las 1001 noches, sobre un pueblo que existió en el Cáucaso a principios de la edad media.

Su autor, el serbio Milorad Pavic (el tipo de la pipa en la foto) la escribió a principios de los 80 y al final de ella hace una propuesta conmovedora y mágica a la persona que acaba de leerla: el primer miércoles de mes, al mediodía, sentarse con el libro frente a una pastelería en la plaza mayor de su ciudad. Teniendo en cuenta que yo leí el ejemplar femenino (según el autor la única diferencia con el ejemplar masculino es una breve frase en cursiva, en la última carta de la novela), no sé quién esperará allí a la lectora, o lector. En mi ejemplar dice que será un joven con su correspondiente libro y juntos comentaremos su lectura, tomando un café, y a partir de ese momento "el libro formará para ellos una unidad coherente como una partida de dominó, y ya no lo van a necesitar". Por supuesto me encanta la propuesta, como un paso más en la vida en la que se integra todo libro que está vivo, y acudiré a esa cita el próximo miércoles 3 de diciembre. Si realmente allí me espera un lector del libro lo comentaré en la próxima entrada del blog.

La novela transcurre en el siglo VIII, durante la llamada polémica jázara, en el siglo XVII y en 1982.
Se compone de tres libros: el libro rojo (cristiano), el verde (islámico), el amarillo (judío) , observaciones preliminares y dos apéndices finales. En los tres libros aparecen personajes relacionados con ese pueblo de aire legendario, algunos se repiten con nuevos datos o historias en alguno o los dos libros restantes. "El objetivo de los cazadores de sueños es comprender que todo despertar no es más que un escalón en una serie de liberaciones del sueño. Quien entienda que su día no es más que la noche de otro y que sus dos ojos son como un ojo de los otros, buscará el verdadero día, aquel que posibilita el auténtico despertar de la propia realidad".

Y en todos ellos fluye, como sangre misteriosa, la necesidad de comprender el papel de los sueños, la reivindicación en cada libro de la conversión de los jázaros a su respectiva religión y lengua y la identidad, escurridiza y ambigua, de ese pueblo de costumbres y características tan insólitas como las siguientes: en su región, de límites brumosos, convivían con cristianos griegos, rusos, árabes y judíos y todos ellos eran elegidos para puestos públicos con preferencia a los propios jázaros. Tenían una enigmática secta de cazadores de sueños, que lograban en ellos ver la vida real de gente despierta, encontrar objetos y usarlos, soñarse mutuamente... y cualquier propósito importante que recorriera su vida sin encontrar solución en la vigilia. Sobre ellos esta frase del libro:

Atraviesa la región un río que tiene dos nombres porque en el hay dos corrientes, una de oriente a occidente y la otra a la inversa. Los jázaros descifran los colores como si fuesen partituras musicales. Imaginan el futuro en el espacio, nunca en el tiempo. Un personaje de un sueño puede trasladarse a otro. Sus ciudadanos se dividen entre los que han nacido bajo el viento y los demás, nacidos sobre el viento. Hay un lugar en Itil, la capital, donde dos hombres pueden intercambiar su nombre y su destino al encontrarse. Y, en general, como están favorecidos los residentes extranjeros, los jázaros suelen ocultar su condición, nacimiento e incluso lengua. Existen surcos arados por el ladrido de los perros y golondrinas que vuelan panza arriba.

Sobre ellos existieron textos más o menos malditos, unos porque fueron quemados, ocultados o perdidos y sólo han llegado hasta nuestros días referencias de textos traducidos, o de textos sobre textos. La sensación leyendo este libro fue de un enigma vital que se escapaba sin remedio, o a veces de algo importante disfrazado de leyenda.


Algunos de sus personajes: la princesa jázara Ateh, un judío de bigote bicolor, una amante con dos pulgares, una profesora eslava de la universidad de Jerusalem en 1082, un músico de laúd inventor o reproductor de la "digitación de satanás, un pintor de iconos medieval... y algunas de sus frases:
"El que duerme sueña siempre la realidad del que está despierto"
"Porque en la verdad sólo se puede encontrar lo que se le haya ofrecido". "Toda herida es un nuevo corazón que late por sí mismo". "Uno de los caminos seguros que conducen al verdadero futuro, pues existe también un futuro falso, es ir en la dirección en que crece tu miedo".  

Y recomiendo una película auténtica, honrada y turbadora: 'Relatos salvajes' de Damián Szifron. Aparte de sus magníficos intérpretes (Leonardo Sbaraglia, Ricardo Darín  entre otros) te pone cara a cara con tus facetas más desesperadas, las que nacen de la rabia, no son capaces de resolver y explotan en furia, o venganza suicidas.

Esta última palabra es la clave. La violencia siempre se revela suicida, tarde más o tarde menos. Flota en la impotencia y no es de ninguna manera un instinto insalvable, sino utilizable de manera oportuna para defenderse. Esto último es lo que no hacen los personajes de los episodios de esta peli original. En algunos los pasé mal cerrando los ojos para no ver (el episodio más brutal y estúpido de Sbaraglia en la carretera), aunque me sorprendió que había gente que en el cine se reía. Debe ser que a mí la violencia me pone mala, en mayor o menor grado y hay gente a quien le divierte (no lo puedo entender, se lo preguntaría con mi mejor voluntad, pero igual me pegan). Me quedo con el episodio más sutil, el último de la boda.

Una de esas películas que sirven para tomar ejemplo al revés y no hacer lo que hacen sus personajes. Hay muchas otras vías, el laberinto del alma humana da para eso y mucho más.            

     

lunes, 20 de octubre de 2014

Libertad de la inocencia, la oscuridad de la luz: 'La vida ante sí' de Émile Ajar y 'Magical girl' de Carlos Vermut


Por Tesa Vigal

La libertad de la inocencia anida en el sorprendente libro 'La vida por delante' del francés Émile Ajar, otra joya descubierta en la biblioteca de mi barrio. La oscuridad de la luz en la película 'Magical girl' de Carlos Vermut. 

Se han cruzado en mi camino en este otoño cambiado en Madrid (octubre parece septiembre desde hace cuatro o cinco años). Con ganas de bailar una danza invocadora de lluvia, si la conociera, para que a los árboles se les caigan las hojas a su debido tiempo y el cambio climático no seque mi ciudad. 
Émile Ajar

A cambio ha caído en mis manos un libro irrepetible: 'La vie devant soi' de Émile Ajar (en 1970). No sólo por sus entrañables personajes: una vieja prostituta judía, superviviente de campo de concentración nazi. Sus niños acogidos, hijos de puta árabes, judíos, o vete a saber, dejados a su cuidado permanente. Los vecinos negros, uno de ellos el conmovedor y solidario travesti nigeriano, que se gana la vida con su cuerpo en el Bosque de Bolonia, ese enorme parque de París tan literario, tan sórdido, tan sugerente. 

Lo verdaderamente conmovedor, único, de este autor de vida atípica que se suicidó diez años después de escribirlo, es el aliento vital del narrador, uno de los niños recogidos por Madame Rosa. Momo, un niño árabe, que cuenta las peripecias patéticas, solidarias, sensibles, en esa casa sin ascensor en un barrio de negros. Su mirada limpia, antes de que le calen las convenciones y los prejuicios, donde todo fluye con la naturalidad de lo diferente. El terror repentino de Madame Rosa, que la obliga a bajar trabajosamente los seis pisos hasta el sótano, donde se ha montado su pequeño refugio contra el miedo (los nazis o lo que pueda pasar). La sonrisa perenne, que nadie se puede explicar, de un niño negro más pequeño. Los bailes mágicos curativos, que montan unos vecinos en torno a su sillón, cuando Madame Rosa empeora de salud. La oración árabe que aprende Momo por eso de que es árabe y se supone que es lo que pega, como un curioso trámite que no hay que tomarse demasiado en serio.


Lo serio es su cariño por Madame Rosa, su salud rota, el tiempo cada vez más largo que se instala en ella con la mirada perdida y la mente ausente. También es serio el gran enemigo de los papeles, aunque Madame Rosa suele repetir para tranquilizarse, que ella tiene todos sus papeles (falsos) en regla. Y es que es mucho mejor no existir oficialmente, porque las leyes de protección social metería a los niños en un orfanato o similar, y a ella cualquiera sabe dónde. Ya vinieron una vez llamando a su puerta y se la llevaron a un campo nazi. Mejor vivir que existir.

Pureza entre los vecinos drogotas y el viejo ciego que conserva siempre entre sus manos su querido libro de Víctor Hugo, y el médico al que Madame Rosa acude con sus niños, aunque es ella quien más necesita de sus cuidados. Se está muriendo de otra cosa, pero su miedo es tener cáncer y le tranquiliza no tenerlo. Lo relativo de lo objetivo. El peor miedo siempre es íntimo. Lo emocionante del cariño auténtico, más allá del sucedáneo de la simple compañía física. En los años setenta se adaptó al cine por Moshé Mizrahi, interpretado por la gran Simone Signoret (foto abajo). 

La libertad profunda que transmite esta historia, instando con urgencia a prescindir de etiquetas. Momo, el narrador, habla como ser humano a otros seres humanos. Lo contrario de la gente empeñada en convertirse en algo (sea religión, raza, nacionalidades varias...) dejando de ser alguien. La despersonalización base de todo dogmatismo y guerras, o cualquier otro tipo de violencia. La visión y los sentimientos de ese niño son la maravilla de la vida frente a su pavor. 
'La vie devant soi'

La actitud contraria predomina en 'Magical girl' de Carlos Vermut. Es cierto que es una película viva, contada honestamente desde lo más hondo de una mirada. Eso es lo que atrapa en ella. Pero no me conmovió, quizás porque me transmitía hielo, a pesar de las pasiones que arrastran sus personajes. La mirada de la película es la mirada del miedo. El miedo que no quiere indagar en sus causas, antes de tomar conciencia. El miedo que oscurece, impide la compasión aunque se disfrace de ella, como ocurre en el motivo desencadenante de la historia, el supuesto cariño de un padre hacia su hija de doce años que va a morir pronto de leucemia. A mí su actitud no me trasmitía amor, sino lo que él supone que debe ser el amor, darle todo lo que le pida, sin lucidez, sin discernimiento, sin pensar realmente en esa niña, sólo dejándose llevar por el miedo a la muerte que visita su vida con la sombra del vacío próximo, de lo desconocido, de la soledad.


Y esa actitud se concreta en comprarle el vestido carísimo de magical girl, diseñado para niñas ricas por una diseñadora japonesa. Como no tiene dinero para esa compra absurda, (que no hará feliz a su hija aunque él quiere creer que sí), para conseguirlo se hundirá en lo peor de sí mismo y desencadenará en los demás implicados (magníficos Bárbara Lennie y José Sacristán) la espiral destructiva de la historia.

Igual de absurdo el camino que toma la chica (Bárbara Lennie, arriba foto), agrediéndose una y otra vez, con tal de que su frío marido no descubra su infidelidad pasajera (producto además del abandono de ese tipo de quien sería liberador alejarse). Me recordó a la impresionante 'Blue Jasmine' de Woody Allen. Habla también de los peligrosos mecanismos que nos destruyen, por no ser conscientes de ellos. Por no querer enfrentarlos. Sólo que en 'Magical girl' las decisiones que devoran las vidas de sus personajes son aún más terribles.

Isla mínima, laberinto marismas

Es una película que transmite el lado pavoroso de la vida. Se me ocurre que podría usarse como un manual de instrucciones liberador haciendo, justamente, lo contrario que hacen sus personajes. No hay piedad en esta película y eso, para mí, es un defecto de fondo, de base. 

He visto también otra peculiar peli española: 'La isla mínima' de Alberto Rodríguez. Me gustó mucho, aunque para mí está sobrevalorada.  Fascinantes, oníricas marismas vistas desde el aire, con las que aluciné. Tiene algo hipnótico ese reflejo en la naturaleza del laberinto y la atmósfera densa de la historia. Más que un thriller, a mí me pareció una película turbadoramente íntima sobre las vueltas y revueltas del corazón cuando actúa. Para bien o para mal.    


viernes, 19 de septiembre de 2014

Deja bailar a los niños (a partir del hechizo fluido de 'Boyhood' y la inocencia sabia de 'En salvaje compañía' de Manuel Rivas


Por Tesa Vigal

‘Deja bailar a los niños’ es un verso de una canción de Bowie. Podría ser uno de los posibles resúmenes del movimiento contracultural de los años 60-70. La importancia decisiva para vivir que supone el conservar el contacto con nuestra parte más libre, la que se asombra, juega, explora, siente igual de natural el lado mágico del mundo y coloca en primer lugar el amor. 


En ‘Boyhood’ de Richard Linklater, está el toque, la gracia natural del juego en su manera de contar el río de la historia de un niño, (desde los seis años a los dieciocho) que va arrastrando en su camino el poso de la melancolía, de las huellas de la gente que le rodea, de nuestra memoria personal y selectiva recordando una escena a nuestra manera. No hay otra. Eso le da sentido y se lo quita al mismo tiempo. Porque lo que sentimos, al contemplar nuestra historia, es la presencia de un sentido escurridizo al que no podemos ponerle nombre, o al que llamamos sinsentido. Quizás no es necesario nombrarlo. Sólo sentir esa sensación de misterio fundido con lo cotidiano. Y el tiempo desaparece en esta película, quizás porque es un tiempo real (rodada durante doce años, una semana por año) sobre el fluir del tiempo (conmovedora la fragilidad que trasmite la forma de envejecer de los actores, magníficos Ethan Hawke de la trilogía de ‘antes de amanecer… etc’ y Patricia Arquette) y a pesar de su larga duración se pasa en un soplo, como la misma vida.  

Campesina gallega

Hablar de libros y películas que me conmueven no tiene para mí ningún sentido mental, nada que ver con crítica o análisis. Tiene el sentido vital, incluso urgente dependiendo del momento, de descubrir puertas, soluciones, evitar trampas, seguir el rastro de la libertad y el amor, esas palabras amenazadas por tanto manoseo vacío. Eso tan hippy que sigue agitándose en el centro de nuestras vidas, ya sea desde la búsqueda o el rechazo. En nuestro día a día tenemos que enfrentarnos con circunstancias diversas, con todas ellas, incluyendo las externas derivadas de leyes, economía, o golpes inesperados, lo decisivo es la forma de vivirlo. 

Si cambia la gente cambia el mundo. Así que supongo que en este blog (y en los otros dos: www.librosconaliento.blogspot.com y www.peliculasecreta.blogspot.com )
lo que hago es reivindicar directa, o indirectamente, facetas de la contracultura que siguen vivas y pendientes de realizar y tratar de experimentar soluciones en estos tiempos de clausura. Oscuros porque no se mira. Ciegos por el deslumbramiento tecnológico (que en sí mismo es algo neutral, depende de cómo se use) y la obsesión por la salud del cuerpo. Cerrados por excluir la imaginación. Mezquinos por la tiranía de la seguridad. Encadenados por la avaricia. Idiotizados por lo políticamente correcto. Cobardes por el miedo a lo desconocido. Perdidos por usar la naturaleza al servicio de lo práctico. Deshumanizados por la vieja idea de que el fin justifica los medios. Este retroceso evolutivo incluso viene acompañado, últimamente, del retorno decimonónico de nacionalismos. Como si se volviera a adorar las fronteras. Yo por mi parte no creo en ellas. Aunque lo más terrible es el retorno a fundamentalismos dogmáticos (lo opuesto a lo espiritual) en un regodeo sangriento en la violencia. Si en la época de la contracultura estaba de moda leer y la gente hablaba de música, películas, libros, maneras de vivir, auto realización, exploración de conciencia, alternativas de vida en comunidad y amorosas, ahora la gente habla de tecnología y dinero.


Todo eso es opuesto a la inocencia luminosa y conmovedora, incluso cuando se tiñe de socarronería, del maravilloso libro de Manuel Rivas ‘En salvaje compañía’. Yo no viví de niña en el campo, pero en mi barrio conocí ese tipo de personas auténticas, más allá de las circunstancias sociales con su peso silencioso gravitando en el aire. Gente como Rosa, la campesina de alma limpia a pesar de un marido borracho metido en negocios turbios. Del emigrante retornado a su tierra desde Nueva York, donde construyó rascacielos junto a otros obreros gallegos e indios. Por eso le llaman Spiderman y ayuda a Rosa y a sus niños a recoger y curar a una zorra herida en el bosque, mantiene su viejo amor como un dulce baluarte y sus pisadas huelen a la poesía de la tierra mojada. 

Gracias Manuel por la especialísima sensibilidad de tu forma de contar y la poesía de las heridas o dulzuras que cuentas. Un libro irrepetible.

En esos bosques y las casas cercanas habitan espíritus de muertos encarnados en animales. Un antiguo cura y un cazador furtivo prosiguen, como pueden, su evolución dentro del cuerpo de sendos ratones. Y está Toimil, el cuervo mensajero del rey de Galicia, que surca los cielos acompañado por sus trescientos cuervos. Testigo de las andanzas de los habitantes de la comarca. Del descubrimiento repentino, por una niña refugiada de la lluvia, de luminosas pinturas medievales en la vieja ermita, escondidas bajo capas de cal blanca, saliendo a la luz con la llamada de la tormenta y su aguacero. Todo ello tan vivo y oloroso como un pan recién hecho.

La misma impresión de ‘Boyhood’, en eso reside su impresión imborrable. Comes el olor, hueles la tierra, late el tiempo más allá de ti. Me emocionó al borde de las lágrimas, casi al final, no porque fuese una escena de llorar, sino por el efecto acumulativo de todo lo que había sentido viéndola, casi sin darme cuenta. Porque nuestra vida nos pregunta a nosotros mirándonos en el espejo. Nuestra historia tras décadas de esfuerzos, obligaciones, desvíos, errores, círculos… Patricia Arquette, encarnando con enorme humanidad a la madre del niño, llorando el día de su partida a la universidad no porque se vaya de casa, sino por sentir el desconsuelo de mirar hacia atrás su vida: “creí que habría algo más…”.

Lo que hay, lo que recordamos (que no es garantía de objetividad sino todo lo contrario) es una sucesión de escenas sueltas con diferentes edades, en distintas casas o ciudades, rodeados de gente apareciendo o disolviéndose, algunas referencias si se tiene suerte, o etapas solitarias para bien y para mal. En una fluidez empapada que es el presente, lo único que existe, sobre el que vuela el peso de las  huellas de siglos y palpitan en nuestros pasos cientos de respuestas, sin acabar de encontrar las preguntas correspondientes.     

 





domingo, 24 de agosto de 2014

Tres películas desapercibidas


Por Tesa Vigal

Las tres son pequeñas, independientes y honestas. Y, seguramente, las disfrutarían bastante mucha de la gente que sigue yendo al cine. Pero como carecen de campañas publicitarias masivas y sólo se proyectan en un par de cines, no sabrán de su existencia. Ninguna de las tres es nada del otro mundo, aunque quizás por eso mismo, destaca más su modesto pero íntegro corazón. 

'Locke' , de Steven Knight:
Cuenta el recorrido nocturno, en tiempo real, de un hombre en su coche desde que sale de su trabajo apresuradamente, hasta la clínica de Londres desde donde acaba de recibir la llamada de teléfono que desbaratará su vida. Una mujer, con la que tuvo un encuentro fugaz va a tener un hijo esa noche. Su hijo. Y aunque está felizmente casado desde hace muchos años y con dos hijos, y al día siguiente tendría que estar a pie de obra atendiendo un complicado encargo excepcional, decide aceptar las consecuencias de aquella metedura de pata. Decide no repetir el comportamiento de su padre, que nunca le reconoció, acudir al nacimiento de su hijo y darle su apellido.


El trayecto nocturno entre el laberinto de luces de la autopista, semáforos, faros que deslumbran, en un baile de sombras bailando en el aire que a veces se emborronan por las lágrimas, discurre entre incesantes conversaciones con teléfono en manos libres con su mujer y sus hijos que le esperaban en casa. Con su jefe, que le despide. Con su ayudante, que a pesar de todo le ayuda a preparar y dejar resuelto el trabajo del día siguiente, y con la clínica del parto.

Su determinación inamovible le hace conmovedor, aunque la admiración le viene grande porque el efecto rotundo de la integridad es tan sencillo como natural. Un descubrimiento liberador que sólo se siente cuando se practica.

'Begin again' de John Carney:
El mismo director irlandés de la original 'Once'. Aquí los protagonistas siguen siendo músicos, aunque viven en Nueva York y también su vida está en crisis. El gran actor y apenas conocido Mark Ruffalo transmite esa misteriosa esencia lúdica que se agita en lo creativo. Oye imaginariamente los instrumentos que deberían acompañar a la chica que canta en un pequeño local, una canción propia a la que nadie presta atención. 



Vemos a ambos en su periplo antes del encuentro, acercándose a ese local dando tumbos por su vida, de la que han desaparecido las encrucijadas y más bien se parece al final de una línea del metro, como canta ella en uno de los versos de su canción. Ella está dispuesta a marcharse de la ciudad tras el abandono de su novio, con quien había viajado hasta allí. Él sin trabajo y sin dinero, aunque no puede evitar seguir haciendo música y descubriendo a artistas desconocidos.


El gozo de lo creativo, cuando desapareces jugando. Todos lo hemos hecho de niños. Sin embargo, es curioso que esa capacidad innata se olvide, se relegue, o incluso se rechace. Este es para mí el latido de esta historia y por eso otros temas que aparecen en ella (el ninguneo de los artistas por la piratería, el vampirismo paralelo de las casas de discos, la ruptura de sendas parejas) son secundarios sin dejar de ser importantes. Por eso una de las escenas que más huella me dejó es la grabación de una canción en la calle, tocada en directo llena de entrega sin intenciones.

Tampoco habrá romance sino amistad, eso mucho más poderoso y excepcional. Me quedo también con la escena en que se despiden y él retiene un largo momento la mano de ella sobre el corazón, en silencio, transmitiendo afecto hondo y sincero, sin planes, sin expectativas. Nada más y nada menos.


'Una cita para el verano', de Philip Seymour Hoffman:
El título original 'Jack goes boating', Jack va a navegar, es más representativo de lo que cuenta la historia. La única película que dirigió el inmenso actor antes de morir. La dirigió hace ya varios años, pero aquí se acaba de estrenar por su muerte hace pocos meses. Si no fuera por eso, seguramente nunca se hubiera estrenado.


También la protagoniza, y en ella da rienda suelta a lo conmovedor y melancólico de la soledad y el miedo a romperla. La tímida decisión limpia del chófer protagonista, aprender a cocinar y a nadar, porque a la mujer que acaba de conocer le gustaría remar en una barca cuando llegue el verano y porque nadie ha cocinado nunca para ella.

La concentrada constatación con la que sostiene un oso de peluche que puede, o no, regalar. Sus amigos, una pareja con un punto de desgarro en vías de desintegración. La cena delirante, en la que se olvidan de lo que se está cocinando por fumar hachís negro en una cachimba. Cómo le cantan, a través de la puerta del baño, para hacerle olvidar su rabiosa decepción, animándole con el buen rollo de su canción favorita. Una famosa de reggae jamaicano: 'ríos de Babilonia'.

Unos empiezan y otros acaban. Obvio, y sin embargo se nos olvida continuamente que la vida es movimiento.  En esos momentos gozne en que el pasado y el futuro flotan en el aire, revelándose inexistentes, todo es posible antes de que el polvo, o los fragmentos, vuelvan a posarse en el suelo como partículas de vida ordenadas de otra manera. 

Por cierto, como la revista wakan de mapas imaginarios dejará de salir en septiembre, aunque sigue en la página de comunidad en facebook, acabo de empezar sendos blogs rescatando las pelis y los libros de sus secciones de cine y literatura. No porque los textos tengan importancia, sino porque hablé de lo que me emociona y si esas recomendaciones sirven para que alguien disfrute, estupendo.



jueves, 31 de julio de 2014

Indios en la reserva en los libros de Louise Erdrich


Por Tesa Vigal

Acabo de descubrir a esta escritora, hija de india y blanco, nieta de un antiguo dirigente de la reserva de Dakota del norte, de la que sigue siendo miembro y en cuyas cercanías creció (abajo foto). Esta información viene en la solapa de su libro 'Plaga de palomas' editado por Siruela en el 2010 y encontrado por mí en la biblioteca. 

Lo que he descubierto al leerlo es una apasionante fluidez de lirismo, potentes imágenes sobrecogedoras (como en la escena que abre la historia, ese bebé llorando contemplando al asesino de su familia y cómo se queda dormido cuando éste pone un disco mientras comprueba su pistola), aguda claridad de sentimientos filtrados y posados, sentimientos invocadores que materializan, acciones rotundas confundidas en la bruma de las orillas de un lago. Rastro legendario.


Al principio tuve la impresión de que el libro era un retrato de almas perdidas. Luego fui encontrando en esa historia de indios en la reserva y vecinos blancos, que enlaza décadas y generaciones de humillados y ofendidos, los rastros vivos de su integridad, su resistencia al sufrimiento, su rendición al whisky, o su sentido juguetón (como en la divertida socarronería de un viejo indio ante el cura blanco que visita su casa, al que llaman brinco alegre por sus gestos bajo el efecto del whisky que trasiega sin parar, cuando le pregunta a qué se refiere exactamente con la expresión 'pensamientos impuros').

Pequeños rastros del gran espíritu de la antigua visión india, del alma de ríos, animales y montañas, en la actitud de algunos, apenas como el gesto condescendiente hacia algo infantil, a quien se tiene cariño pero ya sin tomarlo en serio. 

Quedan sus vidas entrelazadas, más o menos marginadas o adaptadas, pero ya sin alas. Aunque es muy interesante su plasmación de la convivencia inevitable, que el paso del tiempo va imponiendo, entre los descendientes de antiguas víctimas de linchamiento y masacre y los descendientes de sus verdugos. En efecto el odio y la venganza acaban, como todo, y cuanto antes mejor. Es una liberación, lo contrario de la sumisión. La primera da paso a la vida. La segunda al miedo y el sometimiento. Por cierto, sobre la venganza los indios sioux tienen un dicho: "la venganza ata al enemigo y a ti con él".


Justamente es esta sabiduría lo que echaba en falta, en algunas de las personas de la reserva y, supongo, que de ahí viene la tristeza que me envolvía leyendo ciertas páginas. Páginas poderosas.

Tanta pena como la que siento al leer sobre su destrucción, la persecución a la que fueron sometidos con una inquina que va más allá de la posesión de tierras. Como si a los rostros pálidos les resultara insoportable la propia existencia de los indios. ¿Sería un incómodo reflejo de nuestra antigua visión pagana y chamánica, rechazada?

Volver a sentir y hablar con los espíritus de montañas, ríos y bosques sería, en estos tiempos de utilización penosa de la naturaleza, cuando incluso gente bienintencionada usa el campo sólo para hacer deporte, lo verdaderamente revolucionario.

Pero poco a poco, con rotunda sutileza, me fue calando la rotunda vida de sus personajes. Honda vida desprendida, como el viento, o el humo, de los cuatro puntos cardinales a los que se suma el arriba y el abajo en historias terribles o sólo tristes, de final liberador o marcadas por el destino. Me viene la frase del indio yaqui Don Juan Matus en los libros de Castaneda: "el mundo está hecho de pavor y maravilla". En el libro de Erdrich fluyen ambas con total naturalidad (dcha. dibujo de Anita Thubakabra). 

Junto a la melancolía triste y la melancolía lúcida, surge de pronto la magia de los sueños en vivo y en concreto. Un indio que ha perdido el violín que aprendió a tocar de niño, a escondidas ("Cuando Shamengwa tocaba el violín, el interior se transformaba en el exterior. Sin embargo, el cambio de interior a exterior no lo dice todo") tiene un sueño. En el sueño una voz le dice: "Ve al lago y siéntate junto a la roca de la orilla sur. Espera allí. Iré a ti". Y allí espera tres días, hasta que ve acercarse a una canoa vacía, salvo por un violín en su estuche atado a un travesaño. Dos generaciones después, le roba ese violín un chaval enredado en las drogas necesitado de dinero, el juez de la reserva le condena a recibir lecciones del viejo para aprender a tocarlo, lo hace con especial facilidad, y a la muerte del anciano la tristeza del chaval le hace romper el violín en su funeral. Dentro, aparece una carta de su primer dueño contando que devuelve ese violín a su hermano, de la única manera posible. Dejando que esa canoa encuentre a su verdadero dueño, a través de las aguas del lago. Y esto sucede veinte años atrás de que el sueño avise a Shamengwa, de que espere a las orillas del lago.

A esto me refería con la visión grande de los antiguos indios. Cuando todo tiene alma y se reconoce la interconexión de todo lo existente y el lenguaje simbólico es la corriente viva de infinitas correspondencias. Incluso en sus nombres. 


Cuando un indio estaba confuso y perdido realizaba el rito de 'imploración de una visión' (para los que quieran conocer los siete ritos sioux contados por el chamán-guerrero Alce Negro recomiendo el libro 'La pipa sagrada' de la editorial Minotauro. Allí lo leí). Subía a una montaña y allí se quedaba hasta recibir una respuesta, una señal. Porque no todo son señales, sino sólo cuando hemos preguntado y buscamos la respuesta. Conectarse a una energía, a un camino, es recorrerlo. El pasaje del violín a través de generaciones me recordó este otro libro.

El libro de Louise también trasmite, en el episodio del linchamiento de unos indios inocentes, la visión de la muerte como la parte de la vida en que se mira al misterio, cara a cara. Cuando lo peor no es la muerte, sino llevar una vida despojada de sentido.

También historias de alas cortadas, de cárceles vitales, de pozos de humillación. Incluso tenía la sensación de masticar cristales rotos en los episodios conmovedores de amores excesivos, de ocurrencias lúdicas, de exploraciones más allá de la aventura. Las décadas y generaciones fluyen al ritmo de la memoria contada de alguien, o del requerimiento de una circunstancia, o del descubrimiento personal, en un fascinante laberinto que abarca desde escenas de finales del siglo XIX hasta otras a finales del siglo XX. Como dirían los propios indios nada es lineal sino espiral y los actos se realizan en un círculo, abarcando todas las direcciones.

La naturaleza no es para nosotros. Somos parte de ella.
Larga vida al alma india. 
       
      

martes, 24 de junio de 2014

El toque (libre) Jim Jarmusch


Por Tesa Vigal

Una elegante directora de casting de Hollywood llega en avión a Los Ángeles y se sube al taxi de una adolescente Winona Ryder fumadora compulsiva, mascadora de chicle y palabras, con enorme llave inglesa colgando del cinturón de sus gastados pantalones. 
La de Hollywood acaba medio fascinada por el personaje de la taxista y le pregunta si quiere trabajar como actriz en la película que andan preparando. Ante su desconcierto, la chica responde que no, gracias. A ella lo que le gusta es su trabajo conduciendo el taxi y su sueño es montar un taller mecánico con su primo. 

"Pero a todo el mundo le gustaría ser famoso", insiste la de Hollywood.


"No señora, la entiendo, pero no me interesa, lo siento". (abajo taxi de Los Ángeles y taxi de Roma) 

Esta escena pertenece al primer episodio de 'Una noche en la tierra' una de las películas primeras de Jim Jarmusch. En otro, cuya acción sucede en Roma, el taxista es un delirante Roberto Benigni con gafas de sol a las tres de la madrugada, que le vacila al obispo que recoge en el centro de una plaza. El obispo espera en la acera que bordea la fuente y el taxista se para. Cuando lo ve acercarse arranca de nuevo rodeando la fuente unos metros, alejándose de él. Se para otra vez, haciéndole perseguir al taxi para regocijo del taxista. El diálogo que sigue, en realidad un monólogo de Benigni contándole al obispo, detalladamente, cómo se acostó con la mujer de su hermano. Al taxista le parece adecuado esa confidencia de madrugada, recorriendo las calles desiertas de Roma, porque estará acostumbrado a confesar feligreses. Además, le gusta oírse para relativizar su propia historia. Además, será divertido comprobar el efecto de sus palabras en el incómodo obispo, escuchando su incontenible chorro de detalles eróticos. 

El efecto será complicadamente inesperado. Mezclando, como en todas sus películas, lo dramático, lo poético, lo emotivo, lo extraño con lo cotidiano. 



Aceptar el aire de los tiempos sin cuestionarse si se está de acuerdo con él, o no, es comprensible porque te sientes integrado y aceptado. Pero es mal asunto porque no vives tu vida sino ideas ajenas, más o menos bien vistas, alimentando la incomunicación y una "correcta" falacia. 

Las películas de Jim Jarmusch, uno de los directores más personales del cine independiente, suelen tener como protagonistas más o menos vulnerables a gente que vive su vida. Esto les despoja del peso de ciertas máscaras sociales, dando a sus pasos una pureza fluida, inevitable, que a unos hace más fuertes y a otros les complica la existencia con desagradables consecuencias esperadas, o directamente extravagantes, llenando lo cotidiano de un toque duendil, de otro mundo inmerso con su encanto incómodo en la vida diaria más usual. 

La propia forma de contar de Jarmusch tiene la levedad de lo especial, cuando lo especial no se da importancia, sólo fluye digna, naturalmente, con la inocencia de lo auténtico en los gestos en los que el tiempo se ralentiza, porque estamos sintiendo sus emociones y esa es la aventura. Al margen de que se trate de la simple anécdota de dos turistas japoneses en el Menphis de los 80, seguidores del primer rock and roll y en concreto de Elvis Presley (abajo). 

Ese es el comienzo de 'Mystery train'. Los vemos vagando con su maleta por la ciudad provinciana, donde piensan visitar la casa museo de Elvis y su casa de discos. Ella, no deja de hablar. Él, no abre la boca. Acaban en un hotel de mala muerte, del que se ocupan dos negros tan surrealistas como conmovedores. Uno es el botones, un chaval que luce un antiguo gorrito que en otros tiempos usaban los botones con uniforme en hoteles con empaque. Su constante mirada de perplejo asombro contempla los consejos del recepcionista, un hombre maduro que le sugiere: "Tú lo que tienes que hacer es conseguirte una chaqueta como la mía" y se ajusta con toda la dignidad del mundo su chaqueta color rojo pasión (abajo con el gorrito del botones confundido con el fondo). 


A ese hotel llegarán el resto de personas de la historia. Entre ellos, una viuda italiana, pendiente del papeleo para enviar a Italia el ataúd de su marido, que recibirá por la noche la visita involuntaria del caballeroso y despistado fantasma de Elvis Presley. Ella, sentada en la cama y subiéndose la ropa hasta la nariz, le contempla perpleja y aterrada hasta cierto punto, pues es el fantasma el que parece más perdido, y le escucha decir: "Buenas noches señora, ¿dónde estoy?".

En 'Bajo el peso de la ley', rodada en blanco y negro, tres personas acabarán compartiendo celda por cuestiones peregrinas, arrastrados por su forma de ser. Uno de ellos el gran músico Tom Waits, cuyos poemas y canciones son un perfecto reflejo inclasificable de las películas de Jarmusch.

También en blanco y negro es el poema hipnótico 'Dead man', contando el periplo iniciático de Johny Depp en parajes del oeste del siglo XIX. Su personaje se llama William Blake, como el poeta visionario. En su peripecia se encuentra con un insólito indio gordo, que le revela que él, William, es en realidad un hombre muerto que aún camina.
Y al observar la innata puntería con la pistola de aquel curioso rostro pálido, le dice que quizás en esta vida haga poesía con la pistola (abajo dcha.). 

Tiene en común con 'Sólo los amantes sobreviven' (su última peli, que me ha dado ganas de hablar de las que me gustan de Jarmusch, otras me aburrieron, nadie es perfecto afortunadamente) su poesía fascinadora y lo original de la trama a partir de un género clásico, las historias de vampiros en lugar del western crepuscular.

Como en 'Dead man' las imágenes te absorben y cuando algo te atrapa te regodeas en cada instante paladeándolo, sin querer que se acabe. Creo que lo contrario de meterse en una historia es enredarse en su ritmo, por eso los que no disfruten del tiempo sin tiempo de una atmósfera que empapa, de la poesía, supongo que se quedarán fuera de esta peli por su relativa y esporádica lentitud.

A mí se me hizo corta. Dos amantes vampiros, ella una impresionante Tilda Swinton, que se conocen desde hace muchos siglos, a nadie cazan, a nadie matan, consiguen su ración diaria de sangre con chanchullos clandestinos en hospitales y, cada uno a su manera, están inmersos en vivir su vida, la que han descubierto tras sabiduría acumulada que plasman como pueden.

Ella vive en Tánger, escuchando música y leyendo poesía en una casa que parece el nido de una hada solitaria, entre alfombras, sedas sobre la cama, sugerencia de luces cálidas, esa belleza poderosa y profunda, escurridiza, que suele distinguir lo bello de lo bonito.

Él vive en el Detroit medio destruido y abandonado de la actualidad. Su casa está llena de cables, sintetizadores, guitarras eléctricas y violines. Es músico, tiene cierta fama con la melancólica música electrónica que compone, pero el ambiente de su casa refleja su ánimo envuelto en tristeza. No le gusta el mundo actual porque a la gente le da miedo imaginar y abundan los que viven una vida muerta como zombis.

A ella, por el contrario, la experiencia le ha enseñado a relativizar las épocas, los aires del tiempo y los momentos históricos. Se queda con la bondad y la amistad, como le dice a su amante cuando se reúnen para ayudarle con su tristeza.

Por lo dicho hasta ahora, supongo que se comprenderá que en esta película no hay violencia sino atmósfera. Así que no les gustará a quienes busquen vampiros sanguinarios, o monstruos a combatir. Sólo la singularidad de un tercer vampiro, gracioso contrapunto, la hermana de ella que les visita. Una adolescente seguidora de la tele, con voracidad indiscriminada y poca sutilidad.


Los amantes, curioso detalle, se llaman Adán y Eva, como si se tratara de una pareja que funda mundo, una estirpe paralela más viva que algunos humanos vivos y desde luego con mayor sensibilidad. 

Se quedan embelesados escuchando la actuación de la libanesa Yasmine Hamdan, en un local de Tánger. Yo también aluciné con su música, que desconocía, tan hipnótica y envolvente como la propia película. 

No falta el toque de humor lúdico en el nombre que elige él, cuando va a conseguir sangre a un hospital disfrazado de médico. En su tarjeta identificadora se lee: Doctor Fausto. Y el médico que le proporciona paquetes de sangre grupo 0 positivo, a cambio de dinero, es el doctor Watson. Elemental.

Su forma de andar contiene todo el tiempo del mundo en sus pasos, con algo entero, sereno y libre que no es de este mundo y, sin embargo, sugiere la tentación de lo posible.
Quien quiera ver otra película especial sobre vampiros le recomiendo el Drácula de Coppola. Una historia de un romanticismo desatado, en la cuerda floja de todo o nada, con elecciones que te hacen preguntarte si elegir la vida es lo mismo que elegir el amor y al revés. 

Algunos versos de una canción de Tom Waits:
"Nunca vi la mañana hasta que me pasé la noche sin dormir / Nunca vi la luz del sol / hasta que apagaste la luz".
                  

lunes, 26 de mayo de 2014

Documental Antonio Vega, meditación oriental, Irlanda


Por Tesa Vigal

Escribo en una terraza de Malasaña, bajo un sol dulce entre nubes cruzadas en un azul pálido. Vengo de votar aquí al lado, en el instituto Lope de Vega. No sé dónde quiero llegar, sólo ser, y mis sensaciones del documental sobre Antonio Vega revolotean sobre mí, con más insistencia al estar en el barrio de su bar preferido, el Penta. Se mezclan con las impresiones estimulantes de los dos últimos libros que he leído y el resultado es algo turbador.


El misterio se desenrosca en todos los caminos y no hay ninguno mejor que otro, tan sólo son caminos propios o ajenos.
Antes de salir de casa he acabado un libro de viajes de Javier Reverte, "Canta Irlanda". No me gusta ese género porque prefiero descubrir los sitios a mi aire, pero éste hablaba de mi querida Irlanda y al tropezarme con él en la biblioteca tuve curiosidad por su visión personal. Algo muy especial me pasa con la isla esmeralda, porque leyendo la parte sobre la salvaje costa oeste me emocioné de nuevo, igual que cuando el viento fuerte y limpio me daba allí en la cara y alborotaba mi pelo hasta el caos, hace dos veranos.

A Reverte también le fascina el constante olor a mar y a hierba y el amor de los irlandeses por la poesía y escritores en general, por la música y el baile. No comparto su admiración por el 'Ulises' de Joyce, sino por su libro de relatos "Dublineses", llevado al cine de manera impresionante por John Huston en su última película "Los muertos" (foto abajo).


En sus páginas he descubierto un montón de información sobre la historia tremenda y trágica de Irlanda, entre hambrunas, pobreza y masacres inglesas. Así que no me extrañó la divertida anécdota que cuenta sobre el pub de un pueblecito de la costa oeste, creo que del condado de Sligo tan querido por el poeta Yeats. Se corrió la voz de que había un español en el pub, Reverte, y todos empezaron a brindar por Felipe II y su armada invencible. Me quedo con su héroe pacifista O'Connell, a quien admiraba Gandhi. Tras una de las rebeliones irlandesas sangrientas, en las que siempre perdían, dijo: "No hay ningún cambio político del tipo que sea que merezca que se vierta una gota de sangre humana".

Así que me han dado ganas de volver pronto por allí, a escuchar la música espontánea, sin escenario alguno, que surge en sus bares. Y volver a respirar el poso de leyendas en el aire y las huellas en sus bosques de duendes y hadas, tan queridos por el poeta Yeats y por mí.
Músicos pub en la costa oeste, en Sligo
 


Lo creativo surge del inconsciente (lo laborioso y la técnica se añaden después a su servicio) y resulta curioso que esa dimensión, fuente vital, sea la misma a la que parece apuntar la meditación oriental. Hace un par de semanas leí un pequeño librito, físicamente la mitad de centímetros de un libro normal, sobre el tema. De Pablo D'Ors "Biografía del silencio".
Me encantó la actitud que rezuman sus páginas de alegría, aventura, libertad. Su referencia a la costumbre de llenar el tiempo (recordé esa expresión tan deprimente de 'matar el tiempo') en lugar de vivirlo. 
Meditar no es reflexionar, sino lo opuesto, dejar que los pensamientos surjan (es inevitable) sin pararnos en ellos, enfocando al silencio, observando sin juzgar. Con el asombro y la entrega de un niño.


Algunas frases que subrayé sobre su experiencia personal con la meditación oriental y sus efectos:
"El dedo que señala termina por darse la vuelta y apuntarnos".
"Para escribir, como para vivir o para amar, no hay que apretar, sino soltar".
"Todo sin excepción puede ser una aventura".
Con la meditación se aprende a "estar en el lugar que se está, pero plenamente. Para explorarlo. Para ver lo que da de sí".
"Tanto el arte como la meditación nacen siempre de la entrega; nunca del esfuerzo. Y lo mismo sucede con el amor".
"Ponerse en disposición para que algo pueda hacerse por mediación tuya, pero no hacerlo directamente, forzando su arranque, desarrollo o culminación".
"La situación -sea cual sea- no es el problema, sino que el problema es mi idea sobre la misma".
"Mirar algo no lo cambia, pero nos cambia a nosotros".
"Meditar ayuda a no tomarse a sí mismo tan en serio".
"El camino es la meta".
"En el budismo zen el mejor modo para ayudar a los demás es siendo uno mismo". 
También recuerdo la forma de nombrar a la meditación de David Lynch, el director de cine, que da título a su libro: "Atrapa el pez dorado". Lo leí hace meses y no me extrañó que una persona tan buscadora y poética como él llevara treinta años practicando la meditación, sumergiéndose en el bosque del centro del ser humano, de donde surge la libertad, por debajo de nuestros personajes, neuras y máscaras. 


En busca del pez dorado. De ahí la curiosa impresión que me produjo ayer el documental sobre Antonio Vega. La parte de su vida que estuvo inmersa en una adicción es opuesta a la libertad y sin embargo las sensaciones de su actitud vital, su música y sus letras parecían provenir de una motivación parecida. Mejor dicho apuntaban a lo mismo desde diferentes caminos. Lo absurdo de juzgar a alguien (sin antes haber caminado varios días dentro de sus mocasines, como dirían los indios sioux). El misterio palpitando en cada manera de vivir, incluso en las auto destructivas como puede ser la adicción de Antonio Vega que seguramente le llevó a su muerte, hace ahora cuatro o cinco años. La fuente de la poesía y la música. La belleza insondable de las estrellas, de las galaxias que tanto le fascinaban desde pequeño. La fragilidad que le hacía fuerte. La entrega a un camino. Su fascinación por los gatos. La ternura de sus gestos. Las escenas que aparecen de la peli de culto "Arrebato" (hablé de ella en http://www.peliculasecreta.blogspot.com)

El dato que cuenta su madre, que nunca apreció su música, sobre su costumbre de trepar por las puertas de pequeño. La sensación que daban sus familiares y colegas músicos de no acabar de entender a Antonio, sintiéndose conmovidos por él. El plano del alcalde inolvidable Tierno Galván diciendo eso de: "y vosotros rockeros colocaros y al loro". Las palabras de Antonio diciéndole a alguien que nuestra misión, la de todos, es la de ser vectores de la vida.


Se me ocurrió que con una adicción quizá se busca también atrapar al pez dorado. Lo conmovedor, lo triste es que se busca aferrando algo desesperadamente. Y aferrarse es forzar la vida en una única dirección. Haciendo imposible vivir el aquí y ahora de la meditación oriental, con el que me siento de acuerdo. Lo contrario de la libertad. Pero, una vez más, ¿quién soy yo para juzgar? ¿no hacemos todos lo que podemos? 

Me quedo con la música tan especial de Antonio Vega y con sus versos. Por ejemplo: "Bienvenido a la oscuridad donde la luz no deja de brillar" (de su canción 'Vapor') y de la misma: "eres una llave". O este otro: "cierto como imaginar". Me quedé inmersa a la salida por una tristeza ambivalente. Conmovida por nuestra fragilidad, por nuestra torpeza para usar nuestras alas, o por ignorar que las tenemos.

A la salida del cine me tomé una cervecita en la terraza de la librería 8 y medio, con los recuerdos mezclados de lo que he contado aquí. Dejando que ocuparan su lugar y volcándome en el aquí y ahora.

Que acabe David Lynch con unas frases del final de su libro: "... se dice que cuando caminas hacia la luz, a cada paso que das, las cosas brillan más... Y creo que estimular la unidad en el mundo traerá la paz a esta tierra. Así que: paz para todos".