domingo, 24 de junio de 2018

Por qué me fascinan los dioses griegos

Por Tesa Vigal


Quizás porque son muy humanos y hacen mítica nuestra vida. Tan humanos que todos somos dioses cuando vivimos lo que sea como una aventura. Un recorrido en busca de nosotros mismos, es decir de la libertad. Será entonces nuestra vida, aunque puedas pasarlo fatal, o no, pero el gozo de la propia expresión, única para cada persona, no tiene precio. Y la liberación se funde con la humildad, la humildad con la empatía, la empatía con el misterio de este mundo enorme donde hemos aparecido. 
Desatados, sensuales, dionisíacos (ver más abajo) eran los dioses y mitos paganos antes de llegar las siguientes religiones dogmáticas. No existían libros "revelados" y de sus leyendas hablaban los poetas en busca del misterio de la naturaleza. A modo de sueño secreto de gente más libre. Por eso sus personajes mitológicos, ya fueran héroes, humanos "normales" o dioses, eran laberínticos, contradictorios, racionales o mágicos, ascéticos o apasionados, tiernos, violentos o sensibles.

Puede que ahí resida el misterio de su existencia tan “humana”, y esa característica, usada contra ellos por la siguiente religión cristiana para desprestigiarlos, es la medida de su grandeza. Supongo que no entendieron que se trataba de investigar la naturaleza humana y encontrar su sentido, no de modelos a imitar. Siguiendo esa impresión, si se les imagina pura energía de diversos tipos, a las que el ser humano puede conectarse a lo largo de su vida, tiene cabida el viaje interior, nuestras peripecias como un proceso evolutivo del que también se habla en sus mitos. 
Pintura de H. Rousseau

El “detective” Freud ya descubrió en ellos una fuente inagotable que explicaba el actuar humano. Pero fue su discípulo rebelde, Jung, quien ahondó más en ellos, convirtiéndolos en arquetipos, símbolos vivos del proceso de individuación. La mitología trataría de encontrar la luz de la oscuridad y a la inversa, y así descubrir su sabiduría. A veces evidente, a veces subterránea o laberíntica, como un perfume de rastro y efecto sutil.

Curioso que dioses y humanos están sometidos al Hado, el destino misterioso que les englobaría a ambos y que, para más complicación, en ocasiones es inmutable y en otras puede modificarse.

En esa visión mítica todo tiene alma: incluso lugares, situaciones, recorridos… y grutas, mares, tormentas, bosques, astros, montañas se comunican con los más soñadores, los sensibles, los más libres de los humanos que, sedientos de vida e inconformistas ante una realidad recortada, poblaban toda la naturaleza de espíritus inmersos en ella. 

Pintura de Waterhouse

Las ninfas lo son del agua dulce, de bosques y montañas. Las nereidas, sirenas y tritones del mar. Espíritus que han persistido como Elementales de la naturaleza en todas las historias de hadas y duendes. Los sátiros son seres de naturaleza compleja, en la que participa también la animal, por eso tienen pezuñas de cabra (y los centauros torso humano y cuerpo de caballo). 

Al demonizarlos, la religión cristiana convirtió su imagen en la del diablo. Incluso el jefe de los sátiros, el gran Pan, tiene además dos cuernos en la cabeza y dada su naturaleza extrema es hijo de Dionisos. Los cuernos, sin embargo, son un atributo lunar de las fases creciente y menguante del lado femenino de la naturaleza. Al igual que duendes y hadas, Pan se enfurecía si se le molestaba provocando el sentimiento (derivado de su nombre) del pánico. Pan es un dios de curación y crecimiento. Tiene además otra curiosa característica, refleja a todo el que le mira y de ahí el peligro de su mirada cuando uno no quiere conocerse y huye de sí mismo (algo fundamental para crecer). 



Venus de Boticcelli

Al principio era el Caos, del que surgieron la Tierra (Gea), madre de todos los dioses. Eros, el principio universal del amor, y el sombrío Tártaro (la región de los muertos). Desde el comienzo aparece el número 9, múltiple del 3, número “femenino” (entendiéndolo como lunar, nocturno, interior, el lado instintivo, emotivo, intuitivo y sensible de los seres humanos) por las tres fases de la Luna. La diosa Hécate es el lado letal de la naturaleza, que correspondería con la fase de luna menguante-nueva, la invisible, la oscura. Afrodita (el amor, la belleza, la generosidad y la sensualidad) sería la luna llena, y Artemisa (la integridad, banalizada más tarde como pureza física, virginidad) la luna creciente. 

Artemisa
Sólo con un dato aludieron a la complejidad de miles de libros, películas, ensayos y poemas sobre el amor. Sería éste: Eros, aunque también existía desde el principio, era hijo de Afrodita y Ares (Marte para los romanos). El erotismo hijo del amor y de la guerra. Y añadían que Psiquis (el alma) fue la amante de Eros. Su felicidad era perfecta, pero él había puesto una condición. La de que Psiquis jamás trataría de descubrir su rostro, la identidad de aquel joven amante, que cada noche se reunía misteriosamente con ella sin decir nunca su nombre, deslizándose entre las sombras poco antes de amanecer. Pero Psiquis curiosa rompió una noche su promesa. Iluminó con una lámpara la cara de su enamorado y entonces Eros huyó.

¿Más sobre el amor? Quizás esta otra historia: Aquiles durante el asedio a Troya, lucha en plena batalla con la reina de las Amazonas. De repente, al clavarse su espada en el cuerpo de Camilla, sus ojos encontraron los de aquella mujer que moría por su mano en ese instante. Y Aquiles sintió con terror que el amor, desgraciadamente, había entrado en él. Pero Camilla, vencida, yacía muerta a sus pies. Y es que Eros es enigmático y resbaladizo, complejo y profundo, inesperado, incomprensible, inconsciente... Y ambiguo. Con sus flechas de punta de oro provoca la pasión arrebatadora, pero con las de punta de plomo causa la incapacidad de amar.

Dionisos
Y para enigma el del dios Dionisos, la energía que funde naturalezas yendo más allá de los límites de cada una. Es el iluminador por medio de la transgresión y el exceso, de los estados alterados de conciencia, del éxtasis y el estado arrebatado. Es el dios bisexuado, el superador del mundo, el que fomenta la trascendencia, el ir más allá. Es el que posibilita la fusión de animales-humanos-dioses y esa unión es la característica de toda edad de oro mitológica: borrar distancias, fusión total. Señor de los animales salvajes. Dios de la alegría sin propósito, del delirio, de la sabiduría que funde luz y oscuridad, del frenesí, el integrador de contradicciones, la pura emoción, el abandono del sentido del ego. Es también el dios que es sacrificado y comido (que luego retomará también el cristianismo) y luego resucitado. Representa por tanto el más allá de la vida y la muerte. Y es especialmente rico en cuanto simbología evolutiva, no sólo por su capacidad de resurrección, sino porque enloquecía a todo el que se negara a reconocer y vivir su lado instintivo y emocional. Nada que ver, como se ve, con la simplificación pedestre de los romanos que le convirtieron en el dios Baco patrón de las borracheras. Sin comentarios...

Prometeo es otro curioso personaje. Se pone de parte de los humanos y los ayuda regalándolos un don inapreciable: el fuego, que por otra parte tiene efectos ambivalentes. Por un lado, es destructor y por otro purificador y dador de calor y vida. De ahí los ritos de las hogueras en el solsticio de verano. Es el personaje rebelde, símbolo muy extendido y enigmático porque roza el misterio del destino, ese destino que unas veces es inamovible y otras no. Es en estas últimas donde cabe la rebeldía, una necesidad evolutiva en busca de sabiduría, pericia, posibilidades. Una exploración de los propios límites al tratar de superarlos. Prometeo será por ello castigado por los dioses, pero finalmente será liberado por el héroe de una de sus sagas, Heracles, el Hércules romano.

Isla de Ítaca
Y todo humano debe recorrer su particular odisea para encontrar su lugar. Como en el viaje relatado por Homero, la Odisea, cuyo protagonista Ulises-Odiseo debe vencer y superar multitud de situaciones y conflictos para llegar a “casa”. A uno mismo. Entre otras peripecias imprescindibles debe atravesar el infierno (como también lo hará Orfeo el músico) para volver a la luz.

Y no me resisto a citar a otros dos personajes, esta vez históricos, porque cada uno a su manera tienen aire legendario: Schliemann por un lado y Alejandro magno por otro. Schliemann era un alemán enamorado de la Grecia clásica. Hasta el punto de abandonar su trabajo y venderlo todo para cumplir su sueño: descubrir Troya, la ciudad que la arqueología y la historia ortodoxa afirmaban que era sólo leyenda. Y lo logró, encontrándola justo donde Homero la situó.

Y Alejandro, ese hombre atípico porque no me parece un guerrero, aunque conquistara territorios, sino un soñador. En cualquier caso eso es lo que me atrae de él. Recomiendo la fascinante biografía novelada, basada en su vida contradictoria “El muchacho persa” de Mary Renauld. Alguien excesivo y místico. Lo siguiente es lo que escribí sobre él en una revista, “Mandrágora y el pirata”, hace muchos años:

Alejandro
Soñó y trasladó sus sueños a la realidad. Eso hizo cuando, al llegar frente a la tumba de su héroe Aquiles, bajó del caballo y miró la luna entre un silencio sin tiempo y una brisa fuerte que recordaba al mar. Se acercó después lentamente. Parecía temer cualquier interrupción que sus pasos produjeran en el aire. Al llegar junto a la tumba, un rayo de luna cruzó los rizos rebeldes que cubrían su frente, subió su mano derecha y con decisión abrió el broche de su túnica que cayó al suelo enseguida. Su cuerpo desnudo brilló entre las sombras de la noche que resbalaban sobre su piel de 21 años.

Allí, muy cerca, parpadeaba tranquilo el campamento salpicado de fogatas y, a su lado, una mano le tendió con rapidez la antorcha pedida. Aferrándola con fuerza comenzó a bailar alrededor de la tumba. Primero lento, lento. Luego, dejando que toda la pasión contenida en sus ojos oscuros y su pelo enredado le envolviera por completo. Al otro lado de la llanura, un caminante observó con temor la escena, creyendo haber sorprendido la intimidad de algún espíritu extraño. Y de repente aquel grito: “Afortunado Aquiles, porque fuiste querido por un amigo fiel y celebrado por un gran poeta” 

La llama crepitaba contagiada por la danza, el sudor resbalaba como el más íntimo de los ríos. Entonces, una ligera nube procedente del norte ocultó la luna. Alejandro se dejó caer al suelo, besó la tierra y allí se quedó inmóvil, largo rato. Soñando con lejanos palacios de arena dorada, telas suaves de colores extraños, idiomas desconocidos, noches de insomnio junto a una copa de plata, el vino persa mezclándose en su sangre, mares inmensos, desiertos lejanos, brazos amantes. Y sonrió.

Y tras esa escena auténtica, aunque sea legendaria, termino con una anécdota mía. Hace mucho tiempo, cuando dormía en mi saco de dormir sobre cubierta, durante un viaje a Grecia, me desperté cuando el barco pasaba junto a la isla de Ítaca (poeta Kavafis: la meta es el camino), me apoyé en la barandilla y me emocioné pensando en los dioses. Les saludé, les llamé. Les dije: “Estoy aquí y creo en vosotros”.

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