jueves, 20 de febrero de 2014

Fitzgerald, la melancolía de los sueños extremos


Por Tesa Vigal

Es lo que se me ocurre siempre que releo a Fitzgerald. Suena contradictorio, pero ese es precisamente el punto especial que rezuma 'El gran Gatsby' y la propia vida de este escritor, un soñador irreductible, siempre nadando en el choque entre un anhelo involuntario, la entrega desaforada al final de las canciones, lo doloroso de la lucidez, la belleza escondida que vuela y se estrella, la búsqueda instintiva de aquello que se esconde en la juventud, las alas de una imagen, de una tristeza sin puertas, de los deseos sin fondo, de lo delicado irreductible y la fragilidad de lo fuerte, la grandeza de lo pequeño, el dolor de lo grande.


Su vida parece una de las historias de sus relatos. Famoso a los 20 años con su primer libro, 'A este lado del paraíso'. Poco a poco olvidado. Amor con Zelda, su mujer, tocado por lo ilusorio y lo maldito, vivido a lo largo del jazz de la época, ciudades como París, vagabundeo de fiesta en fiesta, de alcohol en alcohol, de fracaso en fracaso. Su "carrera" fue cuesta abajo desde el principio y murió como escritor olvidado hasta que alguien le recuperó en los años 60, colocándole entre los grandes de la generación perdida. Nació con el siglo XX y murió en 1940 con el alcohol como problemático compañero de viaje y su mujer Zelda internada en una clínica psiquiátrica, en la que moriría ocho años después, en un incendio. Pasando por Hollywood como guionista (igual que otros maravillosos escritores de la época, como Chandler, Faulkner...), como un guiño irónico a sus  pesadillas, trabajando para ese nido de sueños de apariencias sugestivas y alas rotas, sistemáticamente. En otra de sus novelas: 'hermosos y malditos' refleja más directamente su nómada vida de altibajos con Zelda. El vuelo y el agujero y, sin embargo, sin renunciar nunca a esa promesa inalcanzable que sentía latir en la vida.

Hoy le he releído y encontré un cierto parecido con la rara melancolía de una pintura del arte actual chino, que vi en enero, en el cuartel del Conde Duque. Quise volver a verla, pero la exposición ya se ha acabado. Es una escena callejera de jóvenes que me transmitió una enigmática delicadeza. Se titula 'bloom of youth' y su autor es Wang Guanjun (abajo dcha.).

Sólo existe el presente y cada instante se convierte en pasado. Movimiento y libertad, la materia de los sueños. Los sueños, la respiración de la vida. Este es el final de 'El gran Gatsby':

"... pensé en el asombro de Gatsby al advertir, por vez primera, la luz verde al final del malecón de Daisy. Había recorrido un largo camino para llegar a este verde césped, y su sueño debió parecerle tan próximo que no le sería imposible lograrlo... No sabía ya que estaba detrás de él... en alguna parte de aquella vasta oscuridad, más allá de de la ciudad, donde los oscuros campos se desplegaban bajo las sombras de la noche.
Gatsby creía en la luz verde, el orgiástico futuro que, año tras año, aparece ante nosotros... Nos esquiva, pero no importa; mañana correremos, más de prisa, abriremos los brazos, y... un buen día...
Y así vamos adelante, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado".   

Abajo escena de la última versión llevada al cine. Magnífica interpretación de Leo di Caprio, pero la peli no me gustó más que a ratos. Como la versión anterior de Robert Redfor (y sin embargo siento maravillosas algunas películas y penosas sus anteriores novelas. Tengo varios ejemplos).
Aquí y ahora.  

sábado, 18 de enero de 2014

Gato fantasma


Por Tesa Vigal

Así llaman al leopardo de ciertas zonas del Himalaya, porque se deja ver difícilmente. Eso cuenta el fotógrafo Sean Penn en la película 'La vida secreta de Walter Mitty', de Ben Stiller. Explica al protagonista que los seres bellos no van mostrándose (igual que los auténticos provocadores lo son involuntariamente, que diría Almodóvar). Quizás haya que descubrirlos tras un largo viaje y, aún así, hay que esperar a que ellos se dejen ver.



Pensé en animales, en las hadas y duendes, en la gente sencilla que es todo menos simple, en un recodo de un río, en un día inesperado al cambiar un minuto, en lo que se agita en el silencio mantenido, en el sueño que nos persigue. En la libertad que se respira al no hacer una foto, para que la cámara no estorbe el sentir un lugar y un momento. 

Esa forma de sentir de los antiguos indios, que viene a rescatarme en etapas oscuras.
Sin embargo, esta película no es un gato fantasma (las que citaré más abajo sí). Es de vuelo corto, superficial pero sentida, apostando por la actitud de dejarse empapar por lugares, situaciones y personas. Acercarse y sentir y dejarse llevar por lo que surja. Ahí espera la emoción y su significado. Cara a cara con lo que la vida te ha puesto delante, se ha cruzado en tu camino, o te mira en el espejo. 

Ese espíritu infantil está presente en esta historia, con su torpeza y su idealismo, así que al final no importa su ingenuidad porque acaba convirtiéndose en materia de sueños, como diría el detective Marlowe-Bogart al final de -esa sí- inolvidable película de John Huston, 'el halcón maltés'.
Me encanta haber pasado de prejuicios y haber ido a ver esta peli, dirigida e interpretada por Ben Stiller (le tenía por actor de comedietas sin pena ni gloria), pero me llamó la atención la pasión que transmitían sus palabras hablando sobre ella en una entrevista.



Ignoro si en su gestación pasó, valientemente, de la posible calificación de ingenuidad o nadería. Si es así maravilloso. O si surgió de manera inconsciente. En cualquier caso, en la historia se reivindica la pureza infantil en la actitud entregada de un niño a su juego: y ahora me dicen que lo que busco está en Groenlandia y voy. Esa bendita actitud tan poderosa, como olvidada demasiado pronto. Es un error. Una trampa. No se crece renunciando a ella, sino volviéndola posible. 

Además se oye una maravillosa canción de Bowie, que aparece también en otra película, independiente, auténtica, original, emocionante: 'Crazy'.

Pensándolo bien, ambas pelis tienen en común la búsqueda de la integridad. 

Igual que estas otras películas, (que recomiendo de corazón)  y que son 'gatos fantasmas': la última de los Cohen 'a propósito de Llewyn Davis' (arriba foto). Con la poética triste de aquellos que sólo saben hacer bien, y con el alma, algo en lo que fracasan. El misterio de la condición, el destino y la conexión.

'Le week end': el ludismo implica entendimiento pero no comunicación. Hermosa y melancólica historia (foto abajo dcha.).

Y la insólita 'gente en sitios', de Juan Cavestany, a modo de historias mínimas, sin conexión aparente y que se pregunta la cuestión básica: "¿qué pinto yo aquí?". Inolvidables los ladrones, de una de sus historietas, que entran en una casa especialmente sucia y acaban limpiándola hasta dejarla como los chorros del oro, porque no hay manera de trabajar en un sitio así... Turbadora película, cuando la exploración es vida.



Texto dedicado a las pelis o los libros que no son redondos, ni impresionantes, pero pueden cambiar tu ánimo, hacerte soñar, o descubrir un dato vital.       

martes, 17 de diciembre de 2013

Amores no correspondidos: "Sputnik, mi amor" de Murakami


Por Tesa Vigal

Se puede llegar al otro lado de las cosas viviendo profundamente cualquier situación. Cuando se trata de materia especialmente sensible y laberíntica, el amor, donde surge más y mejor lo misterioso de la vida, ese viaje puede incluir encontrarnos cara a cara con nosotros mismos, con nuestra sombra, con nuestro doble, con la comunicación y la incomunicación extremas.



Murakami me fascinó, desde el primer momento en que lo leí, porque eso es lo que explora en todos sus libros. En unos haciendo más hincapié en la identidad, en otros en el destino, o la muerte. O en la realidad inevitable de los sueños, como el viaje común a todos los seres humanos que nos visita cada noche, poniéndonos en contacto con una dimensión paralela que nos habla de nuestro cuaderno de bitácora más íntimo y hondo.

En "Crónica del pájaro que da cuerda al mundo" se cuenta el recorrido, largo, sinuoso, de alguien con el corazón enterrado para recuperar su capacidad para amar, en lugar de seguir conformándose con una pareja haciéndose compañía. Bajará hasta el fondo de un pozo seco, en el jardín de una casa abandonada, atravesará sus paredes hasta llegar a la dimensión más íntima (donde se desarrollan los sueños entre otras cosas), cocinará espaguetis, recibirá llamadas de teléfono de una desconocida, su mujer desaparecerá, su gato también, conocerá a dos hermanas con nombres de islas mediterráneas: Malta y Creta, vivirá en carne propia el poder materializador en lo cotidiano de aquello que sucede en un sueño... 
El viaje de 'Sputnik, mi amor' es provocado por la irrupción, en dos de sus personajes, de ese amor que todo lo barre o lo inunda, sin poder hacer nada para evitarlo. 

El narrador ama a su amiga, aunque su amiga ama a otra mujer. Alguien que tampoco puede corresponderla porque no sabe amar. Su lado amante se quedó en una casa y un momento de su vida, desgajándose de ella cuando está subida a una noria y allí se encuentra con su doble, amando. Ese encuentro con su sombra y el miedo ante esa visión de sí misma hará que su pelo se vuelva blanco en unas horas, aunque sólo es una veinteañera.



La chica que la ama sin esperanza acabará desapareciendo en el 'otro lado', durante un viaje a Grecia, en una pequeña isla donde no hay cuevas, ni grietas en el suelo y todo el mundo ve a todo el mundo. Pero ella desaparece, esfumada de este lado. Su amigo parte en su busca y al regresar a Japón, al cabo de unos meses, recibe una llamada de madrugada desde una cabina. La hora elegida y preferida por su amiga desaparecida. Llega a hablar con ella, no sabe dónde está, va a averiguarlo y promete volver a llamar para decírselo. 

Es tanta la fusión de dimensiones paralelas, tanta la realidad de nuestro inconsciente (con cualquier otro nombre que se le pueda dar), tan imperiosa la búsqueda de todo lo que perdemos o rechazamos por el camino, que no importa tanto si esa llamada se produce desde lo cotidiano, o desde otro lado. Lo importante es que se produce. 

Una frase de 'Crónica del pájaro que da cuerda al mundo' habla sobre ello: "La realidad puede no ser verdad y la verdad puede no ser real".
La claridad en su manera de narrar va unida a una poesía, unas atmósferas potentes y una profundidad de sensaciones y sentimientos que marcan, para mí, la manera de Murakami de atraparte en sus historias sin poder evitarlo. Igual que les sucede a sus personajes. 



Que algunos le critiquen por no ser "muy japonés", me resulta incomprensible. Es como si a un músico español le criticaran por no hacer flamenco. Lo malo es que también se aplica a veces para meter en cajitas, más o menos disfrazadas, a todo el mundo. Hay que ser tal y tal por narices.

En cuanto a lo cultural me llama la atención porque el mestizaje es incesante, ancestral, enriquecedor y persistente en todas partes del planeta. Hacemos nuestro lo que sentimos nuestro y lo 'nuestro' puede que, en su origen, pertenezca a Tombuctú, por ejemplo, aunque nosotros hayamos nacido en Tokio o en Madrid.

Volviendo a este maravilloso libro, añado algo que se me ocurrió al leerlo: si abres una puerta en un sueño, para bien o para mal se abrirá en lo cotidiano.

Y prefiero recuperar mis lados perdidos a través de cualquier cosa, menos un amor no correspondido. 
       

martes, 19 de noviembre de 2013

Conmovedora 'vivir es fácil con los ojos cerrados', impresionante 'La vida de Adele' y la insólita 'Stockholm'


Por Tesa Vigal

A nuestra bolita. Ya sabéis, el escarabajo pelotero empujando lentamente la bola que con tanto esfuerzo ha creado. Se me ha ocurrido que las cuatro películas siguientes tienen ese punto en común. Hablan de algo que nos pasa a todos los seres humanos. Construimos nuestro mundo, elegimos por motivos irracionales y tenemos que comernos los resultados. 

Sólo en una de ellas la construcción es positiva y sin dolor: "Vivir es fácil con los ojos cerrados", de David Trueba. Sin embargo es la menos intensa, con un curioso encanto que casi llega a lo delicioso. Pero se queda en aguas poco profundas, quizás porque a cambio permite soñar con su creativo tema original que, como suele suceder, proviene de la anécdota real de un profesor de inglés de provincias en la España franquista de 1966. A sus niños les enseñaba a través de las canciones de los Beatles y como en los discos no venían las letras, algunas palabras se le quedaban en blanco al no entenderlas cantadas. Al enterarse de que Lennon está en Almería rodando una peli de Richard Lester ('cómo gané la guerra') decide ir a verlo para preguntarle sobre las palabras que faltan y así rellenar los cuadernos de sus alumnos. 



No se plantea si lo logrará o no. Lo indudable, lo 'lógico' es ponerse en camino.

Es una persona conmovedoramente íntegra, abierta a la vida con una entrega inevitable que suele surgir en los que tienen que convivir con situaciones oscuras (maltrato a los alumnos en el colegio de la época donde da clases) y, en lugar de identificarse con esos valores negros, permanecen interiormente libres.

Película de carretera, por tanto, con una chica embarazada y un chaval de pelo largo, como los Beatles, escapados de sus respectivas casas, como compañeros de camino. El título de la película es uno de los versos de Lennon de la canción 'strawberry fields forever', campos de fresas para siempre, compuesta precisamente durante su estancia en Almería.

Ahora, desde primavera, puedo ir más veces al cine gracias al cupón de descuento de la cadena de los cines Renoir (para interesados con poco dinero que estén por Madrid) Al comprar una entrada normal viene un cuponcito que hay que leer y no tirar. En un margen de diez días puedes volver al cine cualquier día, a cualquier sesión, por 5,50 €.

Terminado el aviso para navegantes vuelvo a las otras pelis. De mayor calado, rezumando alma, intensos sentimientos para bien o para mal. En mayor o menor grado las tres impresionan.

"La vida de Adèle", de  Abdellatif Kechiche, es una de las películas en las que más apasionadamente se ha logrado transmitir el deseo (ahora mismo recuerdo pocas con igual intensidad, tal vez en la versión de 'El cartero siempre llama dos veces' de Jack Nickolson y Jessica Lange). Además se trata del deseo que acompaña un primer amor adolescente y encima mal visto por algunos compañeros de instituto por ser homosexual. Esto le da una doble peso a una situación, relación de pareja, que algunas personas sólo conocerán de manera tibia en su vida, independientemente del género de su pareja. 
  
Pues lo impresionante de esta historia de amor es cómo transmite el crecimiento imparable de las emociones, con cada gesto y latido. Hasta los platos de pasta que cocinan los padres de Adèle tienen una presencia apabullante. Yo diría que hasta los espaguetis respiran. 
Una de esas historias de amor que, por suerte y por desgracia, marcan para siempre porque la alegría y el dolor que producen han surgido de una conexión en el fondo del mar. Aunque, como en esta historia, sólo una de las personas de la pareja lo haya sentido así y la otra se haya limitado a planos más llevaderos. Pero esa es la grandeza y lo terrible de lo excesivo: se goza mucho más y se sufre mucho más. 

Premio de Cannes el 2012 y unas interpretaciones memorables para la historia del cine.
Las otras dos películas hablan de otras situaciones, destructivas sin paliativos, en las que la persona que las crea es consciente de su error y aún así persiste en su manera de actuar.

"Stockholm", de Rodrigo Sorogoyen, es una película original por su propia estructura en dos partes. En la primera se narra el encuentro de dos jóvenes una noche, aparentemente divertido y encantador (como el chico), paseando por Madrid conversando (recuerda en parte a la trilogía de 'antes del amanecer, atardecer, anochecer', de Linklater), mientras se conocen también en apariencia.
La segunda parte es el día siguiente, cuando los dos se descubren realmente y aparece el tema de la historia. 



Ella sabía desde el principio que no debía creerle pero decide hacerlo. También persiste en su decisión cuando ya todo se ha derrumbado y no en simples cenizas, sino en brutal rechazo. No puedo contar más por no fastidiar a la gente que aún no la ha visto. Es una de las películas en las que más claramente se cuenta una actitud autodestructiva. Seguir con lo que nos daña es más frecuente de lo deseable. Una actitud sostenida por la tentación del vértigo, o por escupir nuestro dolor inútilmente, o por preferir seguir enfangados y tener terror a la libertad. 

Tristeza seca, sobriedad estremecedora. Esa casa del chico tan blanca, tan limpia... Una pequeña película honesta bailando en el alambre.

Y la última de Woody Allen. "Blue Jasmine". Como dice su título es de las películas de Allen tristes, rotas. Aunque no me resultó impresionante, a pesar de la magnífica interpretación de Cate Blanchett. Quizás porque la historia está contada desde fuera y es ella la que pone el dolor de una vida arrasada. Parece que el propio Allen y el resto de personajes no acaban de sentir empatía por los detalles de la vida de esa mujer. Casada con un tiburón financiero y ladrón, que al ser descubierto y llevado a la cárcel se suicida y nadie lo siente. Ella le ha perdido antes como marido, harta de descubrir sus infidelidades sistemáticas, y también pierde su privilegiada situación económica, quedándose en la ruina, teniendo que recurrir a su hermana, su polo opuesto, para tener un techo donde vivir. 



Quizás porque ella se hizo la tonta ante los delitos de su marido, sin querer saber su trapicheos de altos vuelos. Porque es una esnob a quien le preocupan ante todo las apariencias, las marcas, la moda. Porque se avergonzaba de su hermana pobre, cutre, hortera. Por su manera despectiva, paternalista de tratarla en el pasado. No sólo en una visita que le hace a Nueva York, sino por haber dejado en manos del ladrón de su marido su poco dinero y arruinarla a ella y su marido.

Para mí es alguien antipático, insufrible, insensible, que querría tener lejos de mí. Pero su manera de persistir en mentiras que la hagan parecer glamurosa, cuando ya no tiene dónde caerse muerta y acaba de conocer a un hombre que parece quererla, me resulta patéticamente autodestructiva. La causa de su nueva desgracia reconocida por ella misma. En el coche, recién descubiertas sus mentiras, entre lágrimas de rabia: "es por mi culpa". Y sin embargo, seguirá con su dolorosa actitud altiva, ya sin orgullo que sostener. 

Lo importante aquí, más que en otras historias, es extrapolar, si no lo logramos gran parte de la vida se nos escapa sin comprender. Reconocer actitudes negativas más allá del decorado, de la época, del lugar, del estatus.
A no ser que nos quedemos tan sólo con la apariencia de la vida, como la protagonista de esta historia. 
    

sábado, 19 de octubre de 2013

"Preferiría no hacerlo": 'Bartleby el escribiente' de Melville


Por Tesa Vigal 

Paso de que el título sea obvio, porque es el más exacto.
Me parece que Melville es un escritor de la estirpe soñadora por sus personajes, aunque de la especie cronista por su manera de contar, al margen de lo poético (aparentemente, quizás cuenta la poesía de una forma de actuar).
Sucesión de hechos claros con motivaciones desconocidas.

Seres humanos movidos por un sueño. En esto me recuerda a Conrad. Seguir el sueño hasta el final. Puede que sea eso lo que nos hace humanos.

El contraste entre el motor íntimo, al margen de lo conveniente, lo práctico o lo sensato y su narración de tinte periodístico resulta una mezcla inquietante, escurridiza.



El capitán Acab (dcha. foto del mar de Acab tal y como me lo imagino para él)de su novela 'Moby Dick' vive para buscar una ballena blanca y según le acompañaba en su peripecia inclasificable se intensificaba la sensación de que era el propio viaje, y no el encuentro, lo que daba sentido a su vida.

El viaje a Itaca de Kavafis, lo importante es el recorrido y no la meta. 'Bartleby el escribiente' lo leí también en la adolescencia y al releerlo ahora la impresión es la misma, con una diferencia. Uno hace y otro no hace. Uno busca, otro evita. Ambos eligen. La esencia de la libertad.

Pero el escribiente Bartleby parece dar un paso más, porque en su enigmática y turbadora actitud el viaje y la meta coinciden al instante. Cada vez que responde a las peticiones de su jefe con la frase "preferiría no hacerlo" coinciden meta y decisión. Es una negación a seguir un camino ajeno, que comienza y se cumple en el propio momento.



En cuanto a la naturaleza de esa negación no se trata de ninguna reivindicación de condiciones laborales (por muy interesante que sea la vieja actitud pacífica de Ghandi de la resistencia pasiva), sino una expresión íntima de su propio camino, la única forma posible de vivir de verdad su propia vida, asumiendo como natural, e inevitable, que eso es lo único que puede hacer un ser humano en este extraño mundo en el que aparecemos y transitamos. Todo lo demás serían consideraciones prácticas ilusorias en el mejor de los casos, en el peor serían malentendidos que alejarían la posibilidad de la libertad, la base de la satisfacción vital.

Y eso no supone garantía de felicidad, sino sólo de exploración y cuestionamiento perpetuo, que puede acabar bien o mal (como en este relato el final destructivo de Bartleby). Aunque con ello se posibilita la aparición de puertas, mientras que en un recorrido cotidiano convencionalmente impuesto sólo pueden aparecer espejismos.
¿Lo más deseable sería coincidir personalmente con las convenciones de la época?

Sin embargo el jefe y los demás empleados de la oficina donde trabaja el escribiente acaban usando, involuntariamente, el verbo "preferir" tan querido por Bartleby. Como si en el fondo apreciaran su actitud, aunque sin poder ni querer compartirla.

De ahí la reacción de su jefe, al principio desconcertada, luego perpleja, camino a la total turbación. Llegando a plantearse justificaciones para seguir admitiendo en la oficina a ese conmovedor, inquietante empleado. A él también le cala hasta los huesos su serena pero implacable elección y no pudiendo resolverla en su interior, tampoco atina a actuar de manera alguna frente a ella. No puede digerirla y acaba por huir y dejar el desconcierto del escribiente a los siguientes inquilinos de la oficina abandonada. Como lo que se deja en una mudanza, en medio de la casa ya vacía, porque no es basura que se tira pero tampoco se sabe qué hacer con ello y preferimos que sean los siguientes inquilinos los que quizás sepan usarlo. (a la izda. foto de lo insólito hecho playa, la de las catedrales en Lugo. Nombre antiguo el más curioso y apropiado de 'playa de aguas santas').



(A partir de aquí menciono el final del relato, así que los que no lo han leído mejor que se paren en esta línea).
Dentro de la lógica social occidental no es de extrañar que al escribiente acaben por detenerlo por vagabundo. Me imagino que en otro tipo de sociedad más mágica, cualquiera primitiva con su visión chamánica de la vida toda poblada de espíritus y misterio, una persona así tendría su lugar. Un lugar especial, inusual, pero de acuerdo con lo infinito de la vida.

Quizás la negativa del escribiente, en una sociedad occidental, sólo podía acabar en la muerte, la desembocadura natural de alguien que rechaza una forma de vida impuesta.
Yo prefiero pensar, pero sobre todo imaginar, que sí existen otros ríos,  otros mares, bosques, orillas, cuevas, mundos paralelos...

Un día vi una pintada en la calle. Decía: "la vida es infinito pero no infinita".  
    


viernes, 20 de septiembre de 2013

Septiembre con 'on the road' de Walter Salles, 'Mud' de Jeff Nichols y 'el barón rampante' de Italo Calvino


Por Tesa Vigal

En este mes fronterizo los libros y pelis que me han llamado la atención, o me han emocionado, tienen también curiosamente algo fronterizo.
Películas:

'On the road' de Walter Salles. Estuve a punto de no verla porque leí por ahí que no estaba a la altura del libro. No estoy de acuerdo. Sí es cierto que no alcanza la manera desquiciada de contar la historia de la irrepetible novela de Kerouac, pero es que una traslación de eso no se me ocurre qué director podría lograrla. Tampoco hace falta. Ya está el libro. Sin embargo sí que me transmitió el espíritu de la historia contándome otra con la misma trama. Si fuera un calco del libro ¿para qué repetir lo mismo?



El espíritu de la historia es una visión vital alternativa, la de los primeros beatniks de finales de los 40 y principios de los 50, que luego florecerían ampliamente en la revolución hippy de los 60, que sí cambió el mundo. No del todo. No todo lo que se deseaba. Pero tras los hippys la forma de vivir y encarar el amor y el sexo (libres), las orientaciones sexuales (sin etiquetas. Personas por favor), la música y el baile (sin convenciones, sin pasos aprendidos, baile de dentro hacia fuera y no al revés), las búsquedas de otras filosofías, de otras visiones espirituales (orientales, chamánicas de los indios...) se quedaron más o menos rebajadas o edulcoradas en el inconsciente colectivo. No así la exploración con drogas como búsquedas de ampliación de la consciencia (la obsesión por la salud actual, aunque se carezca de vida donde disfrutarla, barrió con eso demonizándolo de manera reduccionista). Supongo que es un tema demasiado complejo y sutil con consecuencias demasiado peligrosas si se usa mal y puede resultar comprensible su prevención. Tampoco se quedó el cuestionamiento de una vida en la que lo importante es lo espiritual y no lo material (donde el dinero es sólo un medio y no un fin. Se trabaja para vivir y no al revés.

Lo importante es la auto realización personal y no las propiedades materiales...). 
Sin embargo en este tiempo de banalización por la tiranía tecnológica supongo que sería más necesario que nunca volver a considerarlo.

Impresionante la escena del concierto de jazz, cuando todos (músicos y público) viven entregados a la pasión del momento, a la corriente paralela, otro mundo, otro nivel, desapareciendo a lo cotidiano y volando, volando en ese otro mundo al que puede llevarte la música si tienes suerte y estás en el momento adecuado. Casi se palpa el sudor, la torpeza de lo espontaneo, su grandeza, el 'arrebato' infantil puro, cuando el tiempo desaparece y un minuto puede durar toda una mañana (como diría el protagonista de la peli de Zulueta del mismo título), cuando se siente lo glorioso de la vida, terrible, misteriosa, plena...

Sus actores protagonistas volcando su aliento en la búsqueda, paso a paso, de la esencia del viaje en el que todos estamos desde que nacemos. La vida es un viaje y aunque lo olvidemos todo es movimiento, no existe la seguridad, y somos nómadas aunque no queramos, aunque nos pasemos toda una vida viviendo en el mismo lugar.

Hay una frase de los indios, creo que sioux, que dice: "la vida es un puente, crúzalo pero no construyas una casa encima".

'Tú y yo' de Bertolucci. Aunque su título en italiano: 'Io e te' ('yo y tú) no sé si es a propósito de la historia, o es que en italiano es correcto decirlo así. Si hay por ahí alguien italiano que me resuelva la duda.



Conmovedor que el viejo Bertolucci sólo lo sea en años. Y su alma siga viva, es decir joven. Que siga cuestionándose lo que todo ser humano debería seguir  cuestionándose, aunque también lo olvidemos. Esa infancia llena de tesoros, de libertad, de ideales. No creo que el crecer implique tirar la infancia por la ventana. Creo, más bien, que crecer significa añadir (como un árbol), no sustituir (creo que esto ya lo he dicho en alguna parte de este blog, si es así, siento repetirme, buscaré nuevas maneras de decirlo). Sumar lo cotidiano, la responsabilidad (al fin y al cabo esa es la consecuencia de toda auténtica libertad), la lógica, lo práctico, a lo que debe permanecer: los sueños, la flexibilidad, la inquietud, la apertura, lo lúdico...

En esta historia un adolescente de catorce años decide pasar una semana escondido en el sótano de su casa en lugar de ir a la excursión de su colegio y aprovechando el dinero que costaba. Quiere hacer algo inusitado porque quiere mover ficha en el tablero de la vida y ver cómo la vida le responde. Me recuerda al protagonista de la maravillosa novela de Auster 'El palacio de la luna'. 

Allí se encontrará con otra persona en un momento fronterizo, su hermanastra de 16. Y esa canción maravillosa de Bowie en una escena (en italiano) y al final la versión original en los títulos de crédito).

'Mud', de Jeff Nichols, me recordó al espíritu libre de ciertos libros de Mark Twain. Historia de río y sus cabañas y barquitos, apenas balsas, flotantes. De un vagabundo al que conocen dos adolescentes, que le ayudan porque la motivación y el pasado y presente de ese curioso y atractivo personaje es el amor. El amor por una chica, aún sabiendo que no podrá acompañarle en su vida azarosa, de fugitivo, de nómada, aunque su corazón le siga siempre. Película sobria, emocionante, melancólica, habitada por gente muy pobre en dinero pero muy rica en espíritu y humanidad.

'Cruce de caminos' (el título que le han puesto aquí a 'the place beyond the pines'), de Derek Cianfrance, el mismo director de la impresionante 'Blue Valentine' de la que ya he hablado en este blog. Para mí esta no llega a su altura, hay momentos que los sentí como desinflados, o deslavazados. Pero sigue respirando la misma necesidad imperiosa de descubrir qué es lo que se agita en la vida, que se esconde por debajo y más allá de ella.



En esta historia no es a partir del deterioro de una relación amorosa como en 'blue...', sino a partir del destino que de pronto aparece o desaparece haciéndonos dudar de su existencia, o nos conmociona por su presencia repentinamente intensa. La sensación de que somos parte de una interminable cadena de seres humanos, con infinitas ramificaciones, que finalmente queda como algo escurridizo, apasionante, con olor a significado aunque no lo logremos concretar, y con todos los integrantes (nosotros) olvidados en poco tiempo. Ni todo es innato ni todo es aprendido por nuestras circunstancias. Sería demasiado sencillo, pero creo que es mucho más complicado. Una mezcla personal e intransferible, de todo ello. Encuentros en el camino. Padres e hijos. El que muere y el que mata. La culpa y la responsabilidad, las consecuencias de la libertad. Se quiera o no aceptarlas. El acercamiento de los hijos sin saber que sus padres respectivos también fueron reunidos por la casualidad. Y su atmósfera de historia escrita antes de escribirla, de sentidos misteriosos,  de melancolía ante todo lo cotidiano que se nos escapa. 
Libros:

'La casa redonda', de Louise Erdrich, descendiente actual de indios y alemanes. Historia a finales de los ochenta en una reserva india. Chavales de 13 años que van por ahí con su bici y les apasiona 'la guerra de las galaxias'. El despojo del alma india en una reserva y su renacimiento constante por cualquier resquicio. Aunque sea, como en este caso, a partir de la violación de una de las madres de los chavales. Atmósfera contradictoria, poética. De un relieve fantasmal lo cotidiano, de una sutileza concreta las emociones. Los hechos complejos, tan laberínticos como la propia alma. 

'El barón rampante', de Italo Calvino, con su apasionada rebeldía. Sobre la libertad siguiendo hasta el final nuestro propio camino. En este caso el chaval de 12 años que se rebela ante su familia (en la Italia del siglo XVIII) y se sube a un árbol y allí, en las copas y ramas de los bosques, permanece viviendo hasta su muerte. Delicioso libro, insólito, aventurero, divertido, apasionado, repleto de flecos que seguir. Vivir en los árboles no implica separarse de la tierra, sino al revés, estar en contacto íntimo con ella. Leyendo, cazando, amando, explorando, escribiendo, apagando fuegos, luchando con piratas, redactando libelos revolucionarios o haciéndose amigo de las ardillas. 



Al acabar de leerlo tuve la fuerte impresión de que la mayor parte de nuestra vida no nos la tomamos en serio. La dejamos escapar con cientos de pretextos. El protagonista de esta historia no. Y para ello no hace falta subirse a los árboles, (a no ser que en el fondo te guste hacerlo). Supongo que sería suficiente con vivir lo importante y diferenciarlo de todo lo demás. Nada menos.      

sábado, 15 de junio de 2013

Testimonio de mi rincón ('Smoke', librería Alberti, 'Stoker', Delphine de Vegan)


Por Tesa Vigal

A la manera del estanquero de Brooklyn, interpretado por Harvey Keatel, en la película con guión de Paul Auster 'Smoke'. Cada mañana al abrir su tienda sale a la puerta y saca una foto de lo que se ve desde su esquina (foto abajo). Varían las estaciones, el clima, el tráfico, algunos hechos y algunas personas, mientras que otras se repiten en su mismo trayecto cotidiano hasta que un día desaparecen, o faltan y vuelven a aparecer. Tiene ya muchos cuadernos llenos y un día se los enseña a un amigo, que le pregunta por qué lo hace y el estanquero tras pensarlo un momento responde: "supongo que doy testimonio de mi rincón".


Esto sucede instantes antes de reconocer a su mujer en una de las fotos, días antes de morir. En esa esquina, en todas las esquinas, ha pasado de todo aunque no todo el mundo lo ha mirado, pero pueden rastrearse vecinos y desconocidos, finales y principios, revelaciones, pruebas, laberintos, sugerencias, gestos y sombras. Y debajo de cada una de ellas capas y niveles, quizás hasta el infinito, sólo para los ojos que lo miren y vean.

Y, sin embargo, me pregunto si para dar testimonio completo del rincón de cada uno hay que incluir nuestro interior. El interior del testigo. Porque me pregunto a quién narices le importa a qué hora me levanto y por qué. Aunque sí que creo en la ficción (naturalmente no como sinónimo de mentira, uso pedestre que algunos aplican a esa palabra). En contar las cosas invocando mundos vivos, cambiando o imaginando para rescatar, poner de relieve la esencia de una historia, despojándola de datos que la oscurecen y eligiendo otros que la revelan. Eso es lo creativo. Como decía Orson Welles: "el arte es una mentira que sirve para contar la verdad". 

Ahora y aquí, en este blog que leen cuatro gatos a los que no conozco, me limitaré a constatar la mezcla que me ha conmovido últimamente. A lo que he mirado, o lo que me ha salido al paso. Dejo lo creativo-ficción para la novela que se me ha ocurrido y que me persigue como un olor a tierra mojada, a partir de unas viejas fichas sobre una novela que nunca llegué a escribir hace años.

Un butrón en la ¡librería! Rafael Alberti. Los ladrones ¿actuaron por ser descerebrados absolutos o por pura maldad? No se llevaron libros, sino el dinero de la caja (¿¡!?) (fotos abajo)


Imposible ayudar a una amiga (y no se trata de dinero) porque sería peor el remedio que la enfermedad. Pero mi decisión es mía, sólo yo sé mis razones, y hay que aceptar el rechazo, los juicios de los otros, los malentendidos. Parte del trazado de la historia sentimental de la humanidad.
La magnífica capacidad embaucadora y de vender la moto a través de internet y televisión de un falso monje shaolín, propicia que muchos le sigan como su gurú y el triunfo de su negocio-gimnasio, hasta que se descubre que es un psicópata que a matado posiblemente a nueve personas y a una seguro. Si no fuera por el cadáver a nadie se le ocurrió comprobar su identidad ni sus credenciales. Es alucinante como necesitamos creer en lo que sea y en quien sea. Sin darnos cuenta de que así nunca conocemos a las personas que, supuestamente, amamos o admiramos. Y el miedo a la libertad que supone la base de conocernos a nosotros mismos (uhhh qué miedo) y luego aceptar las consecuencias de nuestras decisiones y nuestros valores. Preferimos que alguien nos dicte en qué tenemos que creer y qué debemos hacer.

En Irlanda deciden abolir el senado por innecesario y cómo una forma de ahorrar. Aquí y en otros muchos países la burocracia devora.
Saltan por cualquier parte los fanáticos violentos (casos últimos en Estados Unidos, Londres, París, sin contar las guerras actuales en la Tierra, en las que todos luchan porque son los buenos, faltaría más. Consultar noticias de los últimos meses). Eso es lo que tiene el fanatismo, en nombre de cualquier bandera (Dios, Alá, el vecino, la patria, o cualquier colectivo despersonalizado y convertido en objeto-enemigo a abatir) se machaca, se mata, se muere, el caso es imponer violentamente su verdad.

A un primo mío no le pagan desde diciembre, pero no sigo por ahí porque, como diría Leonard Cohen en una canción: "todo el mundo lo sabe" (crisis económica y demás).

Me topé con mi torpeza acostumbrada para la diplomacia y para hablar con desconocidos y mucho más si se trata, como en este caso, de una editora que me presentó una amiga. Como suele suceder la noche de esa tarde fue de insomnio.

Otras noches de insomnio fueron por los problemas de mi hijo, por mis problemas afectivos de soledad en compañía,  por no saber qué hacer con mi vida ni qué narices pinto aquí.


Recomiendo un libro de una francesa de la editorial anagrama. Me fascinó su ausencia de censura para hablar de temas familiares. Delphine de Vegan: 'Nada se opone a la noche'. Por mi parte cuando necesito hablar de alguien cercano me asalta la duda del derecho de hacerlo. Y sin embargo, también es mi rincón. Y está además el dicho de los indios sioux, que suscribo: "antes de juzgar a alguien tienes que caminar varios días dentro de sus mocasines".

También recomiendo la película 'Stoker', profunda, poética, turbadora historia que narra de cómo se puede llegar a elegir la maldad, la violencia, como la defensa que a corto plazo otorga un espejismo de poder. Otra historia sería contar cómo acaba por revelarse una falsa defensa destructiva, sin poder real. El miedo nunca lleva ni produce otra cosa que miedo (foto abajo).


A cambio hay camareros encantadores, como los del bar de la esquina de mi calle. Me quedo con ellos, con la sonrisa deslumbrante que se cruzó conmigo el otro día, con la maravillosa música que he estado escuchando mientras escribía esto: Leonard Cohen ('I'm your man'). Y The xx (disco del mismo título, creo).
Pues eso.