jueves, 27 de octubre de 2011

Apuntes sobre Rimbaud y el arte


Por Tesa Vigal

“Todo auténtico poema está escrito en quinta dimensión” (Robert Graves)


“El arte es el presentimiento del infinito” (Hoffman)


A modo de invocación para empezar este blog, y con el mejor de mis besos, un artículo sobre Rimbaud, uno de mis poetas favoritos. 


Pero mucho me temo que las dos citas que abren este texto, suenen a chino a la gente que confunde arte con periodismo. Escandalicen a los que confunden arte con costumbrismo, aferrándose a lo aparente y superficial de la vida. Y hagan enarcar una ceja a los estilistas que confunden arte con forma y pura técnica.


Un libro puede estar correctamente escrito y no ser arte. Y puede tener un estilo insólito, alambicado o “provocador” y ser pura mierda. La clave está en si debajo de eso hay vida o está el vacío.


También suele confundirse lo simple con lo sencillo, para defender un tipo de libros planos cuyo estilo se defiende por lo fácil y accesible de leer. Se olvida en este caso que un estilo puede ser sencillo (ahora mismo se me ocurre el caso de Carver) pero si es arte siempre será profundo, con atmósfera y relieve.




Y no se trata de elitismo. Como decía Henry Miller en su fascinante y pequeño libro sobre la poesía, basándose en la figura de Rimbaud (“El tiempo de los asesinos”), la poesía, el arte, no tiene que ver con erudición sino con sensibilidad. Y en efecto hay libros magníficos y memorables que sin embargo han tenido una enorme difusión y ventas (que yo recuerde, por ejemplo, Fitzgerald, García Márquez, Auster, Murakami, Antonio Machado, Allan Poe…). En fin, también me viene ahora la distinción fundamental que hacía Truman Capote entre la gente que escribe: escritores o artistas.


Puede que en estos tiempos la sensibilidad esté embotada y ese proceso empezó precisamente en el siglo XIX, el de Rimbaud. Él sufrió por ello y por ello dejó de escribir a los 20 años. Si la poesía no servía para cambiar la vida, para estremecer y arañar el alma y la piel no merecía la pena escribir. El alma, no sólo la mente, no sólo el corazón. El sustrato más profundo y esencial del ser humano, como quiera que se le llame.


Porque es desde ese sustrato desde donde surge el arte, desde donde se escribe. De ahí la importancia esencial del lenguaje empleado. No como una diarrea mental de florituras o retóricas sino como el uso exacto de símbolos, la base de las creaciones artísticas de todo ser humano por las noches: sus sueños. De ahí su rotunda intensidad. Eso es lo que crea la atmósfera al invocar mundos completos, vivos.


El hecho es que la poesía no volvió a ser igual después de Rimbaud. Hasta el punto de que acabó empapando la vida. Como un hilo conductor, invisible al principio, que desembocó en todos los movimientos culturales y sociales del siglo XX que exploraban nuevas formas de vivir (surrealistas, dadaístas, jóvenes beatniks, rockeros, hipys…). El sueño de Rimbaud se cumplió y, lo que es mejor, todavía está en ello. Su influencia en músicos de especial calado sigue siendo evidente. Algunos tan importantes como Bob Dylan o Patty Smith. Esta última no sólo lo reconoce a la hora de componer sino que ha recitado los poemas de Rimbaud de vez en cuando (hace poco en Madrid en La Casa Encendida). 


Y como en los sueños la meta y el camino del arte es la exploración de la esencia de la vida. Más allá del espacio y el tiempo, allí de donde surge lo lúdico y la entrega, el inconsciente, la imaginación, el misterio, el asombro, lo trascendente, la sed…  Esa sed de trascendencia que ni siquiera se conforma con algunas de sus manifestaciones. En palabras de Rimbaud: “Ni leyendas ni mitos apagan mi sed”.


Una temporada en el infierno


Por eso cuando esa exploración es auténtica, imperativa y necesaria, la obra de un artista está unida de manera íntima con su propia vida personal. Y el caso de Rimbaud (Charleville, Francia 1854-1891) es uno de esos ejemplos. Para conocer sus datos y hechos hay montones de libros. Resumiendo se podría decir que era un chico muy rebelde que empezó a escribir a los 16 años, vagabundeó por Europa, participó en la comuna de París, tuvo una famosa y loca relación amorosa con el poeta Verlaine, dejó de escribir a los 20 años, se fue a vivir a África donde se dedicó a todo tipo de actividades políticamente incorrectas y desesperadas, entre otras el tráfico de armas, y volvió a Europa muy enfermo para morir a los pocos meses, con 37 años.


Para conocer su periplo vital interior, recomiendo el fascinante libro ya citado de Henry Miller: “El tiempo de los asesinos”, del que ya se habló en esta revista en el número 6. En él se habla de la visión de Rimbaud de la poesía, algo trascendente, oracular, visionario… En lo que coincide con otros poetas como Hördelin y Blake entre otros. Y cómo eso marcó toda su vida, o la sostuvo. De manera clara y directa hasta que dejó de escribir. De manera oculta y desesperada, indirecta y contradictoria cuando dejó de hacerlo. Si la poesía no existía realmente, es que todo era mentira y lo sublime era una maldición torturadora. Y si eso es así nada importaba. Por ejemplo que un sensible poeta se dedique al tráfico de armas. Devolver al mundo la bofetada de una desoladora decepción. En ese sentido veo el principio de su libro de prosa poética Una temporada en el infierno: “En otros tiempos, si mal no recuerdo, mi vida era un festín en el que se abrían todos los corazones y en el que se derramaban todos los vinos.


Una noche senté a la belleza sobre mis rodillas –Y la encontré amarga- Y la injurié.


Me fugué. ¡Oh brujas, oh miseria, oh odio!. Fue a vosotros que confié mi tesoro.”


Y Henry Miller también da su particular e interesante visión de los últimos momentos de su vida. El que busca lo trascendente no puede conformarse con el dios de cualquier religión. Es más, lo encontrará anti espiritual por su dogmatismo y moralinas, sus amenazas y crueldad. Una pequeña jaula de imposiciones donde encerrar a la conciencia de un ser humano, pisoteando su libertad. Y sin embargo lo que se cuenta es lo que contó su católica hermana, tras mandarle a un cura a su habitación poco antes de morir. Dada la rebeldía e irreverencia de su hermano se temía lo peor, por eso le asombró que su hermano hablara con el cura. Y dada la visión estrecha que ella tenía de lo religioso interpretó ese hecho y el comentario perplejo y asombrado del cura, en el sentido de que su hermano se habría convertido o algo parecido.  Y así lo reflejan sus biografías, que en ese tema tienen una visión tan pequeña y superficial como su hermana. Pero el comentario del cura, afirmando al salir que nunca había conocido a nadie tan religioso, tiene una lectura más profunda, si se trataba de alguien sensible. Y esa es la interpretación que expone Henry Miller en su librito. Se trataría de que Rimbaud se habría reconciliado con su parte luminosa y poética. Esa que quiso repudiar al dejar de escribir y que le hacía exigir en sus poemas lo imposible, la “navidad” sobre la tierra.


Lo excesivo provoca. Lo excesivo está presente en las almas demasiado sensibles, sedientas y exploradoras. Sienten más, tanto el dolor como el gozo, la insatisfacción como los sueños y eso incomoda bastante porque no se entiende desde el lado medio y usual de la vida. Quizás por eso existen algunos que, oyendo campanas sin comprenderlas, quieren “provocar” con su obra intencionadamente. El resultado suele ser patético y artificial pero vende bien entre los esnobistas, los sociólogos que van de “modernos” y los mercaderes del arte a quienes no les interesa el arte. Pero cualquier artista auténtico descubre rápidamente el engaño. En palabras de Almodóvar: “No soporto a los artistas que van de provocadores. El auténtico provocador lo es involuntariamente”.


En fin, Rimbaud es excesivo y sufrió la consecuencia que suele acarrear: la inadaptación y la soledad rodeado de gente. Y tampoco hay que confundirlo con una vida social necesariamente incorrecta y dada a los excesos. Eso puede ocurrir, pero lo excesivo también puede plasmarse en una vida de ermitaño, o en una obsesión y pasión hacia cualquier faceta vital, aunque aparentemente parezca una persona con una vida social anodina. Su manera de sentir le delatará (como ejemplo el oficinista gris que fue Kafka viene muy bien al pelo).




Hay una película de 1995, dirigida por la directora polaca de “Europa, Europa” y “Copyng Beethoven”, Agnieszka Holland: “Total eclipse”, que aquí en España se tituló “Vidas al límite” y protagonizada por un magnífico y jovencísimo Leonardo di Caprio antes de ser famoso. Una película de indudable interés aunque no llegue a ser redonda, con algunas poderosas imágenes desesperadas y una atmósfera de inquietante intensidad que plasma la relación atormentada entre Rimbaud y Verlaine. 


En cuanto a su manera de escribir es potente y visionaria, rezumando absoluto y un hechizo ebrio, dionisíaco, que remite portentosamente al origen y al final, a la fuente de todas las preguntas más íntimas, esas que nacen perturbadoras cuando el silencio toca fondo y empieza a oírse todo lo demás que se agita por debajo. Y entonces se necesita un sentido que estalle y lo bañe todo con su luz, sea la que sea, y que el espíritu se estremezca hasta en el detalle más cotidiano. Y uno no puede conformarse.


En fin, la lectura de Rimbaud no es recomendable para almas tibias o resignadas, o dichosamente “normales”. Se quedarán fuera de lo que leen. Y aquellos que confundan la poesía con lo “bonito” (ignorando que son cosas opuestas, una es superficial, la otra honda), se darán un buen susto. Y a los que se quedan con la superficie de la vida les escandalizará ese poderoso ramalazo espiritual, ajeno por igual a religiones y lo materialista.  


Ahí van algunas frases de la prosa poética de su “Una temporada en el infierno”, de la que recomiendo la traducción en español de la editorial Hiparión y la edición bilingüe en Ediciones 29 de los años 70: “¡La sangre pagana vuelve!. El Espíritu está próximo (…) Espero a Dios con glotonería (…) Entretanto, soy un maldito, siento horror de la patria. Lo mejor es soñar muy borracho, sobre la arena (…) Sí, tengo los ojos cerrados a vuestra luz. Soy una bestia, un negro (…) Apreciemos sin vértigo la extensión de mi pureza (…) ¿Conozco a la naturaleza todavía? ¿Me conozco a mí mismo?. Basta de palabras (…) ¡Gritos, tambor, danza, danza, danza, danza! (…) Voy a descorrer el velo de todos los misterios (…) Soy maestro en fantasmagorías (…) Tengo sed, tanta sed (…) Vamos hacia el Espíritu. Es muy cierto, es un oráculo lo que yo digo. Comprendo, y no sabiendo expresarme sin palabras paganas, quisiera enmudecer”


Para los más inquietos y los que no se conformen con convenciones les propongo una exploración. Dejando de lado el sentido religioso que tiene en nuestra sociedad occidental lo pagano ¿qué sentido tiene en Rimbaud? No vale la respuesta fácil. :-)





             


1 comentario:

msghq dijo...

No conocía a este poeta, tampoco me debe dar vergüenza ignorar tantas cosas, quiero pensar sin dejar de tener hambre y sed.
Este texto tuyo repleto de retazos de poesía además de la de los autores que citas, me hace pensar en que Arthur Rimbaud fue el noble sacrificio de una joven vida, para mostrar la crudeza del mundo y lo necesitados que estamos de la belleza que nos rodea, y que no podríamos abarcar ni con los sueños de 1000 años (hablando siempre desde la casi absurda opinión sacada de los extractos que has tomado de lo que supongo que será su obra). Puede que solo vea lo que quiero ver, pero para eso miro cosas y escucho música.

Cuando lea algo más sobre el niño que me parece tan similar en esencia a William Blake, comentaré más cosas.