jueves, 19 de febrero de 2015

'Una canción del pasado', un blues hecho película


Por Tesa Vigal

Esta película independiente de Shainne Gabel (título original 'A love song for Bobby Long') me pareció todo un blues y no por la maravillosa música de New Orleans donde está ambientada, sino porque esa es su atmósfera. Honda, sencilla, subterránea por momentos, inadaptada, arrastrándose como un saxo por esquinas cotidianas, corazones sin salida, soledad. No en vano el libro tan querido por dos de sus personajes es el turbador, triste, fascinante 'El corazón es un cazador solitario' de la gran Carson Mc Cullers (hablé hace poco de su relato 'La balada del café triste' en http://www.librosconaliento.blogspot.com ). Un libro sobre perdedores, inadaptados varios, que va soltando su melancolía sobre cualquier reunión de amigos al atardecer. Un escritor culpable, un antiguo profesor atormentado, una chica en busca de la casa de su madre muerta, cantante de blues, donde viven sus amigos refugiados en ella en nombre de la soledad en compañía.



Y es de esas películas que son pequeñas, sin pretensiones, sin largos alcances, de las que dices que no es nada del otro mundo, pero tienes que reconocer que su atmósfera se te ha metido dentro. La auténtica interpretación de una Scarlett Johansson de 18 años no me sorprendió demasiado, pero sí la enorme humanidad que aporta a su personaje John Travolta y el resto de personajes secundarios que se miran a los ojos sin esperar nada, siendo ellos mismos sin acabar de estar. Quizás eso convierte a alguien en inadaptado en tiempos en los que predomina el estar y el tener.

Uno de ellos menciona que los libros son mejores que la vida. Me quedé con esa frase porque no dice que sean más bonitos, sino mejores. A mí me sugirió esa esencia de la ficción que se centra en explorar los hilos de una vida, para encontrar su sentido. Algo que tratamos de hacer con la nuestra, en esas etapas en las que se impone el cuestionarlo todo y nos perdemos en los momentos muertos, en los que vivimos sin vivir. La ficción los deshecha para centrarse en el hilo de la trama de la vida que sí tiene sentido, que sí es vivida, que sí que apunta al alma aunque sigamos entre interrogantes. 



Otra frase es "el camino más directo al cielo pasa por el infierno". Me recuerda a un verso del enorme músico Lou Reed, en una de sus canciones: "Hay que atravesar el fuego para llegar a la luz". Y quizás hay que hacerlo sin intenciones, sin prisa, aquí y ahora. Como diría Bob Dylan: "Quien no está ocupado naciendo está ocupado muriendo".

De esta película no esperéis gran cosa, pero la recomiendo. 

  



miércoles, 21 de enero de 2015

'Birdman' sobrevolando el reino de la luna naciente


Por Tesa Vigal

'Birdman', la última película de Alejandro G. Iñarritu, me gustó de diferente manera que sus anteriores pelis. No me dejó hundida, como 'Amores perros'. No me impactó como '21 gramos', ni me impresionó como 'Babel'. Me caló con el curioso efecto de una situación con capas escondidas, a la que no sabes clasificar. Estuve de acuerdo con una conocida cuando la llamó película rara. Sólo que ella parecía usar ese adjetivo de manera preventiva, como algo no deseable. Sin embargo algo 'raro' a mí me suele sugerir algo en principio interesante y que despierta mi curiosidad. Luego, ya veremos. Para salir de dudas le pregunté en qué sentido le parecía rara. Y su propia expresión ya fue una respuesta. Me miró como si acabara de escuchar una pregunta también extraña, o incluso impertinente, y accedió a responderme diciendo que 'Birdman' era rara por su manera de contarla. 



Estoy de acuerdo en ese punto. Yo lo llamo originalidad. La historia se cuenta de manera envolvente, siguiendo a los personajes a través de los pasillos del teatro, o la calle, o donde sea, sin soltarle. Los técnicos creo que lo llaman plano secuencia. A mí ese término me da igual y no creo que diga nada a los que quieran saber sobre la peli y no sobre su técnica. Dejando eso aparte me encantó esa forma de contarla porque es una historia que envuelve, precisamente, hacia fuera por el montaje de una obra del escritor Carver, con la que el protagonista trata de poner dignidad en su vida y en su carrera, de vieja estrella de cine que se hizo famosa al interpretar a un super héroe en los noventa. El Birdman que da título a la película. También es envolvente hacia dentro, hacia el interior de los actores que interpretan a esa obra de Carver, con toda la fragilidad, emociones contradictorias, deseos infantiles de ser queridos...

O la honestidad conmovedora de Edward Norton (siempre tan buen actor) y su entrega problemática a la verdad del escenario, cuando bebe ginebra en lugar de agua, ya en los ensayos porque así lo cuenta esa escena, o cuando se empalma en una escena de cama y, ante la revuelta incomodidad de la actriz que le acompaña (Naomi Watts) quiere follar con ella.

El hombre pájaro del que quiere huir el actor que lo encarnó en el pasado, también contiene algo de su seguridad perdida, contiene el secreto de su capacidad de volar, que es lo que finalmente le rescatará (para unos malamente, para la hija del viejo actor, será un rescate liberador). Como no quiero destripar historias así queda este comentario. Quien quiera entenderlo que vea esta película, con magníficos actores, sobre lo vulnerable de los seres humanos y las diversas neuras con las que tratamos de escapar de nuestras carencias, de nuestra necesidad de cariño que siempre acaba por hacernos huérfanos, aún rodeados de la acción frenética de los dos días anteriores al estreno de una obra de teatro.
Michel Keaton y su voz interior el hombre pájaro

Y viendo a Edward Norton, recordé otra película original en la que intervino y que habla también de la fragilidad humana y la inocencia liberadora de nuestros sueños, siempre con raíces infantiles: 'Moonrise Kingdown' del personalísimo Wes Anderson.

En esa historia, que vi hace poco en la filmoteca, ella y él (sus principales protagonistas, aunque es una deliciosa película coral) tienen 12 años y juntos se escaparán (ella de su casa, él del campamento de boy scouts) porque sienten que no tienen lugar en el mundo y porque sienten que vivir es habitar el reino de la luna creciente, o es nada. Creo que ya mencioné de pasada esta inclasificable película en otra entrada, pero me apetece hablar más de ella.



Los dos chavalines son huérfanos, aunque la niña tiene padres y hermanos y en teoría 'no le falta de nada', esa frase tan tonta que suele esconder montones de agujeros y algún que otro abismo. Por eso no siente su familia a su familia. Los dos conservan la integridad de la infancia, en una actitud pura que contempla a los adultos que les rodean como seres tristes, o vencidos, por haber perdido su vida por el camino. Mientras que esos mismos adultos (conmovedores, o inquietantes Frances MacDorman la madre, su marido Bill Murray, su amante el jefe de policía Bruce Willis y el jefe del grupo de boy scouts Edward Norton) contemplan a los dos niños como seres incómodos a los que hay que buscar y proteger, no tanto como a niños, sino por sus acciones ingenuas, o irresponsables. 


La madre y su amante el poli viven una desganada y triste aventura. El padre parece siempre ausente de cualquier rasgo vital. El jefe de grupo de scouts siempre caminando como un zombi entre los niños, con su eterno cigarrillo melancólico grabando cada noche, en un magnetófono, el informe diario del campamento.

Lo mejor y único de esta película es su aire de rebelde pureza, de corazón en la mano que impregna su forma de contarla, como un cristal mágico que rescata la esencia de la vida: una aventura enigmática. olvidada, negada, o asumida. Una sencilla historia que vuela, o se arrastra con una transparencia de un encanto indefinible. 



La vida de los adultos queda desnuda, revelando sus lógicas insensatas con apariencia cotidiana, a ras del suelo. Pero cualquier cosa que diga desvirtúa el efecto hechizante de esta película. Donde su forma de contarla tan libre, tan lúdica, tan honesta, sin pretensiones, infantil y soñadora tiene el mismo efecto inmediato y emocionante que una música que nos atrapa. Por cierto, la canción que escuchan los dos chavales en la playa, en un tocadiscos a pilas (la historia está ambientada en los primeros sesenta) es una deliciosa de FranÇoise Hardy, cuyo estribillo dice: "es el tiempo del amor, de los colegas y de la aventura".

domingo, 21 de diciembre de 2014

Días extraños


Por Tesa Vigal

La actualidad no es garantía de nada. Es lógico que los libros y películas memorables sean escasos, por eso es inevitable que la mayoría de los surgidos en un mes, incluso en un año, sean olvidables y con suerte, algunos interesantes. Por eso siempre me ha dado igual el lugar y el tiempo en que aparecen (de ahí los blogs complementarios de libros con aliento y película secreta, cuyos enlaces aparecen al lado de estas líneas). Incluso con el clima pasa algo parecido. Hoy es el primer día de invierno, pero aún se están cayendo las hojas de los árboles (¡?). ¿Notáis el cambio climático en todas partes? Desde hace unos cinco años, en Madrid, el otoño se retrasa, la primavera se adelanta y hoy, diciembre parece octubre. Quiero que los árboles sigan vivos, que se les caigan las hojas en otoño, que siga habiendo cuatro estaciones. 


Bueno, aparte de mi preocupación por los árboles, están las jam session gratuitas, los miércoles y domingos, en El Plaza jazz club. Sitio pequeño y acogedor, justo enfrente de los cines Renoir en la calle Martín de los Heros. 

Precisamente en los cines Renoir he visto, la semana pasada, una insólita, interesante película del argentino Lisandro Alonso. Se titula 'Jauja' y no logro entenderlo porque Jauja es un lugar mítico de abundancia y paraíso (incluso se cuenta al principio de la peli en un cartel explicativo, lo que resulta un tanto obvio) y, sin embargo, la película nos mete en un lugar árido, cerrado, aunque se trata de enormes paisajes en los que perderse. Quizás sea esa la razón. Mostrar la imposibilidad de jauja, pero entonces se tendría que partir de un lugar en apariencia maravilloso que acabara revelando su lado oscuro ¿no? No tengo ni idea.



Ese giro a contrapelo también está presente en el final de la película, cuando el paso del tiempo parece invertido. La chica tira al agua el muñequito de madera en la época actual (en un par de escenas únicas, porque toda la historia transcurre en el siglo XIX), pero el muñequito reaparece de nuevo en el siglo anterior. Curiosa voltereta en esa peli que por momentos me atrapó, sin llegar a conmoverme, con toques poéticos y recorrido interior de su protagonista Viggo Mortensen (tan buen actor como siempre). Me gustaron algunas imágenes, me atraía lo onírico de ciertas escenas, cuando el viajero perdido en el desierto rocoso (quizás el tipo de desierto más árido) se encuentra con una mujer solitaria viviendo en una cueva, con su perro y su manantial. ¿Sus sentimientos, su parte femenina olvidada? Pero la historia es demasiado fría, premeditada, al menos esa fue mi impresión. Lo mejor de ella es que es una película extraña.

Y he leído el libro de Vicente Valero titulado, precisamente, 'Los extraños'. Sobre esos familiares, o antepasados, de los que apenas se sabe, ni se cuenta nada, pero dejaron su huella diferente por su actitud, su periplo vital, o sus circunstancias. Un abuelo que murió a los 28 años. Un tío abuelo que se fue de su pueblecito natal para convertirse en artista de variedades. Un militar republicano, filósofo y practicante de yoga. Libro muy interesante y recomendable. 


Tanto el clima, como las pelis y el libro que he leído este mes me han producido sensaciones encontradas. Lo que no acaba de ser. Lo que sugiere, pero no demasiado. Lo que apunta sin firmeza. Tanteos vitales. A lo mejor también yo he vivido así este mes y por eso me molesta. Además en mis blogs me gusta hablar sólo de lo que amo, de lo que me ha gustado mucho. Quizás por eso nunca he entendido el oficio de crítico (quitándome el sombrero, porque yo sería incapaz de tragarme todo lo actual, sin que mediara mi gusto personal, para luego hablar de ello), incluso a veces me conmueve su afán imposible por la objetividad. 

En fin, toda mi subjetividad y yo hemos sentido en este mes que no somos nadie.  

jueves, 20 de noviembre de 2014

Diccionario Jázaro y relatos salvajes


Por Tesa Vigal

'Diccionario Jázaro' no es un diccionario, sino una extraña novela de historias dentro de historias, al modo de las 1001 noches, sobre un pueblo que existió en el Cáucaso a principios de la edad media.

Su autor, el serbio Milorad Pavic (el tipo de la pipa en la foto) la escribió a principios de los 80 y al final de ella hace una propuesta conmovedora y mágica a la persona que acaba de leerla: el primer miércoles de mes, al mediodía, sentarse con el libro frente a una pastelería en la plaza mayor de su ciudad. Teniendo en cuenta que yo leí el ejemplar femenino (según el autor la única diferencia con el ejemplar masculino es una breve frase en cursiva, en la última carta de la novela), no sé quién esperará allí a la lectora, o lector. En mi ejemplar dice que será un joven con su correspondiente libro y juntos comentaremos su lectura, tomando un café, y a partir de ese momento "el libro formará para ellos una unidad coherente como una partida de dominó, y ya no lo van a necesitar". Por supuesto me encanta la propuesta, como un paso más en la vida en la que se integra todo libro que está vivo, y acudiré a esa cita el próximo miércoles 3 de diciembre. Si realmente allí me espera un lector del libro lo comentaré en la próxima entrada del blog.

La novela transcurre en el siglo VIII, durante la llamada polémica jázara, en el siglo XVII y en 1982.
Se compone de tres libros: el libro rojo (cristiano), el verde (islámico), el amarillo (judío) , observaciones preliminares y dos apéndices finales. En los tres libros aparecen personajes relacionados con ese pueblo de aire legendario, algunos se repiten con nuevos datos o historias en alguno o los dos libros restantes. "El objetivo de los cazadores de sueños es comprender que todo despertar no es más que un escalón en una serie de liberaciones del sueño. Quien entienda que su día no es más que la noche de otro y que sus dos ojos son como un ojo de los otros, buscará el verdadero día, aquel que posibilita el auténtico despertar de la propia realidad".

Y en todos ellos fluye, como sangre misteriosa, la necesidad de comprender el papel de los sueños, la reivindicación en cada libro de la conversión de los jázaros a su respectiva religión y lengua y la identidad, escurridiza y ambigua, de ese pueblo de costumbres y características tan insólitas como las siguientes: en su región, de límites brumosos, convivían con cristianos griegos, rusos, árabes y judíos y todos ellos eran elegidos para puestos públicos con preferencia a los propios jázaros. Tenían una enigmática secta de cazadores de sueños, que lograban en ellos ver la vida real de gente despierta, encontrar objetos y usarlos, soñarse mutuamente... y cualquier propósito importante que recorriera su vida sin encontrar solución en la vigilia. Sobre ellos esta frase del libro:

Atraviesa la región un río que tiene dos nombres porque en el hay dos corrientes, una de oriente a occidente y la otra a la inversa. Los jázaros descifran los colores como si fuesen partituras musicales. Imaginan el futuro en el espacio, nunca en el tiempo. Un personaje de un sueño puede trasladarse a otro. Sus ciudadanos se dividen entre los que han nacido bajo el viento y los demás, nacidos sobre el viento. Hay un lugar en Itil, la capital, donde dos hombres pueden intercambiar su nombre y su destino al encontrarse. Y, en general, como están favorecidos los residentes extranjeros, los jázaros suelen ocultar su condición, nacimiento e incluso lengua. Existen surcos arados por el ladrido de los perros y golondrinas que vuelan panza arriba.

Sobre ellos existieron textos más o menos malditos, unos porque fueron quemados, ocultados o perdidos y sólo han llegado hasta nuestros días referencias de textos traducidos, o de textos sobre textos. La sensación leyendo este libro fue de un enigma vital que se escapaba sin remedio, o a veces de algo importante disfrazado de leyenda.


Algunos de sus personajes: la princesa jázara Ateh, un judío de bigote bicolor, una amante con dos pulgares, una profesora eslava de la universidad de Jerusalem en 1082, un músico de laúd inventor o reproductor de la "digitación de satanás, un pintor de iconos medieval... y algunas de sus frases:
"El que duerme sueña siempre la realidad del que está despierto"
"Porque en la verdad sólo se puede encontrar lo que se le haya ofrecido". "Toda herida es un nuevo corazón que late por sí mismo". "Uno de los caminos seguros que conducen al verdadero futuro, pues existe también un futuro falso, es ir en la dirección en que crece tu miedo".  

Y recomiendo una película auténtica, honrada y turbadora: 'Relatos salvajes' de Damián Szifron. Aparte de sus magníficos intérpretes (Leonardo Sbaraglia, Ricardo Darín  entre otros) te pone cara a cara con tus facetas más desesperadas, las que nacen de la rabia, no son capaces de resolver y explotan en furia, o venganza suicidas.

Esta última palabra es la clave. La violencia siempre se revela suicida, tarde más o tarde menos. Flota en la impotencia y no es de ninguna manera un instinto insalvable, sino utilizable de manera oportuna para defenderse. Esto último es lo que no hacen los personajes de los episodios de esta peli original. En algunos los pasé mal cerrando los ojos para no ver (el episodio más brutal y estúpido de Sbaraglia en la carretera), aunque me sorprendió que había gente que en el cine se reía. Debe ser que a mí la violencia me pone mala, en mayor o menor grado y hay gente a quien le divierte (no lo puedo entender, se lo preguntaría con mi mejor voluntad, pero igual me pegan). Me quedo con el episodio más sutil, el último de la boda.

Una de esas películas que sirven para tomar ejemplo al revés y no hacer lo que hacen sus personajes. Hay muchas otras vías, el laberinto del alma humana da para eso y mucho más.            

     

lunes, 20 de octubre de 2014

Libertad de la inocencia, la oscuridad de la luz: 'La vida ante sí' de Émile Ajar y 'Magical girl' de Carlos Vermut


Por Tesa Vigal

La libertad de la inocencia anida en el sorprendente libro 'La vida por delante' del francés Émile Ajar, otra joya descubierta en la biblioteca de mi barrio. La oscuridad de la luz en la película 'Magical girl' de Carlos Vermut. 

Se han cruzado en mi camino en este otoño cambiado en Madrid (octubre parece septiembre desde hace cuatro o cinco años). Con ganas de bailar una danza invocadora de lluvia, si la conociera, para que a los árboles se les caigan las hojas a su debido tiempo y el cambio climático no seque mi ciudad. 
Émile Ajar

A cambio ha caído en mis manos un libro irrepetible: 'La vie devant soi' de Émile Ajar (en 1970). No sólo por sus entrañables personajes: una vieja prostituta judía, superviviente de campo de concentración nazi. Sus niños acogidos, hijos de puta árabes, judíos, o vete a saber, dejados a su cuidado permanente. Los vecinos negros, uno de ellos el conmovedor y solidario travesti nigeriano, que se gana la vida con su cuerpo en el Bosque de Bolonia, ese enorme parque de París tan literario, tan sórdido, tan sugerente. 

Lo verdaderamente conmovedor, único, de este autor de vida atípica que se suicidó diez años después de escribirlo, es el aliento vital del narrador, uno de los niños recogidos por Madame Rosa. Momo, un niño árabe, que cuenta las peripecias patéticas, solidarias, sensibles, en esa casa sin ascensor en un barrio de negros. Su mirada limpia, antes de que le calen las convenciones y los prejuicios, donde todo fluye con la naturalidad de lo diferente. El terror repentino de Madame Rosa, que la obliga a bajar trabajosamente los seis pisos hasta el sótano, donde se ha montado su pequeño refugio contra el miedo (los nazis o lo que pueda pasar). La sonrisa perenne, que nadie se puede explicar, de un niño negro más pequeño. Los bailes mágicos curativos, que montan unos vecinos en torno a su sillón, cuando Madame Rosa empeora de salud. La oración árabe que aprende Momo por eso de que es árabe y se supone que es lo que pega, como un curioso trámite que no hay que tomarse demasiado en serio.


Lo serio es su cariño por Madame Rosa, su salud rota, el tiempo cada vez más largo que se instala en ella con la mirada perdida y la mente ausente. También es serio el gran enemigo de los papeles, aunque Madame Rosa suele repetir para tranquilizarse, que ella tiene todos sus papeles (falsos) en regla. Y es que es mucho mejor no existir oficialmente, porque las leyes de protección social metería a los niños en un orfanato o similar, y a ella cualquiera sabe dónde. Ya vinieron una vez llamando a su puerta y se la llevaron a un campo nazi. Mejor vivir que existir.

Pureza entre los vecinos drogotas y el viejo ciego que conserva siempre entre sus manos su querido libro de Víctor Hugo, y el médico al que Madame Rosa acude con sus niños, aunque es ella quien más necesita de sus cuidados. Se está muriendo de otra cosa, pero su miedo es tener cáncer y le tranquiliza no tenerlo. Lo relativo de lo objetivo. El peor miedo siempre es íntimo. Lo emocionante del cariño auténtico, más allá del sucedáneo de la simple compañía física. En los años setenta se adaptó al cine por Moshé Mizrahi, interpretado por la gran Simone Signoret (foto abajo). 

La libertad profunda que transmite esta historia, instando con urgencia a prescindir de etiquetas. Momo, el narrador, habla como ser humano a otros seres humanos. Lo contrario de la gente empeñada en convertirse en algo (sea religión, raza, nacionalidades varias...) dejando de ser alguien. La despersonalización base de todo dogmatismo y guerras, o cualquier otro tipo de violencia. La visión y los sentimientos de ese niño son la maravilla de la vida frente a su pavor. 
'La vie devant soi'

La actitud contraria predomina en 'Magical girl' de Carlos Vermut. Es cierto que es una película viva, contada honestamente desde lo más hondo de una mirada. Eso es lo que atrapa en ella. Pero no me conmovió, quizás porque me transmitía hielo, a pesar de las pasiones que arrastran sus personajes. La mirada de la película es la mirada del miedo. El miedo que no quiere indagar en sus causas, antes de tomar conciencia. El miedo que oscurece, impide la compasión aunque se disfrace de ella, como ocurre en el motivo desencadenante de la historia, el supuesto cariño de un padre hacia su hija de doce años que va a morir pronto de leucemia. A mí su actitud no me trasmitía amor, sino lo que él supone que debe ser el amor, darle todo lo que le pida, sin lucidez, sin discernimiento, sin pensar realmente en esa niña, sólo dejándose llevar por el miedo a la muerte que visita su vida con la sombra del vacío próximo, de lo desconocido, de la soledad.


Y esa actitud se concreta en comprarle el vestido carísimo de magical girl, diseñado para niñas ricas por una diseñadora japonesa. Como no tiene dinero para esa compra absurda, (que no hará feliz a su hija aunque él quiere creer que sí), para conseguirlo se hundirá en lo peor de sí mismo y desencadenará en los demás implicados (magníficos Bárbara Lennie y José Sacristán) la espiral destructiva de la historia.

Igual de absurdo el camino que toma la chica (Bárbara Lennie, arriba foto), agrediéndose una y otra vez, con tal de que su frío marido no descubra su infidelidad pasajera (producto además del abandono de ese tipo de quien sería liberador alejarse). Me recordó a la impresionante 'Blue Jasmine' de Woody Allen. Habla también de los peligrosos mecanismos que nos destruyen, por no ser conscientes de ellos. Por no querer enfrentarlos. Sólo que en 'Magical girl' las decisiones que devoran las vidas de sus personajes son aún más terribles.

Isla mínima, laberinto marismas

Es una película que transmite el lado pavoroso de la vida. Se me ocurre que podría usarse como un manual de instrucciones liberador haciendo, justamente, lo contrario que hacen sus personajes. No hay piedad en esta película y eso, para mí, es un defecto de fondo, de base. 

He visto también otra peculiar peli española: 'La isla mínima' de Alberto Rodríguez. Me gustó mucho, aunque para mí está sobrevalorada.  Fascinantes, oníricas marismas vistas desde el aire, con las que aluciné. Tiene algo hipnótico ese reflejo en la naturaleza del laberinto y la atmósfera densa de la historia. Más que un thriller, a mí me pareció una película turbadoramente íntima sobre las vueltas y revueltas del corazón cuando actúa. Para bien o para mal.    


viernes, 19 de septiembre de 2014

Deja bailar a los niños (a partir del hechizo fluido de 'Boyhood' y la inocencia sabia de 'En salvaje compañía' de Manuel Rivas


Por Tesa Vigal

‘Deja bailar a los niños’ es un verso de una canción de Bowie. Podría ser uno de los posibles resúmenes del movimiento contracultural de los años 60-70. La importancia decisiva para vivir que supone el conservar el contacto con nuestra parte más libre, la que se asombra, juega, explora, siente igual de natural el lado mágico del mundo y coloca en primer lugar el amor. 


En ‘Boyhood’ de Richard Linklater, está el toque, la gracia natural del juego en su manera de contar el río de la historia de un niño, (desde los seis años a los dieciocho) que va arrastrando en su camino el poso de la melancolía, de las huellas de la gente que le rodea, de nuestra memoria personal y selectiva recordando una escena a nuestra manera. No hay otra. Eso le da sentido y se lo quita al mismo tiempo. Porque lo que sentimos, al contemplar nuestra historia, es la presencia de un sentido escurridizo al que no podemos ponerle nombre, o al que llamamos sinsentido. Quizás no es necesario nombrarlo. Sólo sentir esa sensación de misterio fundido con lo cotidiano. Y el tiempo desaparece en esta película, quizás porque es un tiempo real (rodada durante doce años, una semana por año) sobre el fluir del tiempo (conmovedora la fragilidad que trasmite la forma de envejecer de los actores, magníficos Ethan Hawke de la trilogía de ‘antes de amanecer… etc’ y Patricia Arquette) y a pesar de su larga duración se pasa en un soplo, como la misma vida.  

Campesina gallega

Hablar de libros y películas que me conmueven no tiene para mí ningún sentido mental, nada que ver con crítica o análisis. Tiene el sentido vital, incluso urgente dependiendo del momento, de descubrir puertas, soluciones, evitar trampas, seguir el rastro de la libertad y el amor, esas palabras amenazadas por tanto manoseo vacío. Eso tan hippy que sigue agitándose en el centro de nuestras vidas, ya sea desde la búsqueda o el rechazo. En nuestro día a día tenemos que enfrentarnos con circunstancias diversas, con todas ellas, incluyendo las externas derivadas de leyes, economía, o golpes inesperados, lo decisivo es la forma de vivirlo. 

Si cambia la gente cambia el mundo. Así que supongo que en este blog (y en los otros dos: www.librosconaliento.blogspot.com y www.peliculasecreta.blogspot.com )
lo que hago es reivindicar directa, o indirectamente, facetas de la contracultura que siguen vivas y pendientes de realizar y tratar de experimentar soluciones en estos tiempos de clausura. Oscuros porque no se mira. Ciegos por el deslumbramiento tecnológico (que en sí mismo es algo neutral, depende de cómo se use) y la obsesión por la salud del cuerpo. Cerrados por excluir la imaginación. Mezquinos por la tiranía de la seguridad. Encadenados por la avaricia. Idiotizados por lo políticamente correcto. Cobardes por el miedo a lo desconocido. Perdidos por usar la naturaleza al servicio de lo práctico. Deshumanizados por la vieja idea de que el fin justifica los medios. Este retroceso evolutivo incluso viene acompañado, últimamente, del retorno decimonónico de nacionalismos. Como si se volviera a adorar las fronteras. Yo por mi parte no creo en ellas. Aunque lo más terrible es el retorno a fundamentalismos dogmáticos (lo opuesto a lo espiritual) en un regodeo sangriento en la violencia. Si en la época de la contracultura estaba de moda leer y la gente hablaba de música, películas, libros, maneras de vivir, auto realización, exploración de conciencia, alternativas de vida en comunidad y amorosas, ahora la gente habla de tecnología y dinero.


Todo eso es opuesto a la inocencia luminosa y conmovedora, incluso cuando se tiñe de socarronería, del maravilloso libro de Manuel Rivas ‘En salvaje compañía’. Yo no viví de niña en el campo, pero en mi barrio conocí ese tipo de personas auténticas, más allá de las circunstancias sociales con su peso silencioso gravitando en el aire. Gente como Rosa, la campesina de alma limpia a pesar de un marido borracho metido en negocios turbios. Del emigrante retornado a su tierra desde Nueva York, donde construyó rascacielos junto a otros obreros gallegos e indios. Por eso le llaman Spiderman y ayuda a Rosa y a sus niños a recoger y curar a una zorra herida en el bosque, mantiene su viejo amor como un dulce baluarte y sus pisadas huelen a la poesía de la tierra mojada. 

Gracias Manuel por la especialísima sensibilidad de tu forma de contar y la poesía de las heridas o dulzuras que cuentas. Un libro irrepetible.

En esos bosques y las casas cercanas habitan espíritus de muertos encarnados en animales. Un antiguo cura y un cazador furtivo prosiguen, como pueden, su evolución dentro del cuerpo de sendos ratones. Y está Toimil, el cuervo mensajero del rey de Galicia, que surca los cielos acompañado por sus trescientos cuervos. Testigo de las andanzas de los habitantes de la comarca. Del descubrimiento repentino, por una niña refugiada de la lluvia, de luminosas pinturas medievales en la vieja ermita, escondidas bajo capas de cal blanca, saliendo a la luz con la llamada de la tormenta y su aguacero. Todo ello tan vivo y oloroso como un pan recién hecho.

La misma impresión de ‘Boyhood’, en eso reside su impresión imborrable. Comes el olor, hueles la tierra, late el tiempo más allá de ti. Me emocionó al borde de las lágrimas, casi al final, no porque fuese una escena de llorar, sino por el efecto acumulativo de todo lo que había sentido viéndola, casi sin darme cuenta. Porque nuestra vida nos pregunta a nosotros mirándonos en el espejo. Nuestra historia tras décadas de esfuerzos, obligaciones, desvíos, errores, círculos… Patricia Arquette, encarnando con enorme humanidad a la madre del niño, llorando el día de su partida a la universidad no porque se vaya de casa, sino por sentir el desconsuelo de mirar hacia atrás su vida: “creí que habría algo más…”.

Lo que hay, lo que recordamos (que no es garantía de objetividad sino todo lo contrario) es una sucesión de escenas sueltas con diferentes edades, en distintas casas o ciudades, rodeados de gente apareciendo o disolviéndose, algunas referencias si se tiene suerte, o etapas solitarias para bien y para mal. En una fluidez empapada que es el presente, lo único que existe, sobre el que vuela el peso de las  huellas de siglos y palpitan en nuestros pasos cientos de respuestas, sin acabar de encontrar las preguntas correspondientes.     

 





domingo, 24 de agosto de 2014

Tres películas desapercibidas


Por Tesa Vigal

Las tres son pequeñas, independientes y honestas. Y, seguramente, las disfrutarían bastante mucha de la gente que sigue yendo al cine. Pero como carecen de campañas publicitarias masivas y sólo se proyectan en un par de cines, no sabrán de su existencia. Ninguna de las tres es nada del otro mundo, aunque quizás por eso mismo, destaca más su modesto pero íntegro corazón. 

'Locke' , de Steven Knight:
Cuenta el recorrido nocturno, en tiempo real, de un hombre en su coche desde que sale de su trabajo apresuradamente, hasta la clínica de Londres desde donde acaba de recibir la llamada de teléfono que desbaratará su vida. Una mujer, con la que tuvo un encuentro fugaz va a tener un hijo esa noche. Su hijo. Y aunque está felizmente casado desde hace muchos años y con dos hijos, y al día siguiente tendría que estar a pie de obra atendiendo un complicado encargo excepcional, decide aceptar las consecuencias de aquella metedura de pata. Decide no repetir el comportamiento de su padre, que nunca le reconoció, acudir al nacimiento de su hijo y darle su apellido.


El trayecto nocturno entre el laberinto de luces de la autopista, semáforos, faros que deslumbran, en un baile de sombras bailando en el aire que a veces se emborronan por las lágrimas, discurre entre incesantes conversaciones con teléfono en manos libres con su mujer y sus hijos que le esperaban en casa. Con su jefe, que le despide. Con su ayudante, que a pesar de todo le ayuda a preparar y dejar resuelto el trabajo del día siguiente, y con la clínica del parto.

Su determinación inamovible le hace conmovedor, aunque la admiración le viene grande porque el efecto rotundo de la integridad es tan sencillo como natural. Un descubrimiento liberador que sólo se siente cuando se practica.

'Begin again' de John Carney:
El mismo director irlandés de la original 'Once'. Aquí los protagonistas siguen siendo músicos, aunque viven en Nueva York y también su vida está en crisis. El gran actor y apenas conocido Mark Ruffalo transmite esa misteriosa esencia lúdica que se agita en lo creativo. Oye imaginariamente los instrumentos que deberían acompañar a la chica que canta en un pequeño local, una canción propia a la que nadie presta atención. 



Vemos a ambos en su periplo antes del encuentro, acercándose a ese local dando tumbos por su vida, de la que han desaparecido las encrucijadas y más bien se parece al final de una línea del metro, como canta ella en uno de los versos de su canción. Ella está dispuesta a marcharse de la ciudad tras el abandono de su novio, con quien había viajado hasta allí. Él sin trabajo y sin dinero, aunque no puede evitar seguir haciendo música y descubriendo a artistas desconocidos.


El gozo de lo creativo, cuando desapareces jugando. Todos lo hemos hecho de niños. Sin embargo, es curioso que esa capacidad innata se olvide, se relegue, o incluso se rechace. Este es para mí el latido de esta historia y por eso otros temas que aparecen en ella (el ninguneo de los artistas por la piratería, el vampirismo paralelo de las casas de discos, la ruptura de sendas parejas) son secundarios sin dejar de ser importantes. Por eso una de las escenas que más huella me dejó es la grabación de una canción en la calle, tocada en directo llena de entrega sin intenciones.

Tampoco habrá romance sino amistad, eso mucho más poderoso y excepcional. Me quedo también con la escena en que se despiden y él retiene un largo momento la mano de ella sobre el corazón, en silencio, transmitiendo afecto hondo y sincero, sin planes, sin expectativas. Nada más y nada menos.


'Una cita para el verano', de Philip Seymour Hoffman:
El título original 'Jack goes boating', Jack va a navegar, es más representativo de lo que cuenta la historia. La única película que dirigió el inmenso actor antes de morir. La dirigió hace ya varios años, pero aquí se acaba de estrenar por su muerte hace pocos meses. Si no fuera por eso, seguramente nunca se hubiera estrenado.


También la protagoniza, y en ella da rienda suelta a lo conmovedor y melancólico de la soledad y el miedo a romperla. La tímida decisión limpia del chófer protagonista, aprender a cocinar y a nadar, porque a la mujer que acaba de conocer le gustaría remar en una barca cuando llegue el verano y porque nadie ha cocinado nunca para ella.

La concentrada constatación con la que sostiene un oso de peluche que puede, o no, regalar. Sus amigos, una pareja con un punto de desgarro en vías de desintegración. La cena delirante, en la que se olvidan de lo que se está cocinando por fumar hachís negro en una cachimba. Cómo le cantan, a través de la puerta del baño, para hacerle olvidar su rabiosa decepción, animándole con el buen rollo de su canción favorita. Una famosa de reggae jamaicano: 'ríos de Babilonia'.

Unos empiezan y otros acaban. Obvio, y sin embargo se nos olvida continuamente que la vida es movimiento.  En esos momentos gozne en que el pasado y el futuro flotan en el aire, revelándose inexistentes, todo es posible antes de que el polvo, o los fragmentos, vuelvan a posarse en el suelo como partículas de vida ordenadas de otra manera. 

Por cierto, como la revista wakan de mapas imaginarios dejará de salir en septiembre, aunque sigue en la página de comunidad en facebook, acabo de empezar sendos blogs rescatando las pelis y los libros de sus secciones de cine y literatura. No porque los textos tengan importancia, sino porque hablé de lo que me emociona y si esas recomendaciones sirven para que alguien disfrute, estupendo.