martes, 9 de abril de 2013

Blue Valentine y Searching for a sugar man


Por Tesa Vigal


Esta película, dirigida por Derek Cianfrance, hace justicia a su título. Es un prolongado blues de esos con saxo arrastrado, que por momentos desemboca en respiración entrecortada, rumbo hacia el enigma del origen de una relación amorosa que ya contiene el germen de su final.

Sus magníficos intérpretes (Michelle Williams y Ryan Gosling) rezuman vida en cada uno de sus gestos, silencios, murmullos agotados o complicidad limitada disfrazada de conexión.

Esto último es la base de su historia y el de muchas otras nacidas de un intercambio de bromas, sonrisas sedientas de comunicación y alguna que otra cancioncilla. Aunque en este caso la letra de la canción que cantan los dos en la calle tiene una letra descarnada, a la que no se hace caso porque la necesidad de embellecer lo que existe esconde la auténtica naturaleza de su limitada relación. 


Es el deseo de amar y ser amados lo que se vuelca, con frecuencia, en esa persona que acabamos de conocer y no la auténtica ligazón que nos une a ella. Es también la falacia social de que el paso obligado en una relación amorosa es tener hijos y convivir en pareja. Es, en fin, el auto engaño de confundir una mínima complicidad con amor. Es decir, rechazamos los grados de comunicación personal, que son muchos y llenos de matices, reduciéndolos a convivencia sí, o ausencia de historia. Sin términos medios.

Sin embargo el hecho es que nos podemos llevar bien con alguien de múltiples maneras. Podemos sentirnos a gusto tomándonos un café. O como camaradas de juerga. O como un intercambio amistoso de gustos, o talantes. O como compañeros de cama. Pero tendemos a forzar esa mínima conexión para que cuadre en una historia amorosa, como sea. Naturalmente todo sucede, con frecuencia, de manera inconsciente. Y cuando esa mínima complicidad ha dado de sí todo lo que podía, el agotamiento, el vacío, la sensación de fraude, equivoco, incomprensión general, lo sentimos lleno de culpa y fracaso. Unas veces achacándolo a nuestra pareja. Otras, menos, admitiendo que ha sido por nuestra propia decisión. Y el viento de lo auténtico barre las miradas, revela el campo seco y nos enfrenta cara a cara con nuestra propia fragilidad áspera, sin vuelta atrás.


Este tipo de relación es el que cuenta la película, a través de escenas fragmentadas del principio y el final de su historia. Las primeras con su forma de conocerse, escenas conmovedoras por su propia limitación convencional. Las segundas por su densa aspereza desde el agujero del pozo seco a donde han llegado los dos. Patética y reveladora la escena en que su relación toca fondo. Cuando él le pide a ella que salgan a alguna parte esa noche (cosa que no hacen hace demasiado tiempo) y vayan a un hotel de citas, con una habitación temática, supuestamente amorosa. Al entrar a ese recinto sórdido, claustrofóbico, iluminado con envolvente luz azulada, él comenta: "parece la vagina de un robot". Allí forzarán un encuentro, sin ganas, pura intencionalidad. Haciendo como que se desean sin lograrlo. Incluso reconociéndolo tibiamente, sin que importe ya, a pesar del cabreo de él que no es más que su carácter rebelde y en ese momento se revela más que nunca como rebeldía estéril. Sin causa. Sin base. Y cuando ella, siguiendo la puesta en escena de él, se tumba en el suelo y se quita las bragas, él no tiene más remedio que reconocer la falacia del momento y grita: "no quiero tu cuerpo, te quiero a ti". Pero eso es justamente lo que no tienen ninguno de los dos, desde hace ya mucho tiempo. No se tienen uno al otro, en realidad nunca se han tenido. (abajo foto)


Y esa escena final, abrupta, sin salida, con el gesto de rabia despectiva de él alejándose de ella. Y ella, sin tener siquiera un gesto como respuesta. Comunicación cero.

En el documental 'Searching for sugar man' de Malik Bendjelloul, mejor documental en los oscar de este año, lo que se busca no es el amor siempre esquivo sino las huellas de un mito envuelto en leyenda y rezumando equívocos. Porque el protagonista buscado, un cantautor americano de origen mexicano llamado Rodríguez, era una estrella de rock en la Sudáfrica del apartheid, cuya música eran lemas multitudinarios entre la juventud en rebeldía contra aquel intolerante régimen racista. En Sudáfrica creían que también era una estrella del rock en todo el mundo, como mínimo en América. Pero no era así. Lo que van descubriendo los dos tipos sudafricanos que le admiran, dispuestos en un principio a descubrir la realidad de su leyenda que cuenta que desapareció misteriosamente de los escenarios. O bien que se suicidó en plena actuación, en mitad del escenario. 


Comienza así una labor detectivesca que les lleva a una historia de un músico sin éxito, conmovedor en su vida cotidiana, que jamás recibió el dinero de los miles y miles de discos vendidos en Sudáfrica, que ignoraba su propia leyenda, su éxito allí, que había ido teniendo una vida paralela en América, trabajando en cualquier cosa, viviendo en la misma casa decrépita durante décadas. 

Búsqueda de la identidad, más allá del rastreo de la pista del propio Rodríguez. ¿Músico genial incomprendido? ¿discípulo de Dylan con mala suerte? ¿reflejo conmovedor de su propia poesía? ¿Quién otorga el prestigio? Y mucho más misterioso ¿qué es lo relevante en un artista?

De ahí la siguiente pregunta ¿qué es el arte y cómo llega y a quién y cuándo? Mientras veía este fascinante documental, que nada tiene que ver con los documentales al uso, recordé la creencia de Henry Miller en su librito sobre la poesía a través de la obra del poeta Rimbaud 'El tiempo de los asesinos', editorial alianza. Su hipótesis es que el arte cuando es auténtico toca el alma de la gente, pero no se sabe cuándo, ni cómo, ni a quienes. Porque el arte no es cosa de erudición sino de sensibilidad. 


La manera de caminar en la nieve de Detroit (¿o era Chicago?) de Rodríguez, con el cuidado entregado y humilde de una vida con sentido, aunque exteriormente algunos la llamarían fracasada. No lo es ninguna vida cuando se vive con un sentido personal e íntimo, porque entonces escapa de ese tipo de etiquetas. El pudor de gafas negras con las que protege las capas profundas de su alma. La perplejidad de sus hijas, ante un padre ya abuelo, que de pronto surge ante ellas con una historia paralela de artista que nunca tuvieron en cuenta, o directamente desecharon como peripecias juveniles sin ninguna importancia.

Yo diría que ambas películas preguntan dos cosas:
¿Hay alguien ahí? ¿quién está ahí? 

miércoles, 20 de febrero de 2013

Dentro (empieza todo)


Por Tesa Vigal

Aunque esta entrada la escribo hoy por mi decisión de que estos Cuadernos tuviesen periodicidad mensual, no pasaría nada si ese periodo variara. Tampoco importaría que dejase de escribir. Ni que me perdiera en el bosque, o desapareciese en un agujero negro o de gusano :-)


El caso es que las anteriores entradas vinieron empujadas por el deseo, o la necesidad enigmática de comunicarme a través del tema que me llamaba en ese momento.

Ahora todo es más brumoso que de costumbre. Quizás por recordar las ondas dominantes en los 60-70 del siglo pasado, gracias a hippies y rockeros, cuando lo importante era la búsqueda espiritual variopinta. El otro día me encontré con una persona muy "normal", que no concebía en la vida otra cosa que el bienestar material mientras picoteaba febrilmente en su juguetito tecnológico.

O puede que me haya replanteado, de nuevo, por qué mierdas escribo desde hace tanto tiempo si no lo uso para desahogarme, ni para ganarme la vida. Y eso siempre me lleva a toparme con la naturaleza misteriosa de la vida. "Este mundo es muy extraño", decía un personaje de David Lynch en su peli "Corazón salvaje", o puede que en "Terciopelo azul", no estoy segura.

Me queda una semana para cobrar, tengo 50 € y me he sentado en una mesa del café Comercial para tomarme una caña donde escribo esto. A mano, como más me gusta escribir (es un placer deslizar el boli y formar palabras). Hacía años que no me sentaba en el Comercial, salvo el encuentro con un viejo amigo hará un par de semanas. Me encanta ver cómo se abraza la gente en los espejos que cubren las paredes frente a mí. Espejos. Dentro. Título de la entrada.

Sueños y cuentos míticos, esos anónimos y ancestrales que hablan de cómo superar las trampas y pruebas de la vida para una feliz solución.


Es curioso que alguna gente los de la vuelta, tomándolos como "irreales" por su final feliz, a pesar de la contradicción que ellos mismos ven en sus pasajes tremendos, sus situaciones extremas... Sin ser capaces de unir ambas características en el sentido que las engloba. Un aprendizaje vital. Claro que tienen muchas versiones y según avanza el tiempo se los ha dulcificado convirtiéndolos en historietas más o menos bobas, para que los niños se evadan pero no aprendan. 

Recomiendo las versiones de los Hnos. Grim (que tampoco se los inventaron, sólo fueron recopiladores de las historias ancestrales orales) y en España las de Calleja, donde por ejemplo la versión de la Bella durmiente es un Bello durmiente. Pero el cuento es el mismo. La situación de retirada de la vida, de nuestras raíces vitales más íntimas durante ciclos enteros (100 años). Sin ir más lejos, yo misma caí en esa trampa durante un periodo de mi vida.

Sin embargo algunas personas desprecian los símbolos, aunque ese es el lenguaje que usamos todos cada noche en nuestros sueños. Los símbolos están vivos, por eso los sueños vienen de la parte más profunda de nosotros. Inconsciente. Pero quizás se debe a la tendencia a banalizar la vida, a reducirla a lo material que mencionaba antes. 

Empequeñeciendo el mundo de manera patética, desechando lo profundo, creyendo que sólo es real la vigilia y dentro de ella sólo lo cotidiano más material.  Curioso ¿despreciamos como chorradas los sueños y lo mítico aunque lo creamos nosotros mismos? 

Símbolos. Indicadores. Nuestro cuaderno de bitácora íntimo. De nuestra realidad personal. 

Una casa. uno de esos sueños recurrentes. Mi casa, mi lugar, mi situación actual. Por eso a veces soñamos con la casa de nuestra infancia (algo pendiente emotivo a resolver entonces), o con la actual, o con una casa en ruinas, o por el contrario con palacios laberínticos... Supongo que según nos alejamos del lenguaje simbólico menos entendemos la vida de los otros y la nuestra. 

Hay personas y situaciones que nos ofrecen de pronto una manzana venenosa. Momentos o periodos en que nos perdemos en el bosque. Familiares cercanos que nos abandonan. Extrañas puertas que aparecen ante nosotros. Llaves perdidas. Lluvias torrenciales. Travesías de desierto. Niños diminutos rodeados de peligros. Animales que nos hablan.

Recuerdo un divertido pasaje de un libro de Castaneda,  en que el chamán Don Juan Matus le cuenta una anécdota sobre un encuentro con un venado que le habló. Y se calla un momento y con la socarronería habitual con la que se toma la incredulidad racionalista de Castaneda, añade "¿No vas a decirme que los animales no hablan?" Y a esas alturas de su relación con Don Juan, Castaneda reconoce que no, que ya lo ha entendido. Que los animales hablan (no de viva voz) de múltiples maneras y pueden ser mensajeros de los dioses en momentos especiales. 

Símbolos y señales, significados, sentidos. O no. O no siempre. También en eso no puede abrazarse ni rechazarse en bloque nada. Ni personas, ni ideologías, ni sistemas, ni religiones... También de eso nos hablan los sueños y los cuentos míticos. Nuestro camino es único y nuestra voz también. Para bien y para mal. Pero es donde reside nuestra libertad, nuestra vida auténtica y no una vida impuesta por "lo que debe ser" en cada momento social e histórico. A pesar de su presión. Dentro empieza todo.

Recuerdo también una frase de Bertolt Brecht: "General, el hombre es muy útil, puede matar, puede volar. General, pero tiene un defecto, puede pensar, puede pensar". 



También podemos sentirnos y oírnos aunque muchas veces no lo hagamos y sólo nos citemos a nosotros mismos o a otros. Supongo que es interesante recordarlo en un tiempo como éste, de consignas, de generalizaciones, de etiquetas... Cada persona es un mundo y en los matices está la clave de cualquier conocimiento y elección.

Si hubiera podido habría hablado con rigor y amplitud del tema de los sueños y los cuentos míticos. Pero, claro, está fuera de mi alcance. Así que me he limitado a mencionarlo, a compartir mi interés por el tema y lanzarlo al aire por si a alguien le apetece leerlo. Ahí están libros maravillosos y originales, como "Psicoanálisis de los cuentos de hadas" de Bruno Bettelheim. O los libros de Jung el psicólogo de los arquetipos y el viaje interior. Y los autores citados más arriba. 

Mis límites son muchos y el vértigo me hace diminuta como Pulgarcito.         

   

sábado, 19 de enero de 2013

Egipto e Irlanda, viajes al otro lado del espejo


Por Tesa Vigal


En el otro lado del espejo está lo que es nuestro pero desconocido. En el exterior, porque ambos lugares tienen un alma grande y escurridiza, hundida en el misterio. En el interior, porque todo lo pendiente en mí se colocó en primer plano, como si al contacto con lo inusual desapareciera la supuesta comodidad de lo cotidiano, dando paso tan sólo a lo esencial.

El de Egipto fue un viaje organizado que acepté por su precio barato, que lo hacía posible para mi presupuesto. Sin decir nunca jamás, porque nunca se sabe, decidí que volvería a mis viajes personales. El de Irlanda lo hice yo sola, porque lo que me llamaba a esa tierra eran motivos íntimos y particulares, justo la característica de los viajes que se hacen en solitario.

En los dos países sentí la misma curiosa sensación: la mayor parte de lo que allí existía era invisible. A pesar de la enorme cantidad de lugares por visitar, famosos o menos. 

Supongo que por eso se me quedaron grabados los momentos en que lo visible y lo invisible parecían fundirse de manera enigmática. El hormigueo  en el cuerpo junto a la gran pirámide. La densidad de mundo paralelo en el oscuro interior del templo de Luxor, al que llegamos escoltados por dos jeeps del ejército llenos de soldados que nos miraban con sonrisa desconcertante. Sin ninguna explicación. ¿Para qué? Como si los motivos quisieran acercarse, sin conseguirlo, al enigmático motor que había creado las pinturas de colores y formas imposibles de algunas de sus paredes y papiros. Los animales feroces, con forma de mosquitos de unos doce o trece centímetros, que se agitaban histéricos bajo la luz de los faroles en la cubierta del barco que recorría un tramo del Nilo. La turbación ante la gran estatua negra de la diosa Sekhmet (foto abajo), que me hizo recordar que los egipcios tenían ritos secretos para dar vida a ciertas estatuas. Diosa con cabeza de leona, poseedora de la llave de la energía destructiva y también de la salud y la vida. Obligando a fusionar contrarios, revelándolos complementarios desde un punto base que se nos escapa. La muerte una forma de vida. La vida deshaciéndose en la muerte. Y ambas remitiendo ¿a qué fuente común?

Las escaleras de piedra descendiendo a un espacio de pinturas, a modo de sótano de un templo, de por sí ya un lugar subterráneo. La infinita suavidad de piel, una piel fuera del espacio y el tiempo, en un lugar determinado del desierto. La cara de circunstancias del guapísimo guía Moheb, un apolo de preciosa piel cobriza, cuya enorme cultura me hizo sentir avergonzada. Había leído a Mª Teresa León, la mujer de Alberti. Yo, no. Su rapidez en pensar la forma que haría posible mi decisión de pasar unas horas sola, en Luxor, en algún café bonito y tranquilo. Porque descubrí que aquello no era tan sencillo como en El Cairo y tuve que aceptar la compañía de un chaval encantador, al que Moheb llamó "mi protector", y cuyo castellano impecable aprendido en el instituto Cervantes habría dejado en mal lugar a la forma de hablar de ciertos españoles. Por fin, pude pasar un rato sin hacer nada ni visitar nada, sentada en la terracita de un café donde acabé por irme harta de las miradas de los clientes, sólo hombres por supuesto.

Pero en ese rato fui consciente de que, además, el motivo para querer estar sola también incluía la soledad en compañía con la gente del grupo de viaje. De que en parte aquello se debía a congeniar poco con algunos, pero también a mi voluntad defensiva de aislarme de la gente. Esa noche, en mi diminuto camarote del barco, tuve un sueño revelador sobre ese tema que me despertó al amanecer y que apunté apresuradamente en un cuaderno, con la sensación de que había estado invocando respuestas sin darme cuenta y los espíritus del lugar me habían respondido. 

Los de Irlanda tampoco admitían máscaras. 
Se deshacían en el viento de septiembre que soplaba en Sligo, la pequeña ciudad del poeta Yeats. Había decidido mi viaje a esa zona de Irlanda, fuera de los circuitos turísticos españoles.

Desde la ventana de la habitación de mi hotel, en pleno campo, a unos veinte minutos andando de la ciudad de Sligo, se veía una montaña sagrada color verde esmeralda incluso en el día que apareció medio cubierta por la niebla. video La montaña Ben Bulben (abajo foto) cuya silueta mordida parece las almenas carcomidas de un castillo olvidado. Cerca, el lago amado por Yeats. Cerca, la piedra en mitad de un campo, mencionada en su libro lleno de historias y experiencias que le contaron sus paisanos irlandeses sobre hadas y duendes. Esa piedra  conecta mundos paralelos, pues el reino borroso comparte espacio con la zona humana, aunque no siempre esa puerta está abierta. Cerca de la tumba de la reina Maeve, uno de los nombres de la reina del reino borroso. Todos ellos lugares donde lo invisible se funde con lo visible. 

Igual que en cierto pub de Sligo con camarero de alta y delgada sobriedad y músicos tocando sentados en una mesa a partir de las seis de la tarde.

Sligo es la ciudad de la música, repleta de bares repletos de músicos. Pero aquel pub, del que he olvidado el nombre, era especial. 
Quizás por sus clientes bulliciosos y soñadores a partes iguales, o por sus sillones y sillas desvencijadas. O por la sensación de que circulaban corrientes cristalinas, o secretas, bajo el gesto sencillo de los clientes que salían a la puerta a fumarse un cigarrillo. Puerta de cristales, ventanas que abrían la música a los caminantes que pasaban por la calle, algunos parándose para mirar un rato la forma de tocar del músico cercano. Los cuervos y los mirlos, la carretera arbolada por la que llegaba caminando a la ciudad. El café restaurante en una casa antigua, sede de una fundación en torno a Yeats.

La maravillosa y barata sopa del día, suculenta y espesa como sangre de hierba. El taxista saltarín que me llevó hasta la estación de autobuses hacia Dublín. Le llamé así porque su espléndida sonrisa, sus gestos juguetones, casi infantiles, le daban una apariencia duendil. El río de agua oscura y transparente que corría con urgencia bajo el puente de piedra por el centro de Sligo. Las terrazas bordeándolo con las mesas junto a la barandilla, invadidas por el rumor del agua y la música de cualquier parte. 
Ese mismo viento, que soplaba con un frescor ajeno al frío, con algo parecido a una llamada incesante, me acompañó el primer día en Dublín. Cuando descubrí otro lugar donde se fundían mundos. Un pub, cerca del albergue donde me alojé, que era el más antiguo de la ciudad. Nada menos que desde el siglo XII, pero ese dato no basta. Nunca bastan los datos. Al contrario, a veces son engañosos. Pero en ese bar, (foto al lado), al que se llegaba cruzando un puente, había una fachada de piedra como la de un castillo sin nombre, un patio con paredes cubiertas de de hiedra y flores escandalosas, un interior abigarrado de mezcla de cristal, luces, caras, maderas, músicos (cómo no), fotos en las paredes de cualquier tiempo y lugar, barriles, camarera encantadora, aire laberíntico. 


Y los músicos callejeros, aún era verano aunque la temperatura oscilaba entre 20 y 10 grados a lo largo del día-noche. Quiero decir músicos increíbles en cualquier esquina. Y lo digo con pena porque ayer me enteré de que en Madrid se acaban de prohibir los músicos callejeros, aunque por fortuna hay desobediencia civil. 

El día antes de volver también tuve un sueño, que me afectó tanto que lo escribí con la urgencia del viento que soplaba en Dublín. Allí cerca del río, donde había puntos en los que olía a levedad imposible, a limpio descaro, a leyenda escurridiza. 

Volveré.

Por la impresión que me acompaña desde pequeña de que el mundo es un inacabable misterio, por dentro y por fuera. Como diría Castaneda: "hecho de pavor y maravilla". Por el enigma de construcciones imposibles pero reales, por el enigma del alma que las imaginó. 
Por los mundos paralelos de seres libres y de absoluta belleza, incluso entre los habitantes del país borroso más feos o grotescos (ver entrada sobre hadas y duendes en este blog)

Por el aliento de lo trascendente empapando lo cotidiano. Por raíces latiendo, más allá de espacio y tiempo, abarcando a cualquier ser humano. Por el poder mágico de la música y la poesía, que modifican o crean mundos si surgen desde el escalón más hondo.      

domingo, 16 de diciembre de 2012

Alma en los ojos de un tigre ('Vida de Pi de Ang Lee y 'Una pistola en cada mano' de Cesc Gay)


Por Tesa Vigal

Alma por todas partes. Yo diría que ese era el meollo de la contracultura de los movimientos hippies y roqueros de los años sesenta y setenta. Por eso era contracultura, porque iba en otra dirección muy distinta de la sociedad de consumo, en la que lo importante era lo material. Lo que se tenía y no lo que se era. ¿Os suena? Una ¿evolución? que seguiría pendiente y con más razón en estos tiempo convulsos, que parecen pedirlo a gritos. Como dijo John Lennon en el libro 'Lennon recuerda' (larga entrevista de Jann Wenner en los setenta), cuando le pregunta su opinión sobre aquellos movimientos: "fue una simple ojeada a todas las posibilidades".

El hindú llamado Pi de la película de Ang Lee ve el alma en los ojos del tigre llamado Richard Parquer. También la ven los indios sioux que lo sigan siendo, y cualquiera que así lo sienta, aunque haya nacido en el centro de una ciudad occidental. Aquí va el trailer del que me gustan las imágenes, aunque las frasecitas que lo acompañan se quedan al nivel superficial de un trailer.
"http://www.youtube.com/embed/kxAGTwzMb7w

La película es insólita porque ya lo es la novela en la que se basa de Jean Martel. Más allá de la historia inusual de Pi, un náufrago que tiene que compartir barca y peripecias con un tigre de Bengala, está su manera de vivirla. Desde la loca exaltación que siente al comenzar la tormenta que provocará el naufragio, hasta el descubrimiento de que el motivo por el que sobrevivirá es, precisamente, la dureza enloquecedora de tener que compartir ese naufragio con Richard Parquer, el tigre. Pasando por esa escena sobrecogedora en la que Pi desea saber qué es lo que ve el tigre, cuando le observa contemplando fijamente la inmensa y misteriosa noche estrellada sobre ese mar inabarcable que les cobija, les amenaza, les sugiere, les empuja, les pregunta, les saca fuera de sí, y les arroja dentro de sí mismos.

Creo que casi todos en la vida, al menos una vez, se ha encontrado en una situación así. Empezando por la gente inmersa en una crisis de cualquier tipo. Cuando el suelo desaparece bajo los pies, se pierde lo que se tenía (que puede ser material, psíquico, emocional, o incluso todo junto) y lo que nos rodea tiene una nueva brújula en la que las coordenadas son desconocidas, cada cosa tiene que ser nombrada de nuevo, el empezar de cero es inevitable y vertiginoso, y tenemos que mirarnos a los ojos, a los nuestros y a los  otros y resistir el miedo y el enigma respondiendo, actuando con ello.
vídeo

Curiosamente una película de Cesc Gay, que nada tiene que ver con la de Ang Lee, 'Una pistola en cada mano', me dio la impresión de que cuenta los momentos previos a tocar fondo de los que hablaría la vida de Pi. Si las personas que pueblan esta historia coral de magníficos actores (Leonardo Sbaraglia, Luis Tosar, Ricardo Darín, Eduard Fernández, Candela Peña, Alberto San Juan, Jordi Mollá, Leonor Waitling, Javier Cámara, Eduardo Noriega...) siguieran viviendo su vida más allá del punto y final de la película se encontrarían compartiendo un naufragio con un tigre de Bengala. Pero de eso ya no habla la película, sino de los momentos previos, aparentemente cotidianos, tiernos, ridículos, contradictorios... En los que cabe el sentido del humor y el absurdo caminando hacia otra historia. 
Tengo la impresión de que en el fondo de todos los seres humanos se encuentra el alma pura, salvaje, enigmática, profunda, oscura y luminosa de los ojos de un tigre. Para bien y para mal y abarcando ambas cosas en el tremendo misterio de la vida que siempre está ahí, esperando...

lunes, 26 de noviembre de 2012

La noche del oráculo de Paul Auster (En la casa' de Ozon)


Por Tesa Vigal

Saliendo de la habitación cerrada. Esa es la sensación que me dio el libro de Auster (en las tres fotos siguientes). Un recorrido tan inevitable como imperioso, con tramos a oscuras, pasillos bajo la luz intermitente de inquietantes bombillas,  como en una película de David Lynch, saltos sin red de una vida a otra nueva, huellas en la tierra húmeda de un pasado vivo y un presente paralizado, pistas y señales en lo que sale al paso en vagabundeos por calles mojadas, siempre mojadas, con lluvia o sin ella, y habitaciones que sólo pueden abrirse desde fuera. Como en la que se queda encerrado, sin querer, Nick Bowen, el hombre que acaba de soltar su vida anterior con todo su bagaje: mujer, casa, trabajo, ciudad.

Lo ha decidido porque al caminar por una calle de Nueva York, una gárgola de un viejo tejado ha caído a sus pies rozándole la chaqueta. Un día de fuerte viento. El viento siempre es más que viento. Ese encuentro con el destino (uno de los temas favoritos de Auster, ese fascinante buceador vital) le lleva a sentir que si sigue vivo, pero debería estar muerto, es que su pasado ya no existe y como si acabara de nacer debe empezar desde cero. Para un taxi instintivamente, pide ir al aeropuerto y allí paga con su tarjeta un billete para el primer vuelo que salga. Resulta ser un local local y provinciano, donde nunca ha estado ni conoce a anadie: Kansas city. Allí se quedará atrapado en esa peculiar habitación por haberse olvidado la llave fuera y haber cerrado la puerta a su espalda, pensando en otra cosa.

Este hombre, Nick Bowen, es uno de los espejos del laberinto de esta múltiple historia. La escribe, febrilmente, perdiendo la noción del tiempo, Sydney Orr en un cuaderno azul que le atrapa en El Palacio del papel, la papelería de un chino que Syd descubre en sus primeros paseos vacilantes, tras haber estado en el hospital al borde de la muerte. Es un treintañero pero los primeros días se mueve como un viejo. La rehabilitación es volver a la vida, obvio, pero ¿a qué vida? Tal vez el cuaderno azul del señor Chang de Brooklyn le estaba esperando, igual que la gárgola a Nick Bowen.

Como en 'El palacio de la luna' (aún más fascinante, con páginas que vibran con el magnetismo del chaval protagonista, "moviendo ficha" de manera extraordinaria para recibir una respuesta de la vida) hay sendos establecimientos chinos, papelería y restaurante, y dos palacios. Uno lunar. Otro de papel, el cuaderno azul. También en los dos libros hay historias dentro de historias (en realidad todas las vidas son así). Aunque en 'La noche del oráculo' son auténticas muñecas rusas. Una dentro de otra y dentro de otra... Y la que da título al libro es, precisamente, la más recóndita, la que se encuentra en el núcleo.

'La noche del oráculo' es un libro inédito, descubierto por su nieta, de una famosa escritora de los años 20 del siglo pasado, que llega a las manos de Nick Bowen y se lo lleva con él a Kansas city, a su nueva vida, y allí lo lee.

Lee la triste historia de un soldado de la primera guerra mundial, que descubre que a veces adivina escenas del futuro que luego se cumplen. Fogonazos incómodos, turbadores, que quisiera no tener. Cuando ve el futuro terrible con su amada novia que también le ama, rompe con ella para evitarlo. Final de incomprensión dolorosa para ella y pena del desgarro asumido para él.

Claro que la historia de Nick Bowen le viene a Syd Orr imparable, sin saber su final, ante el cuaderno azul, recordando lo que le cuenta un amigo (que ha sido amante de su mujer Grace), como una anécdota que un personaje de Hammett relata a otro en una de sus novelas, 'El halcón maltés'.

Así que cada historia-muñeca rusa quedaría así:
·*Sydney Orr - su amigo John - su mujer Grace...
                             
 *hombre que cambia de vida en la novela de Hammett

·*Cuaderno azul - historia de Nick Bowen...
                                                              
 *Su mujer Grace sueña con habitación cerrada

·*Noche del oráculo

El sueño de Grace, sin saber lo que ha escrito su marido, ocurre tras acabar de escribirse la historia del cuaderno azul sin saber cómo seguirla, sin saber si sigue o no. Simplemente el encierro es también el punto aparentemente muerto de la historia. Nadie puede sacarle de allí porque nadie sabe dónde está, un lugar subterráneo conocido sólo por su constructor, el viejo taxista que le da trabajo allí, en su 'Oficina de preservación histórica' repleta de estanterías llenas con hileras interminables de guías telefónicas de todas partes y cualquier año.

Grace sueña que los dos se quedan encerrados en una habitación donde han pasado horas salvajes en la cama. Un sueño erótico de una habitación cerrada.

Lo que ha escrito en el cuaderno azul se repite en la vida, como un conocido poeta citado por Orr, que dejó de escribir cuando lo escrito se materializó en el futuro y tuvo miedo del poder de la palabra escrita de determinada manera, quizás desde esa dimensión sin tiempo ni espacio, sin saber cuándo adquirirá ese misterioso, temible poder.

Ese es también el tema de la película 'en la casa' (siguiente foto). Historia dentro de historia, donde se acaba por dudar de si algo de lo sucedido es verdad, o se ha quedado en las páginas escritas por el chico de la última fila. Porque otras cosas son registros de algo real (lo sabe su atrapado profesor) y otras son provocadas por lo escrito anteriormente.

Los límites entre lo imaginado, lo presentido, lo recordado y lo sucedido son tan finas y ambiguas que queda en evidencia que tan sólo lo experimentado, lo sentido, es real. El dato de que haya sido en un sueño, en la vigilia, borracho, o sobrio, imaginado, o testificado, carece de importancia. Son circunstancias de lo vivido.

El poder transformador de la realidad por lo imaginado por el chico de la última fila en la película. El de lo escrito por Orr en el cuaderno azul. El de lo que pensamos, percibimos y suponemos a cada momento materializando mundo, desemboca en lo esencial: ¿Cómo salir del involuntario encierro en una habitación cerrada por tí mismo? Estoy en ello. Si depende de mí lo intentaré hasta el final. Si depende de una ayuda aleatoria exterior, como en el cuento de la bella durmiente, estoy perdida porque sólo yo sé dónde está la llave. Si depende del destino, puede que lo que suceda, algo o alguien, pregunte a través de la puerta dónde he puesto la llave. O quizás bastaría con imaginarla con todo detalle y el deseo sin mezcla de dudas (como dirían los seres del País Borroso) la colocaría de nuevo en mi mano.

En cualquier caso leer esos dos libros de Auster y la peli de Ozon me han animado a seguir en el camino libre que nunca he abandonado. Sobre todo en momentos de habitación cerrada por mí sin querer, cuando mi necesidad más pura es abrirla. Contradicciones. De nuevo los límites difuso a golpe de bruma. Invocaré al viento.
    


domingo, 28 de octubre de 2012

Historia sufí sobre cómo la percepción personal crea el mundo


Por Tesa Vigal

Se titula: 'Pan y joyas'. Pertenece a la tradición oral y lo encontré en una antología en la biblioteca. Me encantó su aparente sencillez ocultando sin tapar, un montón de capas. Seguramente a mí se me escapan algunas. Pero esa fascinante cualidad tienen los cuentos míticos, esos anónimos y ancestrales, aunque siglos después tengan recopiladores que algunos llegan a confundir con sus autores (como el caso de los hermanos Grimm en occidente).
Este, como ya he dicho en el título, es un cuento oriental, sufí en concreto: 

"Una vez un rey decidió dar una parte de sus riquezas a modo de caridad desinteresada. Al mismo tiempo, quiso ver qué sucedía con ella, de manera que llamó a un panadero en quien podía confiar y le dijo que horneara dos panes. Dentro del primer pan debía colocar una cantidad de joyas, y el otro hacerlo nada más que de harina y agua.

Los panes tenían que ser entregados al más y al menos piadoso de los hombres que el panadero pudiese encontrar.

A la mañana siguiente, dos hombres se presentaron frente al horno. Uno estaba vestido como un derviche y parecía muy piadoso, aunque en realidad sólo se trataba de un farsante. 
El otro, que guardó silencio, le recordó al panadero, por semejanza de rasgos faciales, a un hombre que le desagradaba.

El panadero entregó el pan que contenía las joyas al hombre que llevaba el manto derviche, y el pan común al segundo hombre.

Tan pronto como recibió su pan, el falso derviche lo palpó y sopesó en su mano. Sintió las joyas, que a él le parecieron grumos en la masa, harina sin mezclar. Sostuvo el pan en su mano, y el peso de las joyas hizo que a él le pareciera muy pesado. Miró al panadero y se dio cuenta de que era un hombre con el cual no se podía jugar; de modo que se volvió hacia el otro hombre y le dijo: "¿Por qué no cambias tu pan por el mío? Tú pareces estar hambriento, y éste es más grande".

El segundo hombre, que estaba preparado para aceptar lo que fuera, cambió su pan gustosamente.

El rey, que estaba observando a través de una rendija en la puerta de la panadería, quedó sorprendido, más no se dio cuenta de los méritos relativos de ambos individuos.

El falso derviche obtuvo el pan común. El rey concluyó que el Destino había intervenido para mantener al derviche protegido de la riqueza. El verdadero buen hombre encontró las joyas y fue capaz de hacer buen uso de ellas. El rey no pudo interpretar este acontecimiento.

"Hice lo que se me ordenó", dijo el panadero.

"No es posible entrometerse con el destino", dijo el rey.
"¡Qué astuto fui!", dijo el falso derviche".

viernes, 28 de septiembre de 2012

Reaciones: de Buñuel a David Lynch


Por Tesa Vigal

Impotencia, confusión...

Me siento al lado de la gente que protesta digna y pacíficamente contra las numerosas injusticias de aquí o de cualquier lado. Pero soy contraria a cualquier tipo de violencia. Lo que llega a conseguirse de esa manera se revela otra forma de tiranía, porque los cambios auténticos de larga vida son los que surgen desde el interior de las personas, nunca los impuestos desde fuera. De ahí la importancia decisiva de tomar conciencia de nuestra situación, de lo que somos y lo que no somos y  de las posibles soluciones que estén en nuestra mano. Sin confundir nuestra respuesta al exterior con la actitud evasiva de echar todas las culpas al mundo, sin querer encarar ni cuestionar nuestra actitud, dejándonos llevar por cualquier fantasma que nos quiera devorar devorando al mundo.

Por eso, en estos tiempos convulsos, vuelvo al inconsciente, a la raíz de la construcción y la destrucción, de la vida y de la muerte, es lo que está en mi camino, apoyando con todo mi corazón el lado periodístico y social que es la otra manera de enfocar la vida humana.

En mi camino el Buñuel de 'El ángel exterminador' (en la foto). Esa película única en la historia del cine, que refleja ese tipo de situaciones sin salida aparente por nuestros miedos y neurosis. Cuando no podemos salir de una habitación aunque tiene las puertas abiertas y objetivamente existe una salida. Pero da igual si nosotros no la vemos, o si la vemos a nuestra manera, cerrada subjetivamente. El mundo es producto de nuestra percepción personal. La gente encerrada de la historia sólo puede salir de allí cuando vuelve al punto de partida, al momento en que surgió el miedo y la puerta cerrada. Ese momento gozne en el cual se sitúa de nuevo en la encrucijada y puede actuar de manera diferente.

Buñuel es un cineasta explorador del inconsciente que nos domina y dirige nuestra vida, lo queramos o no, lo aceptemos o lo rechacemos, y especialmente cuando no queremos saber nada de él. Entonces suele volverse destructivo y ponerse frente a nosotros en forma de pesadillas. Por el contrario es nuestro aliado si lo aceptamos y encaramos. En ese caso es la fuente de nuestra libertad, de nuestro ser auténtico, lleno de potencial enorme al servicio de nuestra vida y de la vida. 

David Lynch es de su misma 'estirpe' cinematográfica. En sus películas explora nuestro lado desconocido, poniendo en evidencia la manera en que el inconsciente se funde de manera cotidiana en nuestra vida, la realidad vital de nuestros sueños, su importancia significativa como un cuaderno de bitácora de nuestra situación profunda, por debajo de la piel de las situaciones cotidianas.

'Blue velvet' ('terciopelo azul') es una de sus más redondas películas. 

En 'Mulholland drive' logra la misma capacidad turbadora, profunda, hipnótica, con la diferencia de que en esta historia lo cuenta mezclando en concreto los sueños y la vigilia de su protagonista, una chica de provincias que llega a Los Ángeles con la esperanza de triunfar en el cine, protagonizada de manera impresionante en sus varias facetas por Naomi Watts.
Su manera simple de ver la vida, sin ser aún consciente de todo su lado desconocido, la colocará de manera imparable frente a sí misma y sus fantasmas. Cuando eso sucede, si nuestra actitud es la de dejar de creer en lo bueno de la vida porque en el fondo nuestra visión del mundo ha sido unilateral, sin dar cabida a su parte complementaria y sombría, el efecto será devastador. Y en lugar de enriquecer iluminando nuestro camino de manera profunda, nos quedaremos de nuevo en la superficie aunque esta vez "creyendo" sólo en la parte negativa de la existencia. Sin salida, como la gente de 'El ángel exterminador'.

Esa es mi visión. Cada persona aporta la suya y cuando se trata de películas, situaciones o novelas ricas en hilos y sugerencias, las visiones se multiplican afortunadamente y todas seguro que aportan algo único y personal. De eso se trata. De complementar sin juzgar, pero eligiendo.

Es el caso de 'Mulholland drive', que tiene hasta páginas dedicadas a su interpretación. Me parece maravilloso.
Aquí va la mía.
En la historia aparecen mezclados, como en la vida misma, lo cotidiano y los sueños de su protagonista Diane, y ese entrecruzamiento fascinante va revelándose, poco a poco, según avanza la película.
Llega a Los Ángeles ilusionada y con la falsa limpieza de la superficialidad (foto izquierda). Su tía, que trabaja en la industria del cine, la ha dejado su apartamento mientras está de viaje y también una audición de casting para una película de un conocido. Conoce a Camille (foto derecha Camille-Rita), actriz como ella, de la que se enamora y con la que tiene una historia amorosa con final desgraciado. Porque Camille resulta la eligida para protagonizar el proyecto, a pesar de la impresionante audición que hace Diane. Es más, Camille acaba aceptando casarse con el director de la película y Diane, abandonada y fracasada, entra en una espiral de brutal desesperación y negrura en la que decide contratar a un asesino a sueldo para que mate a su ex amante y poco después de un sueño que pone en evidencia lo que no puede soportar (y por ello lo cambia en el sueño) se suicida. Sólo queda el silencio. "Silencio", es la última palabra de la película.


En el sueño la chica que va en un coche hacia Mulholland drive, una zona de Los Ángeles, es Camille en lugar de ella, camino de la  fiesta de celebración del compromiso de Camille y el director. Y en el sueño hay un accidente con el que se abre la película, nocturnas imágenes hipnóticas con la turbadora música de Angelo Badalamenti, de la carretera circundando a la ciudad.
La chica, tras el golpe, huye del lugar conmocionada y amnésica y se refugia en una casa, la casa de Betty (el nombre que tiene Diane en el sueño, la chica ilusionada aspirante a triunfar en el cine). Así cambia su historia haciendo que se conozcan las dos amantes en una situación más amable para Diane, cuando Betty, ella misma se encuentra en una situación de superioridad porque puede ayudar a Camille-Rita (el nombre que tiene en el sueño), porque su insomnio la pone en una situación vulnerable, necesitada de protección. Justo lo contrario de lo que ocurre en la vigilia. También modifica su fracaso en el cine, achacándolo a una oscura conspiración de productores mafiosos que obligan al director a contratar como protagonista de la película a Rita-Camille.

Juntas investigan quién es Rita y lo que ha sucedido... Una búsqueda de la identidad que es lo que recorre el fondo del sueño y de la propia vida de quien lo sueña, Diane-Betty.
Esa investigación las lleva finalmente hasta un nombre que recuerda de pronto Rita, y que resulta ser el de Diane. Llegan a su casa, la casa real de Diane y como en esa casa tienen que enfrentarse a una oscura sordidez, un aire enrarecido reflejo fiel de la soñante, ésta no puede soportarlo y la última escena del sueño es ellas dos huyendo de la figura muerta de Diane en su cama, volviendo a casa de Betty-Diane y allí desapareciendo Betty, llamándola Rita y abriendo una caja cuya oscuridad la absorbe.

Un personaje turbador del propio sueño, que ya ha aparecido antes, un hombre viejo vestido de vaquero y frases enigmáticas, abre la puerta del dormitorio donde Diane está dormida en la cama y dice: "Es hora de despertar".

A partir de ese momento la historia, en la que hasta entonces se han mezclado escenas de la vigilia con las de sueño, sigue su curso en la realidad de su situación exasperada, desoladora. Incluso la forma de agarrar la cafetera de Diane refleja la aspereza sin salida de su vida, su viejo albornoz tan raído y sucio como ella, sus ojeras que parecen regodearse en la desesperación, la llave sobre la mesita que era la señal del asesino a sueldo de que había matado ya a su ex amante, su encierro que se nota de muchos días ya, su mirada opaca fuera ya del mundo, rechazando y rechazándose, la visión de su memoria de los amables viejecitos que la animaron en el avión que la llevó a los Ángeles y que ahora son una insoportable burla del lado luminoso de la vida y la acechan como fantasmales esbirros de la oscuridad galopante, como gota que desborda el vaso haciendo estallar su autodestrucción. Esa mano que abre violentamente el cajón, apretando con rabia la pistola, tumbándose en la cama, disparando, todo en segundos brutales de punto y final.

Antes, en la mezcla de escenas de vigilia y sueño, la misma realidad abrumadora, porque ambas secuencias están apabullantemente vivas. El momento en que Diane se fija en el nombre de la camarera que les atiende a ella y al asesino que está contratando, Betty. En el mismo café de una las primeras secuencias inquietantes de la película, con un personaje tangencial, un cliente de ese mismo café que le cuenta a un amigo que ha tenido un sueño en ese mismo café, en el que están en esa misma mesa.

Y, por supuesto, no queda todo hilado, eso sería más simple que la vida. Queda por explicar, para mí, la escena esperpéntica del asesino visitando a un conocido en su despacho, hablando de la coincidencia de una chica a la que tenía que matar y que ha ¿muerto, desaparecido...? en un accidente de coche la noche anterior. ¿Parte de la historia real que nunca llegaremos saber? Posiblemente.

Igual que  las andanzas en el sueño del director de cine presionado por la mafia. Porque toda experiencia (lo único auténticamente real) abarca sueños y vigilia, lo que sabemos y lo que ignoramos. Lo que preferimos enfocar y lo que nunca podremos conocer. Los datos a nuestro alcance y los que siempre estarán más allá de nuestra historia. Historia dentro de cada una de las historias de las personas con las que nos cruzamos en un pequeño periodo de tiempo y que, a su vez, quedarán inmersas y entrelazadas dentro de sucesivas épocas, personas, sueños y vigilias, en un laberinto sin final.

Las dos protagonistas entrando en ese local turbador, al fondo de un callejón desierto recorrido por papeles que arrastra el viento, donde hay un escenario, un presentador que advierte que "no hay banda" aunque se escucha música, esa cantante que canta a capela una canción es español desgarrada, que habla de seguir llorando por tu amor.

Las esquinas a las que la cámara va acercándose muy lentamente. Las lámparas de bombillas chisporroteando, encendiéndose y apagándose. Los números guardianes del enigma de una puerta o un buzón, o un teléfono que descuelga una mano anónima. Esas lágrimas, ese temblor, ese alma rota que acaba siendo absorbida por la oscuridad, porque su decisión ha sido no aceptar los muchos lados de la vida, sino sólo uno de ellos.