Por Tesa Vigal
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Rimbaud dibujado por Verlaine |
Asocio poesía, maneras de vivir, rock, hippies, debe ser culpa de una noche de insomnio. En cualquier caso, espero que surjan muchos hippies en los lugares del planeta donde más se necesiten. Y con la taza de café a mi lado, me pongo a escribir con un lápiz en un cuaderno casi acabado. No deja de ser curioso, pero no sorprendente, que en estos momentos los recuerde.
Cuando aún se bailaba en torno al fuego,
los poetas eran sagrados por ser mensajeros de los dioses. Sus obras eran
oráculos por surgir de la dimensión de los sueños, de la casa de los dioses
donde, más allá de las apariencias, conviven el bien y el mal, la razón y la
locura, el sol con la luna.
La exploración profunda de la esencia del
mundo, en busca de respuestas, aunque se sepa que la respuesta es la propia
búsqueda. El poeta, como el chamán (a menudo iban unidos) eran instrumentos del
misterio, constructores de la escalera que comunica la tierra con el cielo.
Eran, por ello, los humanos más útiles, respetados y temidos.

En cierto sentido, en el fondo de sus vasos
comunicantes, la poesía empapaba el movimiento contracultural de los 60, al trascender
las bases de la sociedad de los últimos siglos (dinero, poder, violencia,
banderas, tecnología, apariencias), cuando se enterraban coches buscando
valores más humanos, profundos, amorosos, chamánicos, libres, misteriosos. No
deja de sorprenderme que los movimientos actuales jóvenes, al menos que yo
sepa, piden reivindicaciones sociales, laborales, fundamentalmente, dinero,
como si todo lo demás les pareciera bien. Sin embargo, en la contracultura lo
que se exploraba, sin pedírselo a nadie sino viviéndolo, era otra forma de
vivir.
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Portada 'la cara oculta de la luna', junto a Lou Reed y debajo Jim Morrison |
Las citas siguientes las he añadido un día
después, rastreando un viejo archivo.
De Barry Melton, músico poco conocido que
estuvo en el festival de Woodstock: “Creo que esto es una revolución tribal,
una revuelta juvenil contra los “media”, el gobierno y la máquina”.
De Jimmy Hendrix: “Quiero hacer una música
tan perfecta, que se filtre a través del cuerpo y sea capaz de curar cualquier
enfermedad”.
De “Woodstock”, de Joni Mitchell: “Somos
polvo de estrellas, / somos oro / y tenemos que lograr / regresar al jardín”
De ‘Magic and loss’ de Lou Reed: “tienes
que atravesar el fuego hasta la luz / cuando pasas por el fuego agitas la mano
derecha / hay cosas que tienes que tirar / ese terror caustico en tu cabeza /
no te ayudará nunca a salir / tienes que ser muy fuerte / porque empezarás de
cero / una y otra vez / y cuando se disipe el humo… / justo en ese momento /
ese fuego maravillo empieza otra vez”.
De ‘La cara oculta de la luna’ de Pink
Floid: “Y tú corres y corres para alcanzar el sol / pero él se está poniendo /
Y girando velozmente para de nuevo / elevarse detrás de ti / …nunca pareces
encontrar tiempo / … el tiempo se ha acabado / la canción se ha terminado /
pensaba que diría algo más”.
Y montones de versos de Dylan, del que
escribí una entrada sobre su turbadora experiencia:
La poesía (con la música siempre unida a
ella) y la magia funden contrarios. Superan y trastocan las supuestas parejas
de opuestos que forman la idea que tenemos de lo cotidiano. En la antigüedad
este espíritu rompedor, trasgresor del mundo, tenía un nombre de dios:
Dionisos. El dios salvaje que, a su vez, era una cara de la gran diosa lunar.
El éxtasis dionisíaco, como en el sexo, una de sus contadas manifestaciones aún
no olvidada, trasciende la dimensión humana asumiendo lo salvaje (en el sentido
de pureza, no el uso actual de violencia), y de ahí llega la disolución de las
fronteras entre animales-dioses-humanos, que se hacen un solo sentir. Y ese
sentir es la característica esencial de cualquier edad de oro.
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Dibujo Sioux |
Pero esa visión del mundo, esa forma de
sentirlo fue perdiéndose con el tiempo, según los humanos iban
desequilibrándose, más y más escorados unilateralmente hacia lo racional, en un
desarrollo distorsionante con vocación tirana, que convierte a los humanos en
enanos emocionales con enorme “cabezón”.
La poesía corrió paralela a esa deformación,
y hoy abundan los que la leen “entendiéndola o no”, relegándola a un plano
exclusivo de ideas. Salvo contados poetas desperdigados a través del tiempo, se
han olvidado de la fuente mágica. Así estaban las cosas, cuando ese vacío se
llenó con el rock. No hay más que recordar la frase emblemática (que
seguramente no dijo nadie en concreto) de “sexo, drogas y rock and roll”, para
ver en ella un resumen esquemático y conmovedor de los primitivos elementos
dionisíacos, aunque en la actualidad políticamente correcta también está muy
mal vista.
El sexo es evidente. Las drogas, alteran la
conciencia, rompen sus límites, el dominio de lo racional y en los ritos de
cualquier región del planeta se han usado siempre para eso, no como un fin sino
como un medio. Y en cuanto a la música, el rock encierra el rito colectivo, el
ludismo, la pasión, el baile libre, el arrebato, el misterio que envuelve a
todo ello.
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Dylan |
Hablo, claro, del corazón del rock, no de
todos los músicos que dicen tocarlo, de la misma manera que no es un poeta todo
aquel que escribe versos. Pienso ahora en algunos de los grandes, figuras
irrepetibles por su enorme huella, incluso aunque estén medio olvidados… Algunos
de ellos, incluso vivieron el lado chamánico de la poesía y así encaraban sus
conciertos, aunque finalmente les desbordara su propia visión, quedando de ellos
la tópica imagen periodística de alguien pasado, drogota, socialmente
escandaloso.
Escribo y leo desde siempre, y a veces
tengo la impresión de que lo más poético que me ha ocurrido nunca fue descubrir
el rock, a los doce años, y descubrir el mar y al poeta Rimbaud. Harta de que
se considere a la poesía una actividad “bonita” o reivindicativa socialmente
(eso sería sólo una de sus facetas), y al rock una juerga intrascendente de
gente ruidosa, necesité preparar recitales que hicieran justicia a ambas cosas.
Y aquí, al releer estas notas para incluir
citas de músicos, busqué también a quien no puede faltar, Dylan. Estas frases
pertenecen a su poema, o lo que sea, titulado “Mi vida en un momento robado”: “pero
¿y esas caras que no volvemos a encontrar? / y las curvas y las esquinas y los
atajos / que se perdieron de vista y se quedaron atrás. / Y los discos que sólo
oíste una vez, y el aullido del coyote y el ladrido del perro dogo, / y el
maullido del gato y el mugido de la vaca, / y el lamento del pitido del tren? /
Abre los ojos y los oídos y quedarás influido / y no hay nada que puedas hacer.
/ Hibbing es una buena ciudad. / Huí de ella a los 10, 12, 13, 15, 15 ½, 17 y
18 años, / fui cogido y devuelto allí todas las veces menos una.”
Trabajé en ello en los 90, con músicos con
los que tratamos de encontrar el reflejo musical de la esencia de un poema. Es
decir, nada que ver con poner música a una letra, sino acompañar fragmentos de Rimbaud
con percusión africana. Por ejemplo.
Ahora, vuelvo a trabajar fusionando música
y poemas de poetas memorables, o fragmentos de narrativa, para subirlos a los
blogs, o para emitirlos en un programa de radio, o para recitarlos en
librerías, bares, o centros culturales. Se admiten colaboraciones, sugerencias
y apoyos.
De Jim Morrison: “… Veo que tu pelo arde / una cobra a mi izquierda / un leopardo a mi
derecha”.
De Rimbaud: “Comprendo y si no puedo expresarme con palabras paganas, prefiero
enmudecer”.
En fin, como diría Lennon en el tema ‘Revolution’:
“me hablas de revolución y yo te digo antes tienes que cambiar tu mente”.
Escrito sobrevolando muchos hilos que piden
respuestas, contradicciones, comentarios, sugerencias. Desenrollando, buceando,
tal vez soñando…