miércoles, 12 de agosto de 2015

'Más extraño que la ficción' de Marc Foster y 'Lennon recuerda' (dedicado a la revista 'Mandrágora y el Pirata')


Por Tesa Vigal

He seguido frecuentando el café Comercial, aunque al enterarme de que lo cerraban he recordado el tiempo más especial que viví en él. Además de los motivos de los que ya han hablado muchos (uno de los cafés más antiguos y preciosos de Madrid, lugar de tertulias y actos culturales varios, etc), a principios de los 80 recorrí todas sus mesas varios días a la semana, para vender la revista 'Mandrágora y el Pirata' que hacía con unos amigos.
Portada del nº 6 de Mandrágora y el Pirata
Por amor al arte, porque el dinero que sacábamos (turnándonos por zonas) era para pagar un plazo a la imprenta. Aquel proyecto fue una locura maravillosa, una época febril, en la que volqué en textos apasionados mi fascinación por el arte. El arte como explorador de la esencia de la vida, transformador de las personas casi siempre de forma sutil, aunque a veces puede ser un ramalazo, una revelación. Siempre me atrapó el misterio de lo creativo, de dónde surge y para qué. Seguramente para aprender a vivir, igual que el juego de los niños, por eso tiene una base lúdica. Invocando mundos, historias vivas con las que ver desde fuera la nuestra, evitar errores, o descubrir soluciones, tesoros, mapas, soñar, o nadar... 



Época inmersa en la apabullante sensación de sentidos, significados, hasta que acabé quemada por tener que ocuparme también de la parte práctica del asunto. Convencer a alguien de algo, vender mi trabajo, no es lo mío. Así que al cabo de dos años dejé la revista para no tener que seguir vendiéndola. En fin, una de mis limitaciones. Lo de Mandrágora venía por una rara novela de principios del siglo XX, llamada así (hablaré de ella en el blog de libros con aliento, en alguna entrada futura). Por eso fue una sorpresa descubrir que existía un bar llamado así (siempre me he quedado con las ganas de saber si ellos también habían puesto el nombre por la inquietante novela). El caso es que vendiéndola por los bares nos pasaron cosas curiosas, una de ellas le pasó a uno de los amigos del equipo de la revista. Esa noche él la vendía en el café Comercial, cuando el café fue atacado por unos ultras (en aquella época de la transición el café era para ellos un nido de progres). Rompieron los cristales y un gran pedazo afilado pasó volando junto a la cabeza de mi amigo. 

Café Comercial tras el cierre

Tras recordar todo esto, junto con algunos episodios íntimos, asocié también títulos de pelis, libros y música (por ejemplo 'Rock and roll suicide' de Bowie, o 'series of dream' de Dylan que son parte de la música de fondo de este texto). Entre otras cosas me quedo con dos curiosidades. Una es una peli del 2007, y la otra un librito editado en los 70.

La película 'Más extraño que la ficción' de Marc Foster tiene un especial encanto escurridizo, ambivalente, con una larga sugerencia que se despliega en preguntas, y preguntas dentro de cada pregunta. Y al ser una comedia todas se aceptan y acaban formando un juego de espejos que permite mirar y mirarte, sin asustarse. Al fin y al cabo, es un juego fantástico sin importancia. ¿O no? 

Un hombre atrapado de manera obsesiva en su vida cotidiana (Will Ferrell), empieza a oír, un día ante el espejo, una voz femenina que relata lo que está haciendo en ese momento. Lavándose los dientes contando las veces exactas que pasa el cepillo. Ni una más, ni una menos. A partir de entonces se ve desde fuera, (me recuerda al observador que contempla nuestros pensamientos en la meditación), asustado va al psiquiatra que le habla de una posible esquizofrenia, pero un día escucha esa misma voz en la tele. Es la voz de una escritora (Emma Thompson) y esa escritora está escribiendo la historia de ese hombre obsesivo y atrapado: él, quien la ve en la pantalla asombrado, perplejo, turbado. Tanto que acude a un profesor universitario de literatura (Dustin Hoffman), que resulta ser un admirador de la escritora. Escucha con naturalidad muy creativa la historia que le cuenta aquel hombre y le advierte que en todas las obras de esa escritora el protagonista acaba de mala manera, muriendo más pronto que tarde. 


El hombre, trastornado por todo lo que sucede y no entenderlo, empieza a cambiar de vida porque, al fin y al cabo, ya no puede tomarse en serio sus manías ni sus rutinas. Acaba enamorándose de una chica rebelde (Maggie Gyllenhaall) y conociendo a "su autora", que se asusta tanto como él de que su personaje exista realmente. Así que ¿la ficción se puede materializar? ¿cuándo y por qué? ¿somos el personaje que vivimos? ¿quién lo escribe y para qué? ¿son igual de reales el mundo cotidiano y el mundo de ficción? ¿el sueño y la vigilia? ¿nos acabamos encontrando con personas que reflejan algo pendiente de nosotros mismos y que rechazamos? ¿el destino existe y es lo que somos? ¿o al revés? y todo a partir de una peli divertida, pequeña en apariencia y muy original.

El librito, titulado 'Lennon recuerda' es una entrevista para la revista Rolling Stone, en los 70, por su fundador Jann Wenner. A uno de los amigos del equipo de la revista 'Mandrágora y el Pirata' le gustaría. A Yuri Silver (su seudónimo, todos usábamos uno como una prolongación lúdica. Yo me puse Duncan por la bailarina Isadora y el amigo del cristal era Francis Drake). El librito es también original, a ratos muy interesante, por momentos divertido, o directamente desconcierta, o alucina. Aunque reconozco que la mayor parte está indicada para músicos por la concrección técnica en que a veces habla del tema, o para interesados especialmente en los Beatles o John Lennon. Aún así tiene joyas sugerentes, como el párrafo delirante en el que cuenta la primera vez que se tomó un ácido, por cortesía de un dentista a los miembros de los Beatles. Salieron a la calle y no sabían lo que pasaba: Era horripilante pero fantástico. Hice algunos dibujos (...) y luego la casa de George parecía un submarino. Lo conducía yo. Todos se fueron a la cama. Yo seguí, parecía flotar por encima de las paredes, que eran diez pies de altas".


Sobre si le gustaría volver atrás, a la época de los Beatles: "Me gustaría ser pescador. Ya sé que suena tonto y que preferiría ser rico a ser pobre y todas esas mierdas, pero el dolor (...) los tontos son los que mejor se lo pasan, o algo así. Si no lo ves, no te duele".

Sobre lo que le gusta: "A mí, tío, lo que me gusta es el rock and roll".

Sobre su repercusión: "Hay un señor en Inglaterra que se llama William Mann (...) hablaba de cadencias eólicas y otros términos musicales por el estilo y, a pesar de que no eran más que estupideces, nos introdujo a los intelectuales" (...) Intelectualismo y lo de la habilidad musical, eso es la mierda de los conservatorios, no son capaces de hacer música sin tener delante una partitura, no tiene nada que ver con la música (...) al rock le pasa como al jazz, me parece, los incompetentes van hacia el perfeccionismo y los otros en otra dirección".

Sobre un libro sobre los Beatles de Hunter Davies: "Era mierda pura (...) las giras de los Beatles eran como 'el Satiricón' de Fellini (...) estas cosas y los hijos de puta que éramos se omiten".

"Escribo canciones porque es el trabajo que he elegido y además, porque no puedo evitar escribirlas (...) sí, crear es un resultado del dolor".
Dibujos Lennon

Frase curiosa vista en retrospectiva, casi parece profética de su asesinato: "Estoy harto de todos esos hippies agresivos, o lo que sean (...) Muy quedados conmigo (...) como si les debiera algo (...) me dan miedo". 

Sobre las leyendas urbanas de mensajes escondidos: "Sí, me hacía gracia que se hubiera armado tanto jaleo (...) todo eso de tócalo hacia tras mientras haces el pino, etc". 

Para acabar una frase sobre el movimiento contracultural: "Fue una simple ojeada a todas las posibilidades".







   

jueves, 16 de julio de 2015

'Las diez mil cosas' de Maria Dermoût y el disco 'sacred espirit' de cantos y danzas de los indios americanos


Por Tesa Vigal

'Las diez mil cosas' es un libro único, escrito a los sesenta años por su autora holandesa, Maria Dermoût, que nació en las islas Molucas y allí vivió muchos años. El escritor Hans Konig, que escribe el prólogo, dice de él que es un libro animista. Estoy de acuerdo, a pesar de sentir la misma contradicción que su protagonista, quien siente el espíritu que anima todo lo existente, aunque por otro lado le da miedo sentirlo. Me la imagino poniéndose a escribirlo porque necesitaba dejar constancia, atestiguar aquella etapa de su vida porque sigue desbordando lo cotidiano, a pesar del tiempo transcurrido. Algo excesivo. Supongo que, en comparación, sus últimos años en Holanda debían parecerle pálidos, insípidos, pequeños. Quizás por eso no escribió el libro ni como holandesa (su familia tuvo una antigua plantación de especias, ya abandonada en los años de principios del siglo XX en que transcurre la historia), ni como nativa, sino como ser humano tocado por el misterioso poder del viento, sensible a todo ser vivo. Por eso dice de ella Koning: "El suyo era un desdén, cercano a la compasión, hacia las líneas divisorias, los odios y los miedos". 



También comparto la impresión de Pilar Adón (esa fascinante escritora actual) de que transmite una salvaje melancolía. Salvajes, es decir puros, los cangrejos, el mar, las medusas, los árboles centinelas, las perlas (lágrimas del mar), los tambores, los pomelos, las salsas de almejas, la danza sagrada, el hombre que se teñía su pelo de azul, los fantasmas de tres niñas, las flechas, las especias y su olor penetrante. Un día al año, la mujer del pequeño jardín se queda sola para dedicar esas 24 horas a todos los asesinados en la isla. Que ella sepa; un chiflado catedrático escocés, una cocinera nativa de innumerables amantes y fervorosa bailarina, un marinero, las tres hermanitas envenenadas, un comisario javanés ahogado por su amante y su propio hijo cuya garganta fue atravesada por una flecha en su juventud, mientras se reía.

Cada uno de estos asesinados tiene su historia que se cuenta, o se esboza, o se recuerda, o se invoca, quien sabe, a lo largo de las partes del libro. Y el título alude a una vieja canción, 'las cien cosas', que se le canta a un muerto para que no olvide lo esencial de su vida. Una canción que terminaba pidiéndole que nunca olvidara la bahía y a continuación: "un sostenido y melancólico e-e-e-e, e-e-e-e, que se alejaba rozando el agua de mar". 


Por todo esto, y por la extraña poesía que me ha transmitido, me ha hecho recordar un disco especial. Creo recordar que salió en los 90 y es una recopilación de danzas y cantos de los indios americanos. Se titula 'sacred espirit' y está en abierto, por si a alguien le atrae la música poderosa (lo opuesto a música de fondo) aquí lo incluyo, sugiriendo que se escuche de pie, sentado, o tumbado, pero con los ojos abiertos, incluso en el caso de que te pongas a bailar sin poder evitarlo. Y no es precisamente un disco bailable.  


lunes, 22 de junio de 2015

3 películas peculiares: 'Aguas tranquilas' de Naomi Kawase, 'El desencanto' de Jaime Chávarri y 'Pride' de Matthew Warchus


Por Tesa Vigal

'Aguas tranquilas', de Naomi Kawase, comienza con la imagen de furiosas olas, en la costa nocturna del Japón rural. La tranquilidad del título alude a la aparente calma, el contenido silencio de uno de sus adolescentes protagonistas. También a la apacible, alegre serenidad con la que la madre de su novia, una chamana de dulce sonrisa, espera su muerte inevitable por una enfermedad incurable.

Nunca había visto el Japón rural actual. Y me conmovieron la comunicación sin palabras con el espíritu del árbol centenario, la presencia llena de alma en ese jardín donde la chamana contempla lo que nadie más ve. La relación lúdica, emotiva, de esa madre joven con su hija adolescente y su marido, una persona honda que practica el sentido del humor mientras fuma y charla con las dos. Esa escena en la que la chica se tumba en el regazo de su madre y ella, a su vez, se tumba en el regazo de su marido, y éste bromea diciendo que es una pena que él no tenga a nadie en quien tumbarse. 



Canciones ancestrales, hogueras en la playa, ceremonia animista bajo la luna, viejecito pescador que parece salido de cualquier tiempo. Poderosas imágenes que van tornándose ambivalentes, luego laberínticas, según surge el atormentado mundo interior del chaval y su relación con su misteriosa madre y con su simpático padre que vive en Tokio y a quién va a visitar. Sus padres están divorciados y es como si su mundo interior estuviera desajustado por las dos facetas, aparentemente opuestas, que personifican su madre y su padre. 

Tatuajes. Su novia, la hija de la chamana, que acostumbra bañarse vestida y bucear en el mar. El cadáver tatuado que aparece en la playa, al día siguiente de la fiesta lunar. Me fascinó esta historia abarrotada de matices y tormentas.

Ya había visto hace mucho tiempo 'El desencanto', de Jaime Chávarri. No tenía especiales ganas de verla otra vez, pero la quedada de la página del grupo de cine, que suelo frecuentar, era en el centro La tabacalera de Lavapiés. La balanza se inclinó por una visita al barrio de mi infancia. Hacía meses que no me pasaba por allí. Tampoco es mi barrio favorito (lo es Malasaña), pero la puñetera infancia es lo que tiene. Lavapiés me produce afectos encontrados porque allí están, en el aire, o en el aire en contacto conmigo, mis pozos afectivos. Ternura, traición, agujeros negros, vecinas esperpénticas, la salvación a través del rock, los libros, bailar... Así que siempre que voy algo me toca, removiéndome por dentro, por eso es posible que una película que vea allí me afecte más. Para bien o para mal.



Además es una original película, un documental que no lo es porque parece una película, sus protagonistas parecen de ficción aunque son auténticos. Está contada por ellos mismos, sin guión y sin trama. Diciendo lo que quieren ante la cámara, o charlando, o discutiendo, a su manera entre ellos. Y, claro, no es para menos porque el tema lo pide. El tema es la familia y nosotros en ella. En concreto una familia conflictiva, es decir a su manera. Porque, como decía Tolstoi todas las familias felices se parecen, pero las desgraciadas lo son cada una a su manera. 

Sin embargo, me resultó curioso que para alguien de la página la película tratara de los Panero, motivo por el que no le interesaba. Se me ocurrió que esta película, proyectada en cualquier parte, se entendería muy bien porque familias hay en todos los sitios, aunque jamás hubieran oído hablar de dos poetas con ese apellido. 



Seres que se preguntan, sin hacerlo, sobre su lugar en el mundo. Incómodos con ellos mismos y con su familia. La madre revive con la muerte de su marido. El hijo mayor aferrándose a un papel de poeta que, sin embargo, vive auténticamente el hermano mediano, por quien siente una corrosiva envidia. El hermano mediano, el extraño, el incómodo, el que menos encaja en esa familia de desadaptados. Quien reprocha a su madre haberle metido en un manicomio al enterarse de que tomaba drogas. Blandas, en aquellos años, es lo que había (las duras llegaron en los 80). En esa escena a tres, su madre se defiende justificándose por la situación insólita de aquellos tiempos y no saber qué hacer. El tercero en esa escena es el hermano pequeño. Encantador, lúdico y perdido, quizás el más melancólico de todos a pesar de ser quien más sonríe. 

Y algunas de sus frases: "Todo lo que yo sé sobre el pasado, el futuro y sobre todo el presente de la familia Panero es que es la sordidez más puñetera que he visto en mi vida, que son todos una panda de memos..." (Michi). De Leopoldo: "el colegio era una institución penal"  y "En la infancia se vive y después se sobrevive". Abajo fragmento de la peli. Está entera en youtube para quien le interese.




La tercera película peculiar es todo lo contrario. 'Pride' de Matthew Warchus es luminosa, alegre, solidaria, honesta. Me emocionó esa lucha a favor de, en lugar de contra de, que impregna de integridad esa historia real de apoyo de gays y lesbianas a los mineros galeses en los duros tiempos de la dama de hierro, Margaret Thatcher. 



Cuestión de actitudes, de conectarse a un camino. Cuestión de corazón, de humanidad, de ludismo, de libertad. En una de sus frases, y la letra de una canción minera, se dice "queremos pan pero también rosas". Elemental, aunque a algunos se les olvide. Ambas cosas son imprescindibles para vivir. Como diría Lorca: "Pan para el cuerpo y pan para el alma".             

jueves, 21 de mayo de 2015

'Como la sombra que se va' de Antonio Muñoz Molina


Por Tesa Vigal

Este libro estremecedor es una historia sobre las historias. Todas las historias, incluyendo las personales, son parte de otras historias. Comienzan con la primera señal significativa, de circunstancias internas y externas girando en torno a un proceso concreto traducido en hechos, que la distinguen del resto sin olvidar que siguen entrelazadas con las demás.


Un camino al que de pronto se conecta lo que antes parecía arbitrario, banal, sin rumbo... Creo que en la vida personal también sucede así, incluso cuando no somos conscientes de ello. Igual que en los sueños. Esa naturaleza de las historias de ficción me fascina. Ese completar, explorar su sentido, rescatar momentos que te asaltan, enfocar detalles para descubrir la verdad a través de la imaginación. Una falsa mentira.

En el caso del libro de Muñoz Molina ese proceso se centra en la propia vida del autor, en el momento vital en que tomó contacto con Lisboa y así surgió el hechizo de su novela 'Un invierno en Lisboa' y en paralelo la exploración de otro recorrido personal, el del asesino de Martin Luther King, quien pasó diez días en Lisboa en su huida desde Menphis.

Dos huidas con diferentes rumbos. Muñoz Molina huía del lado castrador de lo cotidiano, en busca de lo extraordinario en sensaciones, emociones, música y personajes. Así habla de música y escritura en este párrafo de la novela: "... su mezcla de disciplina y abandono, de ardua destreza técnica y control absoluto y al mismo tiempo improvisación y arrebato, de liviandad y hondura, de velocidad y lentitud. Era así como yo quería escribir, con un impulso poderoso y sin saber a dónde iba, a veces en línea recta y a veces dejándome llevar por rodeos en los que parecía perderme y en los que inesperadamente encontraba un sendero".
Lisboa

El asesino de Martin Luther King en 1968, James Earl Ray (su foto en la portada, cuya mirada me estremece), eligió Lisboa en busca de una vida de violencia "justificada", como mercenario en Angola, entonces colonia portuguesa en África y en guerra. No logró que le dieran el visado y regresó a Londres donde fue detenido. Por cierto, me resulta curioso que tanto Lisboa como Menphis, la ciudad del asesinato donde empezó su huida, tienen tranvías y ambas están a la orilla de un río.

En los dos periplos paralelos se exploran sus motivos, los del escritor y los del asesino. Y al hacerlo queda clara la diferencia, de hecho, entre comprensión y justificación. Comprender es necesario, tanto para comunicarnos poniéndonos en el lugar de otros, como para defendernos de ellos si es necesario. Sobre todo comprender aquello que se sale de lo usual: el mal, lo destructivo, por ejemplo. Es entender los mecanismos humanos, frecuentes o excepcionales, que conforman este mundo misterioso en el que vivimos.
Menphis

Los mecanismos del asesino de Menphis parten de una infancia feroz, una familia rezumando actitudes destructivas. Y eso no justifica nada, atisbamos las otras direcciones que el asesino no tomó y que hubieran podido rescatarlo de su particular callejón sin salida. Ejemplos tan duros o más los ha habido, con rumbos de vida muy distintos. Y al ver desde fuera la trayectoria vital de James Earl Ray me compadecí de él, porque él fue su primera víctima. 

En la novela le vemos arrastrando el peso de su soledad, el de su traje serio, el de su patético y escueto equipaje con un transistor y novelas de espías. Soledad envuelta en revistas y periódicos atrasados, alfombrando el suelo de sus habitaciones de hotel para leer las noticias que hablen de él y de su huida. le vemos visitando bares de mala muerte, oyendo hablar sin entenderlas a las prostitutas a las que contrata. Vemos el atisbo de un intento de comunicación, en el gesto de regalarle a una de ellas el bañador de un escaparate, al que se ha parado a mirar camino del hotel, cuando su dinero se acaba, y una cita en la playa para el día siguiente a la que no acudió, al que no podía acudir porque era el fugitivo más buscado por el FBI. Vemos el desprecio hacia el mundo que le aísla cada vez más. Su patético delirio de grandezas, al querer convertirse en protagonista de sus novelas baratas de espías. Sentimos su odio, su dolor, su negación del lado bueno de la vida, concentrado en la figura de Martin Luther King, para él falsa, inadmisible. 
Martin Luther King en la terraza del Motel Lorraine, donde
fue asesinado al día siguiente

Y el autor de la novela sigue sus pasos por Menphis y Lisboa, en un conmovedor rastreo de la naturaleza humana, sus abismos y sus salidas, sus contradicciones, sus infiernos. Incluyéndole a él y a todos nosotros. Las últimas páginas del libro, centradas en la víctima Martin Luther King, tienen una especial humanidad al recoger casi con mimo sus debilidades y sus sueños. Por eso el final de la novela me impactó especialmente, con ese sonido que oye la amante del asesinado sin saber de qué se trata. Hasta que descubre que ese sonido de raspar es el que hacen los empleados del Motel Lorraine, al limpiar las manchas de sangre. 

Todo ello transmitido gracias a la inolvidable atmósfera que crea Muñoz Molina, a su poesía, su hondura, su portentosa fluidez. Algunas páginas me dejaron temblando, en otras me horroricé, en otras caí en la melancolía, y al cerrar el libro volé.     

       

jueves, 23 de abril de 2015

'Proyectos de pasado' de Ana Blandiana, para lectores altamente sensibles


Por Tesa Vigal

Añadiría para lectores que disfrutan siendo absorbidos, perturbados, incluso raptados. El lugar a donde te lleve seguramente no tendrá nombre, será laberíntico y te costará encontrar la llave de la puerta porque descubrirás que no hay puerta. Que estás en medio de un bosque donde puedes ir a cualquier parte, nada te lo impide en apariencia, pero tendrás la impresión de que es allí donde quieres quedarte.

Eso es también lo que ocurre en el relato que da título a este libro memorable, cuando detienen a los novios e invitados a una boda de un pueblo y los sueltan en medio de un paraje desconocido y allí viven durante diez años, recreando el mundo, conviviendo partiendo de cero con lo esencial de la vida, que entonces se les revela haciendo palidecer su anterior vida cotidiana. Cuando les dicen que ya pueden volver a su pueblo, esa noche dudan en quedarse allí y tras el regreso todo les parece pálido, pequeño, secundario, porque han vivido en contacto con lo esencial y esa experiencia será imborrable y les cambiará para siempre. 


Su autora (en la foto), desconocida para mí, es una figura legendaria en su país Rumanía, según cuenta la contraportada del libro. No me extraña. Me ha parecido una escritora única, de las que desbordan etiquetas, aunque se pueden hacer aproximaciones. Sus relatos tienen algo de realismo fantástico, aunque la misma definición se te cae de las manos por quedarse pequeña. Son poéticos, con toda la largura que puede llegar a tener esa palabra. Vida desafiante, situaciones turbadoras, buceo en el mar inconsciente que todo lo cuestiona, lo acaricia, lo devora, lo convierte en pura sensación avasalladora. A mí me dejó temblando y eso me ha pasado con muy pocos libros en mi vida.

En otro de los cuentos: 'Lo soñado', la narradora se da cuenta de que está soñando y eso no la despierta sino que la hunde más profundamente en ese universo tratando de descubrir la naturaleza de lo que vive. Siendo fascinante el tema de los sueños lúcidos, este relato va más allá, preguntándose sobre la naturaleza de quien sueña que sería la verdadera identidad que vive. 

En otro, titulado 'Aves voladoras para el consumo' lo inquietante del universo se plasma en el choque brutal entre la circunstancia cotidiana de una profesora que consigue que le presten una gallina, para mejorar las condiciones de racionamiento y colas en las tiendas de alimentación desprovistas, pensando que así podrá empollar los huevos que le ha suministrado un enigmático viejo asegurando que son huevos de aves aptas para el consumo. El problema viene al cabo de los días, cuando la gallina empieza a dar muestras de una agitación histérica y los huevos eclosionan. Pero de ellos no sale un monstruo, ni ningún pájaro inusual, ni siquiera insólito. De los huevos nacen angelitos y la forma en que la profesora los contempla, con asco, con estupor temeroso, con una perturbación tan honda y estupefacta como la de la pobre gallina enloquecida, acaba convirtiéndose en un desafío rebelde que le sirve al mismo tiempo para lanzar la pelota del desconcierto ante lo extraordinario, en medio de una de sus clases en la universidad. Hasta allí lleva los angelitos metidos en una cesta y los deja salir libremente, cortando de cuajo el párrafo académico de uno de los asistentes. Y así termina, con esa escena irremediable, que pone patas arriba el mundo sin saber qué pasará a continuación. 


En sus cuentos sale un delfín herido en una playa, rodeado de gente que afirma que no es un delfín auténtico, que se nota que es artificial. Hasta que un niño proclama su verdad frente a la actitud sistemáticamente incrédula de los mayores. Aparece un gato entre la gente que ha vuelto a la edad de piedra en el bosque y se van turnando su cariñosa compañía cada noche. Se esparcen miles de sensaciones en una sola frase. Saltan apariencias turbadoras que desbaratan pensamientos. Una familia recibe al atardecer mensajero que viene a detener a su padre y no saben si invitarle a cenar, o no, mientras esperan el tren del amanecer en el que partirán el mensajero y su padre. Un espíritu tiene que fingir que come y abre la puerta de su casa con la llave para evitar ser descubierto. 

Editado por Periférica, una de esas pequeñas editoriales independientes, con una portada de lo más engañosa, es un libro tan fantasmagórico como la realidad más cotidiana. Tan abrumadoramente real como los sueños más intensos, esos que te persiguen el resto del día. Aunque huyas, la huida no es posible. Se suele descubrir en el momento más inesperado.  

jueves, 19 de marzo de 2015

Recordando 'El miedo a la libertad' de Erich Fromm tras el reestreno de 'Blade runner'


Por Tesa Vigal

Llueve. Hace un rato consulté la página de los cines Renoir para ver lo que estrenaban esta semana y me encontré una fascinante sorpresa. En una de las salas ponen 'Blade runner'. Ahora estoy en una terraza cubierta fumándome un cigarrillo antes de entrar a verla. Como ya hablé de ella en la primara entrada del blog www.peliculasecreta.blogspot.com me limito a recomendarla de nuevo para los interesados en películas que van más allá de un género. Eso la hace especial, pero no sólo eso, aunque me pregunto si al verla de nuevo me decepcionará. 


Día siguiente. A punto de llover. La verdad es que me sorprendí del efecto que me causaba la película, desde el mismo comienzo. No recordaba tanta abrumadora atmósfera, incesante como la lluvia que atraviesa la historia y va calando en todos sus personajes. En mí como espectadora también. Esta vez reparé en una escena que había olvidado. Una secuencia repentina de un unicornio galopando a través del bosque, a continuación explicada cuando Harrison Ford le dice a la replicante que ama: "He soñado con música". También me quedé con las figuritas de papel que va dejando a su paso uno de los policías, como un objeto convertido en huella que te pregunta y te hace preguntarte. Sugerencias y más sugerencias. Aquí añadiré, al texto de la entrada que mencioné más arriba, varias imágenes.


Los replicantes mencionan varias veces a los humanos (¿o era sólo a Harrison Ford?) que no es agradable vivir con miedo. El miedo es lo que enjaula la libertad. Lo que convierte en objetos, o etiquetas a las personas, lo que condena al diferente, la base del carácter autoritario, o cualquiera de sus ideologías. Y recordé el libro de Erich From, tan famoso en los tiempos de la contracultura, 'El miedo a la libertad'. Escrito en plena guerra mundial para explicarse el auge del nazismo en Alemania, que Fromm ubica en las bases autoritarias del calvinismo con su secuela de divinización del trabajo y su alergia a la alegría, lo espontáneo, la auto realización... Todo lo que se salga de los dogmas impuestos, de manera violenta (los más fáciles de descubrir) o de manera sutil, incesante y demoledora (los más difíciles de combatir, porque logran sepultar bajo sus convenciones los valores propios de una persona) y aquí entraríamos en la sociedad occidental actual con su encumbramiento del tener por encima del ser.

Hojeándolo me he encontrado con estas frases subrayadas:
Sobre el amor para el masoquismo, una de las derivaciones del carácter autoritario: "el amor posee el significado de dependencia simbólica y no de afirmación mutua y de unión sobre una base de igualdad (...) la extrema subordinación del yo individual a una entidad superior". 



"La victoria de la libertad es solamente posible si la democracia llega a constituir una sociedad en la que el individuo, su desarrollo y felicidad constituyan el fin y el propósito de la cultura; en la que la vida no necesite justificarse por el éxito (...) una sociedad, por fin, en la que la conciencia y los ideales del hombre no resulten de la absorción en el yo de demandas exteriores y ajenas, sino que sean realmente suyos y expresen propósitos resultantes de la peculiaridad de su yo". 

Sobre la esencia de las ideologías y el carácter autoritario: "... busca el cumplimiento de la vida en su negación misma, en la aniquilación del yo (...) y su sumisión a un poder superior". 

"Si nos limitamos a considerar solamente las necesidades económicas (...) si no alcanzamos a ver el sufrimiento del individuo automatizado (...) entonces no nos habremos dado cuenta del peligro que amenaza a nuestra cultura desde su base humana: la disposición a aceptar cualquier ideología o cualquier líder, siempre que prometan una excitación emocional y sean capaces de ofrecer una estructura política (...) La desesperación del autómata humano es un suelo fértil para los propósitos del fascismo".

"El hombre moderno vive bajo lo ilusorio de saber lo que quiere, cuando, en realidad, desea únicamente lo que se supone (socialmente) ha de desear".



"Emplean palabras como "infantil" o "neurótico" para denunciar aquellos rasgos o tipos de personalidad que no son conformes al modelo convencional del individuo "normal".

"La destructividad. Esta es el producto de la vida no vivida".

Lo autoritario "está arraigado en la desesperación extrema, en la absoluta carencia de fe y conduce al nihilismo, a la negación de la vida (...) experimenta sólo la dominación o la sumisión, jamás la solidaridad. Las diferencias, sean de sexo o de raza, constituyen necesariamente para él signos de inferioridad o superioridad. Es incapaz de pensar una diferencia que no posea esa connotación". 

Acabo ya, aunque el libro lo tengo plagado de subrayados en verde fosforescente, con esa frase que se aplica a mil y una actitudes, circunstancias y replicantes (volviendo a 'Blade runner). "Preguntas, preguntas", repite el replicante Roy en la película. Lo malo es cuando dejamos de hacérnoslas a nosotros mismos.  En busca de la libertad interior, la base firme de cualquier otra. Al salir del cine también llovía en la calle.












  

jueves, 19 de febrero de 2015

'Una canción del pasado', un blues hecho película


Por Tesa Vigal

Esta película independiente de Shainne Gabel (título original 'A love song for Bobby Long') me pareció todo un blues y no por la maravillosa música de New Orleans donde está ambientada, sino porque esa es su atmósfera. Honda, sencilla, subterránea por momentos, inadaptada, arrastrándose como un saxo por esquinas cotidianas, corazones sin salida, soledad. No en vano el libro tan querido por dos de sus personajes es el turbador, triste, fascinante 'El corazón es un cazador solitario' de la gran Carson Mc Cullers (hablé hace poco de su relato 'La balada del café triste' en http://www.librosconaliento.blogspot.com ). Un libro sobre perdedores, inadaptados varios, que va soltando su melancolía sobre cualquier reunión de amigos al atardecer. Un escritor culpable, un antiguo profesor atormentado, una chica en busca de la casa de su madre muerta, cantante de blues, donde viven sus amigos refugiados en ella en nombre de la soledad en compañía.



Y es de esas películas que son pequeñas, sin pretensiones, sin largos alcances, de las que dices que no es nada del otro mundo, pero tienes que reconocer que su atmósfera se te ha metido dentro. La auténtica interpretación de una Scarlett Johansson de 18 años no me sorprendió demasiado, pero sí la enorme humanidad que aporta a su personaje John Travolta y el resto de personajes secundarios que se miran a los ojos sin esperar nada, siendo ellos mismos sin acabar de estar. Quizás eso convierte a alguien en inadaptado en tiempos en los que predomina el estar y el tener.

Uno de ellos menciona que los libros son mejores que la vida. Me quedé con esa frase porque no dice que sean más bonitos, sino mejores. A mí me sugirió esa esencia de la ficción que se centra en explorar los hilos de una vida, para encontrar su sentido. Algo que tratamos de hacer con la nuestra, en esas etapas en las que se impone el cuestionarlo todo y nos perdemos en los momentos muertos, en los que vivimos sin vivir. La ficción los deshecha para centrarse en el hilo de la trama de la vida que sí tiene sentido, que sí es vivida, que sí que apunta al alma aunque sigamos entre interrogantes. 



Otra frase es "el camino más directo al cielo pasa por el infierno". Me recuerda a un verso del enorme músico Lou Reed, en una de sus canciones: "Hay que atravesar el fuego para llegar a la luz". Y quizás hay que hacerlo sin intenciones, sin prisa, aquí y ahora. Como diría Bob Dylan: "Quien no está ocupado naciendo está ocupado muriendo".

De esta película no esperéis gran cosa, pero la recomiendo.